El Casco Antiguo de Logroño vuelve a oler estos días a humo, especias, cuero, pan recién hecho y almendras garrapiñadas. Las fiestas de San Bernabé ya han desplegado uno de sus escenarios más reconocibles: el Mercado Renacentista, ese viaje a pie de calle que cada año convierte el centro histórico en una villa del siglo XVI, con sus tenderetes, sus tabernas improvisadas y su trasiego constante de vecinos y visitantes.
Durante toda la semana, Portales, Barriocepo, Cofradía del Pez y las traseras de la iglesia de Santiago se han llenado de sabor, colorido y curiosidad. No hace falta llevar prisa para recorrer el mercado; de hecho, conviene no tenerla. Cada pocos metros aparece un reclamo distinto: un puesto de quesos, una mesa cubierta de mieles, un rincón de panes, infusiones o ungüentos, un tenderete de pulseras, collares y gemas, o una parada donde las palabras «brebaje», «licor»o «remedio» suenan casi como una invitación a dejarse llevar por la fantasía.
Quien entra en el Mercado Renacentista sabe que va a encontrarse con una ciudad vestida para recordar. Toldos, telas, escudos, maderas, aromas intensos y vendedores caracterizados ayudan a reconstruir el ambiente de aquel Logroño de 1521, cuando sus vecinos resistieron el asedio franconavarro que dio origen a las fiestas patronales. Cinco siglos después, la memoria se sirve en vasos de sangría, en jarras de cerveza artesana, en porciones de cerdo asado y en cucuruchos de garrapiñadas.

El ir y venir no se detiene. Familias enteras avanzan despacio entre los puestos, los niños se quedan mirando los objetos brillantes, los mayores comparan precios y sabores, y los visitantes levantan el móvil para llevarse una imagen de un centro que estos días cambia de piel. Portales, habitualmente avenida de paso y escaparate comercial, se transforma en un corredor festivo donde cada parada compite por captar la atención con colores, aromas o el simple encanto de lo hecho a mano.
Las viandas marcan buena parte del camino. El cerdo asado atrae con su olor rotundo; las garrapiñadas devuelven a muchos a las fiestas de siempre; los quesos, panes y mieles recuerdan que la artesanía también se come; y las bebidas ponen el punto más desenfadado a un recorrido que gana intensidad conforme avanza la jornada. Hay cervezas artesanas, sangrías, licores y toda suerte de mezclas que parecen sacadas de una botica antigua, con remedios prometidos para males cotidianos y nombres capaces de arrancar más de una sonrisa.
Pero no todo se prueba con el paladar. El mercado también invita a mirar y tocar. Pulseras, collares, gemas, piezas de cuero, pequeños objetos decorativos y productos artesanos convierten las calles en un escaparate abierto. Hay quien busca un recuerdo, quien se deja tentar por una compra improvisada y quien simplemente se detiene a curiosear, que también es una forma muy bernabea de participar en la fiesta.

En las traseras de Santiago, el ambiente adquiere un aire especialmente simbólico. Allí, junto a uno de los lugares más ligados al imaginario histórico de San Bernabé, el mercado parece encajar con naturalidad en el relato de la ciudad sitiada. El bullicio de los puestos convive con la memoria de aquel Logroño que resistió y que hoy celebra esa resistencia con recreaciones, actos tradicionales y una ocupación festiva de las calles.
El Mercado Renacentista no es solo un añadido al programa de San Bernabé. Es una de esas piezas que ayudan a explicar por qué estas fiestas se viven tanto en la calle. Da sabor, color y ruido al Casco Antiguo; invita a caminar sin rumbo fijo; mezcla historia y ocio; y convierte cada esquina en una pequeña escena. Logroño, durante estos días, mira al pasado sin dejar de brindar, comer, comprar y pasear en presente.
Y quizá por eso funciona año tras año. Porque no exige entender la historia como una lección, sino atravesarla con los sentidos. Basta con dejarse llevar por el olor de las viandas, el brillo de las gemas, el tintineo de las jarras, el reclamo de los tenderos y el paso lento de quienes han salido a reencontrarse con una ciudad que, por San Bernabé, vuelve a vestirse como si 1521 quedara a la vuelta de la esquina.


