En Rioja Acoge imparten clases de español a alumnos y alumnas que vienen de partes del mundo muy dispares: Marruecos, Pakistán, Argelia, Ucrania, Rumanía, Senegal, Mali, Burkina Faso, Siria, Gambia, Costa Marfil, Ghana y República del Congo.
Ahora mismo Rioja Acoge cuenta con dieciséis voluntarias para impartir las clases de lengua a extranjeros, que se imparten de lunes a jueves, tres turnos cada día: dos de mañana y uno de tarde. Para poder ofrecer una atención más personalizada a los alumnos y teniendo en cuenta la diferencia de niveles que hay en cada clase, en cada turno están dos profesoras.
En cada grupo hay matriculados de veinte a veinticinco alumnos, aunque a clase asisten «de forma asidua y más o menos constante» entre diez y quince, explica Ascen Zorzano, voluntaria de Rioja Acoge. De media tienen entre treinta y cuarenta alumnos al día, aunque a veces llegan a los cuarenta y nueve, y otros que no llegan a los treinta. «Pero siempre hay lista de espera», afirma Manuel Fandiño, voluntario.
Para estas clases, el plazo de matrícula es «un poco orientativo», así que si una persona quisiera apuntarse a mitad o a final de curso, podría hacerlo. Todo está enfocado a ofrecer las máximas facilidades posibles a los alumnos.
«Lo que hace falta es tener ganas, el saberles transmitir, que es lo que a nosotros más nos satisface. Y a ellos, no les vienes aquí la B y la A, no, conectas con ellos y eso es muy satisfactorio», cuenta la voluntaria más veterana, lleva ya dos décadas dando clases y prefiere mantenerse en el anonimato.
«El tema del voluntariado tiene diferentes niveles. Tú puedes ser voluntario y venir a dar una hora a la semana o puedes venir tres o cuatro días o el tiempo que disponga y lo que tú consideres», explica Manuel. Lo que de primeras puede parecer una debilidad, los voluntarios de Rioja Acoge han conseguido darle la vuelta. «Hemos conseguido definir un temario, definir unos contenidos, definir una programación, para que independientemente de si puedes una hora o dos horas o las que sean, sabes lo que te toca y continúas. Creo que eso ha sido uno de los grandes avances que hemos tenido este año», añade.

Organización
Aunque lo mejor sería poder organizar las clases por niveles, es imposible: no hay tantos voluntarios. «Hay mucha necesidad y hay mucha demanda. Con más voluntarios lo podríamos hacer mejor. Podríamos, por ejemplo, agarrar toda esta gente que no sabe leer ni escribir y hacer un grupo aparte», explica Manuel.
«La gente que viene tiene montones de dificultades y de situaciones especiales. Tenemos gente que viene una semana por la mañana, porque esa semana trabaja de tarde, y otra semana viene de tarde, porque trabaja por la mañana. En un mismo grupo tenemos gente que no sabe leer ni escribir, gente que puede hablar pero que no puede escribir, gente que ya medio habla y medio escribe», explica Manuel. En una misma clase pueden llegar a tener todos estos niveles y «tenemos que pelear para poder atenderlos a todos de alguna manera».
«La mayor dificultad es con la gente que no sabe ni leer ni escribir, que muchas veces son mujeres. Una de mis alumnas lleva 25 años residiendo en España y sabe medio hablar, pero nunca ha podido aprender a leer y escribir. Y, en su país, en Marruecos, tampoco pudo ir a la escuela. Entonces, si a personas como ella las pones en un grupo, vienen tres o cuatro días y luego no vienen más. Porque los grupos ya hablan, escriben, saben leer, aunque sean cosas sencillas, pero ellos no saben nada. Entonces estamos empezando a hacer un grupo con esa gente aparte para empezar desde cero con ‘ma’, ‘me’… empezar con las letras desde el inicio. La mayor dificultad es la gente que no sabe nada y que no ha sido alfabetizada en su país», explica Manuel.
Los voluntarios intentan amoldarse a los alumnos «en base a su necesidad y a su capacidad de acudir», cuenta la voluntaria. Pero no siempre es fácil. «Hay bastante irregularidad en la asistencia». Ascen culpa en parte a que no hay exigencia con ese tema, no se pasa lista ni se ponen falta cuando uno no puede acudir. Pero es necesario «colocarte en la realidad de ellos. Pues que les ha salido un trabajo y tienen que atender. Claro, no van a dejar el trabajo por las clases. Lo que intentamos es que lo justifiquen», señala. De esta forma, si no van a acudir durante un período de tiempo su plaza puede ser aprovechada por otro interesado.
«También nos damos cuenta de que ellos utilizan no todos, pero muchos de los recursos que hay. Se apuntan a YMCA, se apuntan al Plus Ultra y, si pueden, compaginan las clases. Eso lo que demuestra es una voluntad muy firme por el aprendizaje del idioma», afirma Ascen.
