Cultura y Sociedad

Annie, en ‘MasterChef’: «Me enteré por una niña en el cole»

Por fin. Por fin una prueba de exteriores se le da bien a la calagurritana. La aspirante de ‘MasterChef’ firmó su mejor prueba en exteriores en la terraza del Club Financiero de Génova, en Madrid. Esta vez sí. Sólida, segura, con ese punto de soltura que hasta ahora se le había resistido. Piña, pues piña, pero bien redondo le quedó el postre a la riojana.

Venía de una primera prueba algo más irregular. Tenían que replicar un plato del histórico restaurante Zalacaín y Annie tiró de ingenio… y de tierra. Lo bautizó como ‘Zopin’, como un monte de Arnedillo que, según contó, le cuesta subir pero le deja una sensación de logro cada vez que lo consigue. El emplatado le convenció más a ella que a los jueces. «Cachis diez», soltó al saber que tenía exceso de grasa. Aun así, salvó el golpe.

Luego llegó uno de esos momentos que rompen el ritmo del programa. Fue en la prueba de exteriores. Por un instante, aquello pareció más Tu cara me suena que un talent culinario. Annie se lanzó a cantar, sin pensarlo demasiado, una versión muy suya de Héroes del Silencio.»Entre dos piñas estás y no dejas aire que respiraaaarrrr». Un guiño generacional, espontáneo, de esos que conectan.

Pero el momento más importante llegó después. Más tranquilo, más profundo. En una conversación con otra concursante, Annie se abrió y contó su historia de adopción. Sin dramatismo, pero sin esquivar nada. Nació en Madrid, pero su vida está en Calahorra. Allí ha crecido, allí vive (a medias con su casa del Alto Cidacos) y no se plantea marcharse. Ese es su sitio. Aunque su origen, en cambio, sigue siendo una incógnita.

Tenía ocho años cuando lo supo. En el colegio, en la fila para entrar a clase. Una compañera se lo soltó así, sin más. «Eres adoptada». Llegó a casa y preguntó. Y su madre le contó la verdad. A partir de ahí, la historia es conocida… pero no cerrada.

Con los años han ido apareciendo dudas. «Siempre he escuchado a mi madre decir que pagó a una monja por mí», explicó. Y esa frase, que durante mucho tiempo pasó casi desapercibida, un día hizo clic. «Pensé que igual era una niña robada».

No es una afirmación. Es una duda. De las que se quedan. De las que no se van del todo. Intentó buscar respuestas. Viajó a Madrid. Se plantó frente al hospital de La Milagrosa, donde supuestamente nació. Pero no entró. Sintió algo —»una energía especial», dijo— y decidió volver a casa. A Calahorra. «Eso me duró el viaje».

Y ahí está la otra parte de su historia. Porque, pese a todo, Annie habla de su familia con una gratitud desarmante. «He tenido mucha suerte», repite. «Me he sentido querida, arropada, soñada». Y eso, en medio de tantas preguntas, pesa más que cualquier respuesta. Mientras tanto, en el programa, sigue avanzando. Cocinando mejor. Creciendo y dejando ver quién es, más allá de los platos.

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