La Rioja

«No estoy renunciando a nada»: llegar para quedarse en Gallinero de Cameros

Unai Melero firmó en junio de 2025 la compra de una casa del siglo XVIII para instalarse solo en un pueblo de apenas doce habitantes

FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.

El perro que le acompaña hasta la parte baja del pueblo no es suyo. El chucho es casi comunal. Lo cuidan todos; siempre está por ahí. El perrete vive a su anchas. Va y viene saludando a todos -pocos- los que pasan por allí. Porque a Gallinero no se va de paso. Se va por algo. A un lado de Pradillo, fuera ya del ajetreo de la carretera nacional que conecta la capital con Madrid por Soria, esta localidad del Camero Nuevo es el final del camino, salvo para Unai, que es donde parece haberlo encontrado todo para comenzar algo nuevo.

Acude a la cita con su vara de castaño. Firme, ligera, como su paso. Baja por las empinadas cuestas de Gallinero con zancada larga, confiado, muy seguro de sí mismo. Se observa desde la distancia la llegada de una persona feliz. Joven. Calado con su gorra campera, gafas de pasta negra muy gruesas, vestido con su camisa de rayas verticales, su pantalón marrón de pana gruesa, con el dobladillo recogido hacia afuera que deja ver unos zapatos marrones de empeine ancho y desgastados, pero fuertes, para asegurar su paso por los caminos que recorre a diario. Ofrece la mano, la aprieta con intensidad, y da la buenas tardes en sincera bienvenida. «Luego pasamos a casa y echamos un bocado», invita.

Unai Melero tiene 24 años. Solo 24 años. Es de Ezcaray, trabaja en Santo Domingo -en el Taller Diocesano donde es restaurador-, y la pregunta entonces es qué hace en Gallinero. «La hora casi que tengo todos los días de coche para ir al trabajo compensa cuando por la tarde estoy de nuevo en casa y puedo dar un paseo, subir a la iglesia para seguir indagando en la historia de este pueblo, charlar con los vecinos o tomar una cerveza al calor del fuego en el bar mientras hablamos de nuestras cosas».

Llegó a Gallinero de Cameros sin un plan cerrado, pero con una convicción clara: «Sabía que necesitaba cambiar de aires». Y le daba igual dónde, siempre y cuando que fuera en un pueblo de los Cameros. No hay una explicación racional. «Me vino de dentro. La verdad es que ni lo sé», insiste. Tenía 22 años y una sensación de urgencia poco habitual: «Tenía que hacer algo ya».

Ese «algo» empieza a tomar forma en junio de 2025, cuando firma la compra de una vivienda en este pequeño núcleo camerano. «Primero fue la casa y luego el pueblo», explica. Vio la venta de la casa por internet. «Vine con mi madre a verla y nada más poner un pie en el pueblo me di cuenta de que esto era precisamente lo que estaba buscando».

Culminó así un proceso de búsqueda que le llevó desde Terroba hasta Laguna, pasando por San Román e incluso Muro. «Estuve muy cerca de comprar allí la casa, pero justo la vendieron cuando iba a hacer una oferta», confiesa. La decisión de que un joven de Ezcaray estuviera recorriendo los pueblos del Camero para vivir de forma permanente en uno de ellos sorprendió a todos. «Iba a los bares de los pueblos, y pregunta si había alguna casa en venta»… «¿Qué tienes tú en la cabeza para querer venirte a un sitio de estos?», le preguntaban. Su respuesta sigue quedando en el aire: «Debo tener algo mal, no sé». La edad añadía algo más de incredulidad entre los cameranos: «24. Es que eres muy joven».

Pero su planteamiento no tiene que ver con una huida ni con una renuncia. Más bien lo contrario. «No estoy renunciando a nada; estoy añadiendo muchas cosas a mi vida», sostiene. Y ahí está la clave de su historia. Para Unai, todo parte de una idea sencilla: «Tiene que partir todo de un cambio de mentalidad. Hay más formas de vivir que no sea en la ciudad».

Ese cambio no implica desconexión. Trabaja en Santo Domingo de la Calzada, en el taller diocesano de restauración, y cada día recorre el trayecto desde Gallinero. Su vida cotidiana desmonta muchos de los tópicos asociados al mundo rural. «Yo no veo ningún gran problema para poder vivir aquí». El pan llega al pueblo dos días por semana, hay tienda en Ortigosa a menos de diez minutos, bar abierto los fines de semana y fibra óptica. «No está nada mal montado».

Tampoco ha sentido la soledad que muchos le anticipaban. «Yo aquí lo que buscaba era la tranquilidad. No la soledad». Y lo resume de forma rotunda: «Aquí solo no estoy nunca». Habla de vecinos, de nombres propios, de conversaciones junto al fuego en el bar, de una comunidad pequeña pero presente. «¿Qué tal me han recibido? Bien. Bien. Llevaba una semana y me llamaron para que bajara al salón del Ayuntamiento, que eran fiestas y había una cena popular, todos los vecinos juntos… Eso en la ciudad no pasa».

El invierno, lejos de ser un obstáculo, refuerza su decisión. «Tanto que me decían que lo iba a pasar fatal, yo aquí he estado muy bien». Sin calefacción funcional, con leña y adaptando el uso de la casa, no ha pasado frío. «No he pasado frío en ningún momento».

La vivienda que ha adquirido es, en sí misma, parte esencial del proyecto. Una casa tradicional camerana cuya estructura original se remonta a 1757, fecha que encontró grabada en una ventana. «Toda la estructura es original». La rehabilitación avanza poco a poco, casi de forma orgánica: «Empiezas cambiando una lámpara y acabas tirando una pared». Adobe, madera, piedra… con pajar, las viejas cuadras abajo, altillo para tener las viandas… El pack camerano al completo.

Hay en su relato una mezcla de intuición y arraigo que se construye día a día. Recupera la historia de la casa, habla con vecinos que recuerdan su uso como cuadra o gallinero, y proyecta incluso la posibilidad de criar animales. Mientras tanto, habita el espacio, lo adapta y lo hace suyo. Gallinero de Cameros, con una docena de habitantes en invierno, no responde al estereotipo de pueblo envejecido y vacío. «La media de edad no es superalta», explica. Hay familias, jóvenes que suben los fines de semana, cierta vida que se activa especialmente en verano, «tenemos hasta una pequeña piscina que ahora se está arreglando para cuando llegue el buen tiempo». Hay vida en Gallinero, que no es poco.

Su decisión, sin embargo, sigue siendo poco habitual incluso entre su generación. «Los jóvenes de ahora estamos más por la labor de volver a los pueblos, pero la mayoría estaría dispuesto para hacerlo durante los fines de semana», reconoce. Lo suyo, admite, «ha sido una cosa muy radical». Aun así, percibe cierta «envidia» en quienes le rodean.

Con menos de un año de recorrido, Melero ya proyecta el futuro sin dudas. «Yo hoy digo que me veo aquí siempre». Su horizonte es claro: «Mi idea es crear una familia». Aunque arruga un poco el gesto cuando se le pregunta cómo pretende conocer a alguien dispuesto a compartir un proyecto vital en Gallinero. «Habrá que intentarlo».

Y en ese planteamiento se resume también el sentido más amplio de su historia. No se trata solo de ocupar una casa o de vivir en un pueblo pequeño. Se trata de replantear la forma de habitar el territorio. De demostrar que lo rural puede ser presente, no solo memoria o una escapada de fin de semana.

Él ya ha dado el primer paso, que es siempre el más complicado.

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