Integración y socialización
En el área de lengua de Rioja Acoge tienen dos objetivos principales. El primero es la integración: «El aprendizaje de la lengua es la herramienta imprescindible para que ellos se puedan integrar, necesaria en todos los ámbitos de la vida. Sobre todo para poder desenvolverse y tener autonomía. Si no tienen un mínimo dominio de la lengua, eso es muy muy paralizante», explica Ascen.
La socialización es el segundo objetivo fundamental: «Tienen que socializar con la población autóctona, no solamente entre ellos. Se trata no solamente de que se integren porque dominan más o menos la lengua y saben un poco desenvolverse, sino que socialicen y se integren también a nivel comunitario», añade.
«Socializar es buscar que pasen más allá de su cultura y de su lengua y se puedan comunicar con el resto de la población. Ese es un poco el objetivo. Los hombres tienen más facilidad para aprender y para hablar porque salen del ámbito familiar y les toca trabajar. Pero las mujeres muchas veces están reducidas al ámbito doméstico. Entonces, casi nunca socializan» agrega Manuel.
«Las mujeres también intentan buscar trabajo y de hecho lo encuentran, pero lo encuentran en el ámbito doméstico: como limpiadoras o como cuidadoras de personas mayores», explica Ascen. Esto limita considerablemente sus posibilidades tanto para socializar, como para ejercitar un poco el idioma. En Rioja Acoge han tenido más de un caso (y de dos, y de tres) de mujeres que llevan en España siete u ocho años que ni entienden, ni saben hablar español. Hay incluso una mujer que lleva veinticinco años y aún no se maneja con el idioma, menciona Manuel.
«Sobre todo marroquíes y pakistaníes», explica la voluntaria. Con el Ramadán las mujeres han desaparecido casi todas, sobre todo en el turno vespertino. «Sin embargo, por la tarde vienen muchísimos hombres. Las mujeres se tienen que ir a casa para hacer la comida a sus maridos y yo eso lo llevo fatal, pero bueno. Son cosas que no podemos cambiar de la noche a la mañana porque en eso influye mucho de dónde vienen y el tipo de socialización que se permiten también».
Protección internacional
Rioja Acoge ofrece servicios de acogida e integración a quienes han solicitado protección internacional en España, en las que también se imparten clases de español. De este ámbito se encarga Nadia Armendáriz, aunque cuenta con la ayuda de dos voluntarios. Actualmente, este servicio cuenta con seis alumnos.
Aquí sí que tienen una programación por niveles y las clases son mucho más personalizadas porque tiene menos cantidad de alumnos por clase: «Al tener tan poca gente yo me dedico exclusivamente al ritmo que tú lleves. Mi objetivo es que salgas con el máximo nivel que tú puedas, pero claro, todo va a depender de ti», explica.
En momentos puntuales, también ha tenido que hacer frente a niveles muy diferentes dentro de la misma clase. Nadia recuerda que justo antes de Navidad, tuvo un «boom» de personas procedentes de Ucrania, entonces «sí que tuve masificación. En una misma clase tenía a gente con un nivel de A2 y a gente con un nivel de B1. Eso lo hacía mucho más complicado».

Las personas que participan en este programa no lo deciden ellas: son personas asignadas por el Ministerio que solicitan protección internacional. Una vez se le otorga el asilo a la persona, no puede seguir acudiendo a las clases de Nadia, sin embargo, sí puede continuar aprendiendo en las clases del área de lengua de Rioja Acoge. Pero eso ya depende de la persona. «Depende de la cultura, depende de las ganas que tengas, el interés que pongas…porque me he encontrado a personas muy jóvenes que no han querido estudiar para nada y han tenido muchos recursos y muchas facilidades para aprender y gente más mayor, que se ha esforzado un montón, y va despacito, pero se ve cada día lo que ha avanzado», explica Nadia.
«Partimos de que una persona que viene solicitando asilo viene por una situación de riesgo de vida. Con lo cual estas personas probablemente tengan unas circunstancias donde sus prioridades son diferentes al que ya está aquí un poco más estabilizado, que sabe que se puede quedar aquí y busca las clases. Estas personas que están en el programa de protección todavía están esperando una respuesta. Están viviendo en constante incertidumbre y probablemente vengan de una situación de violencia por guerra, por acoso, por persecución, por lo que sea que hayan salido de su país de origen y sus circunstancias incluso, no solo motivacionales, sino también mentales en cuanto a tranquilidad para poder dedicarse a algo, son totalmente diferentes», explica Yanitza Torres, responsable de comunicación de Rioja Acoge.
La labor de Nadia, Manuel, Ascen y la voluntaria más veterana es fundamental para que los refugiados y los inmigrantes se integren en nuestra sociedad, donde el conocimiento de la lengua juega un papel decisivo. «Aquí no hay exámenes, no hay notas, no hay certificados, no hay nada, aquí depende de tu interés por aprender. Y en ese papel de que aprendan, los profesores tenemos un papel fundamental porque tenemos que motivarlos. Tenemos que hacer que se interesen», afirma Manuel.


