Deportes

El nudo en el estómago

El sonido del despertador activó el miedo. Era día de partido importante. El más importante de la temporada. Todo eran malas sensaciones y ganas de taparse con una manta para sentirse protegido. Todavía sin que abriera los ojos ya podía intuir que los nervios iban a estar presentes durante toda la jornada. Solo un pensamiento en la cabeza: UD Logroñés – UCAM Murcia. Y un nudo en el estómago que no le permitía ni tomar el café del desayuno. Buscaba predicciones al ir hacia el trabajo entre las baldosas y el tráfico pero nada le daba ninguna pista sobre el resultado del encuentro de esa noche. Era una cuestión de fe y la había perdido toda esa misma mañana al despertarse. «Hoy, palmamos».

Le ocurre con frecuencia. Ante los acontecimientos de cierta trascendencia entra en pánico y no sabe cómo actuar. El miedo es libre y el fútbol traicionero, aunque tantas veces había sido injusto con él que en algún momento tenía que devolverle algo. Pero no esperaba nada ni a nadie. Para colmo, el frío empezaba a hacerse notar en las calles de Logroño y eso tampoco le gustaba. Sólo faltaba alguna lesión de última hora entre los pupilos de Carlos Pouso para que el escenario fuera un lugar en el que nunca querer aparecer.

Pasaron las horas y se dio cuenta de que no estaba solo. Los mensajes en el móvil confirmaban los mismos miedos en sus compañeros de sufrimiento. También las cábalas sobre los posibles rivales si la eliminatoria se pasaba y sobre los estadios que iban a visitar el 16 de diciembre en la vuelta de la siguiente ronda. Madrid o Barcelona como destinos preferidos para la mayoría salvo para los románticos que afinan un poco más y aseguran querer visitar el río Manzanares. Pero antes de todo eso tenían una cita en Las Gaunas a la que llegaban sin recordar qué habían hecho en todo el miércoles. Las horas previas fueron un trance sin pena ni gloria.

20,45 horas. 14 de octubre de 2015. Las Gaunas. Allí estaban él y su nudo en el estómago para afrontar el partido más importante de la temporada. Bocadillo de tortilla y bota de vino en una bolsa como acompañamiento. La Copa del Rey. El torneo del KO. El trofeo de su majestad. Todo a una carta con un equipo de la élite del fútbol nacional como premio gordo. Y pitó el árbitro el comienzo. Y un fuera de juego a Chevi que no era y en el que el madrileño había hecho el primer gol. Lo que no pitó fue un penalty de libro sobre Muneta. Sus miedos se confirmaban. El nudo en el estómago se agrandaba. «Hoy, palmamos».

Todo era negatividad hasta que Carlos Fernández borró de un plumazo cualquier pesimismo con un giro en un palmo de terreno a punto de terminar la primera parte. Guardó el balón en algún bolsillo que tenía escondido entre la bota y la media hasta que lo tuvo a punto para el disparo. Batió a Escalona y repartió felicidad por la grada de Las Gaunas. Titi confirmó tras la reanudación que la UD Logroñés puede partirse la cara con cualquier equipo de la categoría aunque este tenga ayuda divina y que va a ser padre. Quizás fuera el catolicismo de su universidad el que iluminó a José María Salmerón con los cambios a realizar: Pallarés (cabezazo inapelable) y Góngora (asistencia en el primer tanto y golazo de falta).

El miedo volvió con la prórroga. Juan Tallón es el mayor experto español en esta parte de las eliminatorias y señala que cuando llegan el partido se eriza y se vuelve salvaje: «Solo ahora, cuando el cansancio no le presta fuerzas al miedo, el futbolista se desata y juega como si al final del partido fuesen a cortarle la cabeza». Emergió entonces Miguel Santos para demostrarle a Tallón que su teoría es cierta y que no quería acabar como miles de franceses durante la revolución. Tenía las piernas lo suficientemente frescas para erigirse en estandarte de la UD Logroñés en el tramo final.

Sin gol, penaltis. Los temidos penaltis. La lotería. La suerte. El azar. O no tanto. Porque la portería sobre la que el UCAM Murcia y la UD Logroñés iban a dirimir quién pasaba de ronda a base de zambombazos desde los once metros era justo la que tenía a toda la afición blanquirroja puesta en pie desde hacía más de media hora. Hubo conjuras e incluso alguna llamada a casa para despedirse por si no se volvía de aquel punto fatídico. Álvaro González, Julio Rico, Iker Alegre, Adrián León y Miguel Santos. Cinco lanzamientos, cinco chicharros. En los visitantes un fallo: Jesús Rubio. El mismo jugador que forzó la prórroga en Torrent para el Huracán Valencia con un gol erraba en Las Gaunas menos de cinco meses más tarde en un partido casi más importante.

En la grada se desató la locura propia de estas ocasiones con abrazos y saltos que a más de uno le harán tener agujetas al día siguiente. Ya no había miedo. Sólo felicidad. Al fin y al cabo, unos tienen a Dios y otros tienen a Pouso.

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