Cultura y Sociedad

La Rioja tiene finalista en ‘MasterChef’

La Rioja tendrá un asiento reservado en la final de la decimocuarta edición de MasterChef. Y no uno cualquiera. Ana María Jiménez, Annie para casi todos desde que entró en las cocinas más famosas de la televisión, ha conseguido colarse entre los cuatro últimos aspirantes del programa después de una semifinal brillante.

La calagurritana, hija de los dueños del restaurante Viana, peleará por el título junto a Camilla, Carlota y Chambo. Cuatro nombres para una final muy abierta, pero con un acento riojano que ya ha hecho ruido desde que entró por primera vez en las cocinas. Annie no solo ha llegado hasta el último programa: ha llegado con una idea cada vez más clara de lo que quiere hacer cuando los focos se apaguen y la chaquetilla de aspirante deje paso a la vida real.

Su sueño tiene nombre, paisaje y raíces. Se llamaría El Balcón del Isasa y estaría en su casa de Santa Eulalia Bajera, en un rincón con alma familiar y mirada de futuro. «El Isasa es el monte donde Préjano duerme, que es el pueblo de mi madre», explicaba Annie, como quien no está hablando solo de un proyecto hostelero, sino de una forma de volver a casa con todo lo aprendido en la mochila.

La idea no nace de la nada. Durante su paso por MasterChef, a Annie le enseñaron una imagen generada con inteligencia artificial muy parecida a lo que ella imagina para ese restaurante. Y aquello, de alguna manera, puso forma visual a algo que ya llevaba dentro. «Tengo en mi casa varias cuevas, al fondo hay una bodeguita… hacer un restaurante pequeñito donde la gente disfrute», resume de un lugar con encanto y de cocina cercana.

En ese futuro Balcón del Isasa, Annie quiere mezclar cocina tradicional y vanguardista. Dos palabras que, juntas, explican bien el camino que ha recorrido en el programa. La tradición, porque viene de una familia vinculada a la hostelería y porque La Rioja pesa mucho cuando una cocina se piensa desde la memoria. La vanguardia, porque MasterChef le ha abierto ventanas nuevas, técnicas, miradas y maneras distintas de entender un plato. Su intención es llevar allí todo lo aprendido, pero sin perder el hilo de lo que la ha traído hasta aquí.

La semifinal fue, además, una confirmación de ese crecimiento. A la última entrega antes de la final llegaron cinco concursantes, que tuvieron que enfrentarse primero a una prueba relacionada con la cocina holística. Para la ocasión, el programa de Televisión Española contó con el chef danés Rasmus Munk, y los aspirantes tuvieron que replicar uno de los tres platos propuestos por él. Annie, que partía con cierta ventaja por haber sido la mejor en la prueba de exteriores del programa anterior, fue la encargada de repartir las recetas entre sus compañeros. Para ella se quedó, en teoría, con la más sencilla.

Pero la sencillez, en cocina, casi nunca significa facilidad. Y Annie lo resolvió con precisión, calma y sensibilidad. Su réplica fue la que más se acercó al plato del cocinero danés, según valoró el jurado, y eso le permitió ganar un viaje a Finlandia. El premio le iluminó la cara. «Imagínate yo y el Chusco en Finlandia».

Con esa alegría todavía reciente, la riojana afrontó la prueba de exteriores en el restaurante Barro. Allí, los concursantes elaboraron un menú para 24 comensales, una de esas pruebas en las que no basta con cocinar bien: hay que organizarse, templar los nervios, trabajar en equipo y sostener el ritmo cuando el servicio aprieta. Tras esa prueba, el jurado eligió a las dos primeras finalistas. Camilla y Annie escucharon sus nombres y la calagurritana pudo vivir el último tramo de la noche con una tranquilidad poco habitual en un programa que suele apurar las emociones hasta el borde.

Ya era finalista. Ahora, Annie llega al último programa con la posibilidad de ganar MasterChef, pero también con algo quizá más importante: una identidad culinaria cada vez más reconocible. Su historia mira hacia Santa Eulalia Bajera, hacia esas cuevas, hacia una bodeguita al fondo y hacia ese monte Isasa que guarda el sueño de Préjano. Allí, en ese balcón imaginado entre piedra, vino y memoria, Annie quiere cocinar lo que ha aprendido sin olvidarse de dónde viene.

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