Rosa Grandes ha recibido este miércoles la insignia de San Bernabé durante el pleno celebrado en el Ayuntamiento de Logroño con un discurso en defensa del comercio de barrio, de la atención cercana y de todos los profesionales que cada día levantan la persiana para mantener viva la ciudad. Su trayectoria, avalada por más de cuatro décadas al frente de comercios textiles, simboliza una manera de entender el mostrador no solo como un lugar de venta, sino como un punto de encuentro, escucha y confianza.
Grandes, que desde 1984 hasta 2013 regentó el establecimiento Amadel y posteriormente continuó su camino en el comercio Marisol, ha recordado sus orígenes humildes y trabajadores en el barrio de Varea. Allí nacieron su abuela y su padre, y allí aprendió, junto a sus hermanas, el valor del esfuerzo que le inculcaron sus padres desde niña. Ese aprendizaje la llevó a empezar a trabajar con solo 16 años, en el mismo local en el que todavía hoy sigue atendiendo.
«Soy dependienta», ha afirmado con orgullo, antes de explicar que su trabajo consiste, junto a su compañera Estela, en comprar productos textiles como si fueran para ellas mismas para después poder ofrecer, asesorar, atender y escuchar a la clientela. Una definición sencilla para una labor que, durante 42 años, ha llenado de historias, nombres propios y vínculos personales la vida cotidiana de Logroño.
La homenajeada ha reivindicado que su tienda no solo recibe a clientes de Logroño, sino también de pueblos, ciudades cercanas y turistas que entran a comprar y terminan preguntando por la ciudad. «Hacemos un poquito de guías», ha señalado, antes de resumir ese espíritu con una frase muy logroñesa: «En Logroño nadie se siente extranjero». Peregrinos, vecinos del barrio, visitantes de comunidades limítrofes y clientes de toda la vida han convertido su establecimiento en un auténtico cruce de caminos.

Durante su intervención, Rosa Grandes ha recordado aquel 21 de febrero de 1984 en el que comenzó a trabajar. Había acudido a una demanda de empleo acompañada de su hermana pequeña, de tres años, a la que cuidaba. Antes de volver a casa, su madre ya sabía que empezaría al día siguiente. Desde entonces, ha visto cambiar Logroño desde detrás del escaparate, levantando la persiana cada mañana y cada tarde con la misma ilusión.
También ha evocado aquellas visitas de infancia al centro de la ciudad, cuando su madre les decía a ella y a sus hermanas que subían «a Logroño a ver escaparates». Años después, es ella quien los monta y quien ve cómo los niños se detienen a mirarlos. Por su tienda han pasado generaciones enteras: madres, hijas, nietos y familias que regresan incluso desde fuera para comprar «en la tienda de siempre».
El discurso de Grandes ha tenido mucho de memoria compartida. Ha hablado de penas escuchadas, alegrías celebradas y vecinos que pasaron a ser clientes y clientes que terminaron siendo amigos. «Si volviera a nacer, sería dependienta otra vez», ha asegurado, orgullosa de una profesión que, según ha lamentado, no siempre está suficientemente valorada pese a sostener buena parte de la vida de los barrios.
La nueva insignia de San Bernabé ha querido compartir el reconocimiento con todos los compañeros que trabajan detrás de un mostrador, “con una sonrisa y mucha paciencia”, para mantener vivos los barrios. También ha agradecido el apoyo incondicional de su familia, sin la que, ha admitido, no habría sido posible compatibilizar durante tantos años su vida como hija, esposa y madre con una dedicación tan exigente al comercio.
Grandes ha aprovechado además su discurso para lanzar una defensa firme del pequeño comercio logroñés en un momento complicado, marcado por la competencia de las grandes superficies y la venta online. «El pequeño comercio es el tú a tú con la clientela», ha recordado, antes de alabar a quienes cada mañana levantan la persiana y dan vida a la ciudad.
«Somos el motor de nuestras ciudades. Cuando se cierra un comercio, una luz se apaga», ha proclamado Rosa Grandes en el tramo final de su intervención. La comerciante se ha despedido con «la satisfacción del deber cumplido» y el orgullo de haber puesto durante 42 años su granito de arena para hacer de Logroño una ciudad más amable y comercial. Un discurso de gratitud, oficio y barrio que ha cerrado con un emocionado «viva San Bernabé y viva Logroño».


