He leído con atención la carta que defiende acoger a 154 menores inmigrantes en La Rioja como si se tratara de una oportunidad histórica. Pero me temo que vivimos en realidades distintas. El autor de dicha carta propone una visión idealista que ignora los hechos, las consecuencias y las diferencias sustanciales entre distintas situaciones migratorias.
En primer lugar, no todos los migrantes son iguales. Equiparar a los refugiados ucranianos —mujeres y niños escapando de una guerra declarada, mientras sus padres combatían por su país— con los flujos migratorios irregulares de origen africano, es un simplismo irresponsable. Muchos de estos menores llegan sin documentación, sin identificar su país de origen, y con edades más que dudosas. En más de una ocasión se ha demostrado judicialmente que personas que decían ser menores no lo eran.
Además, es llamativo que la mayoría de estos supuestos menores sean varones en edad próxima a la adulta, y que los perfiles más habituales en otras rutas sean mujeres embarazadas. ¿Casualidad? ¿O estrategia?
Proponer que se repueblen los pueblos con ellos suena bien, pero es inviable sin decir toda la verdad. Integrar adecuadamente a una persona —y más aún a un grupo de menores extranjeros no acompañados— requiere recursos: tutores, educadores, viviendas, sanidad, formación, mediadores culturales, programas lingüísticos… Todo eso cuesta dinero, que no cae del cielo. Sale del esfuerzo fiscal de los que ya están aquí. ¿Quién lo paga? El mismo ciudadano al que se le suben los impuestos, al que se le pide solidaridad, pero al que luego se le ignora cuando pide seguridad o servicios de calidad.
Porque también está el tema tabú que nadie quiere nombrar: la criminalidad. ¿De verdad hay que esconder bajo la alfombra los datos objetivos? En zonas donde se han concentrado estos menores, los delitos de hurto, robo y últimamente agresiones con arma blanca han aumentado. ¿Qué se espera de los vecinos? ¿Que lo acepten como parte del “coste de la integración”? ¿Que se callen para no ser acusados de racismo?
¿Y qué hay de los de aquí? ¿Por qué da vergüenza priorizar a los nacionales? Parece que el único pecado capital hoy en día es querer que se atienda primero a los de tu tierra. ¿Es racismo defender que antes se atienda a los jóvenes, parados y familias de La Rioja que también tienen problemas reales y urgentes?
El artículo menciona “fiscalidad atractiva” para repoblar los pueblos. ¿De verdad cree que alguien que aún no ha aportado nada al sistema, y que ya requiere una alta inversión en asistencia, puede sostener una comunidad rural? Lo que plantea no es integración, es un gasto desproporcionado con un retorno más que incierto.
Y respecto al “efecto llamada”, basta con ver lo que ha hecho Australia: controles fronterizos estrictos, centros de procesamiento externos y tolerancia cero con la inmigración irregular. Resultado: descenso drástico de las llegadas. Porque la mejor política migratoria es la que tiene reglas claras, fronteras controladas y rechaza la entrada ilegal desde el minuto uno.
No se trata de cerrar el corazón, sino de abrir los ojos. No de negar la humanidad del otro, sino de proteger la dignidad de los que ya viven aquí. Y de entender que la prosperidad de un país no es un regalo, sino el fruto de décadas de esfuerzo, impuestos, educación y respeto a la ley. Pensar que cualquiera que llegue debe disfrutar de ese fruto sin haber sembrado nada, es no entender cómo funciona una sociedad que se ha construido con mucho sacrificio.
La empatía es valiosa. Pero la gestión de un país no puede basarse solo en emociones, sino en datos, planificación, prioridades y, sí, también límites.
Porque si no sabemos decir “basta”, llegará el día en que ni siquiera podamos decir “bienvenidos”.
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