Cultura y Sociedad

Abadía pone fecha de caducidad al bigote más famoso del fútbol español

FOTO: Fernando Díaz
Abadía con Lotina el pasado domingo en Las Gaunas viendo el UD Logroñés - Mutilvera. FOTO: Fernando Díaz

Logroño ha tenido delanteros, defensas, entrenadores, ascensos, descensos y tardes inolvidables en Las Gaunas, pero pocos elementos han resistido mejor el paso del tiempo que el bigote de Agustín ‘Tato’ Abadía. El exjugador del CD Logroñés ha pasado por ‘El Cafelillo’, el espacio de entrevistas que conduce Josep Pedrerol, y ha dejado una noticia de alcance sentimental para el fútbol retro: su bigote tiene fecha de caducidad.

Abadía ha contado que se lo dejó en Binéfar, después de regresar de la mili, y que desde entonces no se ha separado de él. No ha sido un simple detalle estético. En su caso, el bigote ha acabado convertido en una especie de escudo, bandera y logotipo personal. Tanto, que para muchos aficionados su imagen forma parte del álbum emocional del fútbol español de los años ochenta y noventa: calva, bigote, oficio, kilómetros y una camiseta del Logroñés.

@elcafelitotv El ‘Tato’ Abadía anuncia en El Cafelito cuándo se va a quitar su mítico bigote. #pedrerol #elcafelito #bigote #futbol #tatoabadia ♬ Everything In Its Right Place – SAD

El propio Abadía ha reconocido en la entrevista que se lo quitará cuando se jubile. La explicación tiene su punto de ternura: quiere pasar desapercibido. Una misión complicada para alguien que dejó hace muchos años el fútbol profesional, pero que sigue siendo reconocido por aficionados de varias generaciones, incluidos algunos que ni siquiera llegaron a verle jugar.

Porque Abadía ha comprobado que su leyenda ya no depende solo de los recuerdos de Las Gaunas. Su figura ha traspasado la memoria de quienes vivieron al Logroñés en Primera y se ha colado en el imaginario del fútbol retro, ese territorio en el que un bigote puede pesar casi tanto como una estadística. Él mismo ha admitido que hay gente que acude a La Casa de los Quesos, el negocio que regenta en la calle Laurel, para verle en persona. «Sí que va la gente a la tienda para verme; está mal que lo diga, pero es así», ha reconocido.

El comentario resume bien el fenómeno. Abadía, que siempre ha sido más de fútbol que de focos, se ha encontrado de pronto convertido en reclamo turístico, personaje de culto y prueba viviente de que el balompié de antes tenía una estética imposible de replicar. En tiempos de cortes de pelo medidos al milímetro y celebraciones diseñadas para las redes, el Abadía sigue siendo una rareza entrañable: un futbolista reconocible por una silueta.

Su trayectoria ya justificaba el cariño. Llegó al CD Logroñés desde Binéfar, fue protagonista del ascenso a Primera en 1987, pasó por el Atlético de Madrid, regresó varias veces a Las Gaunas y también dejó huella en la SD Compostela. Pero el paso del tiempo ha añadido una capa inesperada a su historia: la del icono visual. Ya no solo se recuerda al jugador trabajador, táctico y competitivo, sino al personaje inconfundible que parecía salido de una época en la que el fútbol olía a barro, linimento, cigarros, cuero y transistor.

Ahora, con la promesa de afeitarse cuando llegue la jubilación, Abadía ha abierto un pequeño debate sentimental. Si cumple su palabra, el fútbol español perderá uno de sus últimos bigotes verdaderamente históricos. Y Logroño, quizá, a uno de sus reclamos más discretos y más eficaces: el hombre que vendía quesos, hablaba de fútbol y demostraba que, a veces, para convertirse en leyenda no hace falta levantar una Copa. Basta con jugar bien, volver siempre a casa y no tocarse el bigote durante más de media vida, superando modas pasajeras.

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