La Rioja

Revive en La Rioja: un lugar heredado, una vida elegida en Torrecilla

La historia de Andrea en Torrecilla de Cameros empezó mucho antes de que ella pusiese un pie en el municipio. En esa forma silenciosa en la que los lugares se van quedando en una familia sin necesidad de ser explicados. Empezó con su bisabuelo, que levantó una fábrica en la zona; continuó con su abuelo, que mantuvo ese vínculo como quien se niega a soltar del todo lo que le pertenece; y se asentó definitivamente en su madre, que aunque nació en Bilbao, creció en el pueblo, en una casa que era una manera propia de estar en el mundo. Torrecilla no era un destino cualquiera: era una herencia emocional, una geografía íntima que con el tiempo quedó reducida a los veranos, a esos regresos que parecen suficientes mientras uno no se plantea quedarse.

Andrea creció con esa relación intermitente con el pueblo. «Yo venía aquí de pequeña, con mis padres, en vacaciones». Era un vínculo intenso, pero acotado en el tiempo, como si el pueblo solo existiera durante unas semanas al año. Después, la vida continuaba en otro sitio, en ese lugar donde pasan las cosas importantes o, al menos, donde creemos que deben pasar. En su caso, ese lugar era Madrid.

Allí había construido todo lo que, en teoría, tenía que construir. Trabajaba (sigue haciéndolo) en una multinacional americana especializada en ensayos clínicos y análisis de mercado farmacéutico, un entorno técnico, exigente, perfectamente engrasado. «Nos dedicamos a posicionamiento de productos, análisis de datos… cosas como la vacuna de AstraZeneca», explica. Su día a día estaba ordenado, medido, encajado en una rutina que no dejaba demasiado margen para lo imprevisto: oficina, horarios, objetivos. Todo funcionaba. Todo estaba bien. Y, sin embargo, había algo que no terminaba de cuajar.

«Yo estaba bien, pero no estaba del todo bien», dice. Y en esa frase, tan aparentemente sencilla, se concentra una incomodidad difícil de nombrar. No había un problema concreto, ni una insatisfacción evidente, sino una sensación constante de estar viviendo una vida que encajaba en lo esperado, pero no del todo en lo propio. «Allí sales de trabajar y tu tarde solo da para una cosa». «O vas al gimnasio, o quedas con tus amigos, o haces la compra. Entre el tráfico, los desplazamientos… siempre vas corriendo». No era una cuestión puntual, sino una forma de vivir en la que el tiempo siempre parecía insuficiente, como si cada día hubiera que decidir qué parte de la vida se quedaba fuera.

La pandemia introdujo una grieta en esa lógica. De pronto, el ritmo se detuvo lo suficiente como para poder mirarlo desde fuera. Aquel verano, su familia decidió pasar más tiempo en Torrecilla, en la casa que habían comprado allí, y Andrea se llevó el trabajo consigo. El teletrabajo, que hasta entonces era una opción lejana, se convirtió en una posibilidad real. En principio, temporal. Una solución práctica a una situación excepcional. Pero lo que ocurrió allí fue otra cosa.

«Recuerdo pensar: es que aquí me da tiempo a todo», cuenta. Y no lo dice como una exageración, sino como una constatación casi desconcertante. De pronto, el día dejó de ser una carrera para convertirse en un espacio habitable. «Trabajo, pero luego puedo salir, ir al monte, estar con el perro, hacer cosas… no tengo que elegir». Esa idea -no tener que elegir constantemente qué parte de la vida sacrificar— empezó a instalarse con una fuerza inesperada. Y con ella, una pregunta que ya no desaparecía: si esto es posible, ¿por qué no hacerlo permanente?

Pidió a su empresa el teletrabajo completo. No fue sencillo. «Nadie trabajaba fuera de Madrid, parecía un drama». Durante un año insistió, consciente de que esa decisión no era solo logística, sino vital. Podía haberse quedado en un punto intermedio, seguir yendo y viniendo, mantener el equilibrio a medias que tantas veces se convierte en renuncia. Pero ya no le bastaba. «Lo quería intentar», dice, y en ese intento había ya una forma de decisión.

Cuando finalmente obtuvo el visto bueno, dio el paso. Enero de 2021. Invierno, restricciones, bares cerrados, pocas posibilidades de contacto social. Todo lo que, en teoría, desaconseja empezar de cero en un pueblo. Y, aun así, se fue. «Mi madre me decía: ‘pero si a las cinco es de noche, ¿qué haces ahí?’», recuerda. «Mamá estoy bien». No hay épica en su respuesta, ni voluntad de justificar nada. Solo una certeza que ya había tomado forma: que aquello tenía sentido.

El factor económico estaba ahí, aunque no fue el eje. «En Madrid el sueldo se me iba casi entero con el alquiler», explica. «Aquí pago una hipoteca que es un tercio». La diferencia es evidente, pero ella misma se encarga de relativizarla. «Eso ayuda, pero no es lo que te hace quedarte». Lo que realmente pesa es otra cosa, más difícil de cuantificar: la sensación de que el tiempo vuelve a pertenecerte. Las ayudas del Plan REVIVE también han hecho que todo sea más fácil.

A eso se suma la comunidad, ese tejido discreto que no se ve hasta que se vive. «Aquí el vecino te deja verduras, te trae cosas, te pregunta… hay una cercanía real», dice. No es algo excepcional, sino cotidiano. Una forma de relación que en la ciudad se ha diluido hasta casi desaparecer. Aunque esa pertenencia tiene matices. «Siempre voy a ser la holandesa, la de Madrid», reconoce con una sonrisa.

Por eso decidió implicarse. Se presentó a las elecciones municipales y hoy es concejala. No por ambición política, sino por coherencia con la vida que ha elegido. «Si vives en un pueblo, tienes que querer hacer comunidad. Si no, te quedas solo», explica. Y en su caso, quedarse ha significado precisamente lo contrario: formar parte.

A partir de ahí, la vida ha seguido creciendo en direcciones que hace unos años no estaban en sus planes. Tiene gallinas, tiene cabras, y ha solicitado incorporarse como joven ganadera. «Quiero probar». No como una ruptura, sino como una continuidad lógica de lo que ha ido construyendo.

«Siempre pensé: si no funciona, me vuelvo». Madrid sigue ahí, a tres horas, como una posibilidad que no desaparece. Pero cada vez pesa menos. Porque mientras tanto, ha construido algo propio, algo que no estaba en el plan inicial, pero que ahora encaja con una claridad difícil de discutir.cY por eso, cuando se le pregunta si se imagina volviendo, la respuesta es breve, casi serena. «Ahora mismo no». Y en esa respuesta cabe todo pero siempre en Torrecilla.

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