Nunca verse empapado de agua le sabrá mejor a Unai Mendia. El técnico de la UD Logroñés, todavía con la emoción del ascenso agarrada al cuerpo, ha terminado completamente rociado por sus futbolistas en una escena tan improvisada como inevitable. Porque celebraciones así no entienden de protocolo, ni de salas de prensa, ni de mesas bien colocadas. Todos los jugadores, en fila india y con la euforia desbordada, han irrumpido en la comparecencia como quien entra en casa después de haber cumplido una promesa largamente aplazada. Gritos, risas, botellas al aire y Mendia en el centro de todo, resignado y feliz, recibiendo el baño más dulce de su carrera.

La escena ha tenido incluso su propio momento de caos. Taliby, que no ha podido jugar por lesión pero que ha celebrado como si hubiera disputado los noventa minutos y la prórroga entera, ha entrado con tanto ímpetu que ha acabado derribando la mesa de la sala de prensa. Nada grave, claro. Apenas otro detalle más para el álbum de una tarde inolvidable. El futbolista, que había vivido el partido desde fuera por culpa de la lesión, se ha convertido en uno de los grandes protagonistas de la fiesta posterior. Porque este ascenso también era suyo. Y en ese instante, entre agua, carcajadas y una sala convertida en vestuario, quedó claro que la UD Logroñés llevaba demasiado tiempo esperando como para celebrar con medida.


