Una mara de jóvenes invadió el ruedo de Las Ventas para izar en hombros a Fernando Adrián antes de que Urdiales y Fortes abandonaran por su pie este. Parecía como si los chavales quisieran sacar por la Puerta Grande a Adrián tan a prisa como el triunfador numérico de la tarde había hecho todo poco antes a sus dos buenos oponentes. Pues se encontró Adrián esta tarde en Madrid con dos toros de El Torero de triunfo grande, o, al menos, de otra dimensión muy distinta al cosechado. Últimamente, en esto de los toros viene a suceder muy a menudo que quien ha hecho lo más torero pasa inadvertido y el torero que ha andado apresurado, encimista y/o bullidor parece convertirse el torero del siglo, poco menos.
Si a esto último le añadimos que la corrida de El Torero trajo consigo leña para pasar un invierno entero y echó tres toros buenos, uno sin alma, otro sin fondo y uno más con mucho peligro, el resumen de la tarde está hecho. Pero entremos en detalles.

Hizo tercero un toro que colocaba la cara ya un par de trancos antes del embroque. De salid, se estiró con elasticidad supina en el capote de Adrián, embistiendo humillado y también repitiendo. Quitó a este toro Urdiales por verónicas de sideral suavidad y allá quedó la media de abelmontada expresión.
En esas, Adrián decidió comenzar su trasteo al rebufo de los tendidos de sol. Si erróneo y ventajista fue su planteamiento, no fue mejor su ejecución. Cierto es que hubo cierto desmayo y relajo en su figura, más no toda la rotundidad y profundidad que exigía el buen toro de El Torero.
Rebosante de clase, ritmo, humillación y, por tanto, transmisión. No logró Adrián imprimir toda la suavidad que requería la situación y, cuando torero y torero se fueron a los medios, a la faena ya extensa le faltó calma y serenidad. Fue Encarcelado un toro de mejores inicios que finales, mas no se sabe si por su condición o porque Adrián no terminó nunca de rematar los muletazos por abajo. Luego llegaron los cambiados por la espalda y unas bernadinas al final muy ajustadas, cambiando el viaje y dando sitio. Pese a que la estocada viajó contraria, Adrián paseó la oreja del buen Encarcelado que todo lo peor lo hizo en el caballo.
El trofeo que faltaba para enfilar la calle de Alcalá a hombros llegó en el sexto. Salió feamente prendido Adrián al parar a su enemigo, por suerte sin consecuencias. Peor parado quedó Curro Javier, feamente volteado al dejar el tercer par de banderillas. Antes del dramático trance, Urdiales había dibujado un delantal, dos verónicas y una media, todas ellas de seda.

Volvió Adrián a los terrenos de sol, donde todo resulta más fácil. Fue esta obra más breve, en la que se protestó la colocación del diestro más para evitar la barata salida a hombros que otra cosa, pero la otra media plaza se puso a favor de obra y a Adrián le bastó con aguantar los parones de aquel toro que también viajó largo y humillado. Los fallos del puntillero parecieron salvaguardará categoría del triunfo en Madrid, pero no, la oreja llegó tras aquella estocada trasera y atravesada. Excesivo premio.
Vayamos ahora con lo de Urdiales y su canto a la torería sincera. Llegó este compendio de verdad y pureza en el cuarto. La colocación siempre cabal. El pecho ofrecido, cargada la suerte y siempre cruzado al pitón contrario. Hizo todo Urdiales a favor de su enemigo desde que en aquel quite, al sacarlo del caballo, el riojano supo del poder preciso y el fondo justito del toro de El Torero. Eligió también Urdiales los terrenos de sol, mas no por cicatería y sí por ahorra capotazos inútiles. Prescindió Urdiales de los toques y sus series empezaron cortas y acabaron con muletazos sueltos, pero era así como Batallador planteaba la pelea. Hubo un cambio de mano de una gracia total y cuatro o cinco naturales de cartel, por trazo, cadencia y mando. Batallador se acabó demasiado pronto y lo que duró lo hizo cogido con alfileres. Urdiales lo mató por arriba y con verdad.

Hizo primero otro toro tan armado como falto de alma, carente de celo, distraído, siempre con la cara alta y muy frío. Nunca estuvo este tal Buscón con Urdiales y, para colmo, el viento molestó. Urdiales recetó una estocada de manual a modo de inicio de una tarde de torero en plenitud.
Magullado y desmadejado, despachó Fortes al peligroso segundo. Hasta en tres ocasiones fue volteado el diestro malagueño. Pareció afligirse el animal de aquel inicio mandón de Fortes y la joya de El Torero dijo basta.
Salió Fortes de la enfermería para hacer frente a otro toro frío de salida y como encogido en los primeros tercios. El prólogo del trasteo de Fortes destiló gran torería con aquel primer trincherazo y aquel natural interminable, casi circular.
A menos el toro, Fortes de enfrontiló, citó en ocasiones de frente, asentó las zapatillas y robó naturales de exquisito trazo, mucho temple y total sinceridad. Tan cabal como Urdiales, digamos. La estocada cayó baja, pero su pronto efecto permitió que Fortes paseara un trofeo en reconocimiento a su verdad.
Y así, Urdiales y Fortes abandonaron Madrid entre la juventud alocada paseando la misma calma y parsimonia con la que habían toreado, mientras Adrián era sacado a hombros entre prisas y empujones, como su toreo.
La ficha
Plaza de toros de Las Ventas. 7ª de la Feria de San Isidro. Lleno de ‘no hay billetes’
Toros de El Torero, bien presentados y de juego desigual: buenos, quinto y sexto; sin alma el primero; peligroso el segundo; de escaso fondo el cuarto. El mejor fue el tercero.
Diego Urdiales: silencio y saludos
Fortes: saludos y oreja
Fernando Adrián: oreja tras aviso y oreja tras aviso


