Hay conversaciones que incomodan. Temas que muchas veces se evitan porque duelen, porque generan miedo o porque, simplemente, no sabemos cómo abordarlos. El suicidio es uno de ellos. Sin embargo, el silencio no lo hace desaparecer, sino que lo vuelve más invisible y más solitario.
Con la intención de romper ese silencio, el podcast Mentes Abiertas ha dedicado su último episodio (disponible en Ivoox, Spotify y Apple Podcast) a abordar la conducta suicida desde la comprensión, alejándose del miedo y del morbo. Lo hacemos junto a la psicóloga e investigadora de la Universidad de La Rioja Adriana Díez, quien insiste en la necesidad de cambiar el enfoque.
«Cuando hablamos de conducta suicida realmente estamos haciendo referencia al fenómeno que estamos abordando. El suicidio es solo una de las partes». Una matización que supone dejar de entender el suicidio como un hecho aislado para reconocerlo como un proceso complejo, largo y muchas veces invisible. Un proceso que empieza mucho antes de que se produzca cualquier acto.
Adriana explica que en este recorrido aparecen pensamientos que en ocasiones pasan desapercibidos. «Para abordar bien la conducta suicida, primero hace falta hacer referencia a las ideas de suicidio, a estas que están en nuestra cabeza, pero todavía no hemos comentado con nadie. Se trata de un sufrimiento muy individual y subjetivo». Desde las ideas sobre la muerte, que pueden ser comunes, hasta el deseo de desaparecer, las ideas de hacerse daño o la planificación concreta, existe toda una escala que es fundamental identificar.
El problema es que, en muchas ocasiones, esa realidad queda oculta bajo el peso de los mitos. Creencias extendidas que dificultan tanto la comprensión como la intervención. Ente ellas, la idea de que quien habla de suicidio no lo hace para llamar la atención. Frente a ello, Adriana destaca que «una persona que necesita expresar que se va a hacer daño para recibir atención, «por supuesto merece nuestra atención».
También persiste el temor a preguntar, a pensar que hablar del tema puede incitar a alguien a hacerlo, pero la evidencia científica lo desmiente. «Hablar sobre el suicidio y preguntar no pone ideas en la cabeza de nadie», señala Adriana mientras desmonta otra creencia habitual: «La conducta suicida no solo afecta a personas con trastornos mentales. Es un sufrimiento vital y humano, y como tal, nos puede afectar a todos».

Detrás de ese sufrimiento no hay una única causa, sino el resultado de múltiples factores que interactúan entre sí. Aún así, hay elementos que se repiten, como la desesperanza o la sensación de no tener salida. Cuando eso ocurre, «la vida deja de ser habitable y la muerte aparece como deseable».
En muchos casos, además, existe una historia previa de búsqueda de ayuda que no ha encontrado respuesta. «A veces, cuando ya has pedido ayuda y no te han ayudado, lo normal es callar». Y ese silencio, lejos de proteger, agrava la situación.
A ello se suma una percepción frecuente, la de sentirse una carga para los demás. «Piensan: mi familia y amigos estarán mejor cuando yo no esté». Sin embargo, la clave está en entender que, en la mayoría de los casos, no se trata de un deseo real de morir, sino de poner fin al dolor. «Las personas no quieren morir, quieren dejar de sufrir».
Ante esta realidad, surge una pregunta inevitable. ¿Cómo detectar que está en riesgo? No hay una respuesta única, pero sí señales que pueden alertar. Más que fijarse en un síntoma concreto, Adriana insiste en observar los cambios en los hábitos, en las relaciones, en la conducta o en funciones básicas como el sueño.

Pero más allá de observar, hay una acción fundamental que sigue generando resistencia: preguntar. Y sin embargo, puede ser determinante. «Muchas veces no lo han hablado con nadie porque no se lo han preguntado». El miedo a la respuesta es real, incluso entre profesionales. “Todavía me tiemblan las manos cuando hago esta pregunta”, reconoce Adriana. Pero ese paso es necesario para poder intervenir y acompañar.
Cuando la respuesta es afirmativa, aparece otra dificultad, el cómo actuar. En este punto, la psicóloga insiste en que no se trata de tener la solución inmediata ni la frase perfecta. A menudo, el error está en intentar aliviar rápidamente el dolor o por lo menos minimizarlo. Frases como «con todo lo bueno que tienes» pueden aumentar la culpa y es aislamiento.
La clave está en validar la emoción sin validar la conducta, en escuchar sin juzgar. En generar un espacio donde la persona pueda expresar lo que siente. «Qué difícil tiene que ser sentirse así. Cuéntame», propone Adriana como ejemplo.
Ese acompañamiento, aunque parezca sencillo, tiene un enorme valor. Porque rompe el aislamiento y devuelve algo esencial: la sensación de no estar solo.
En los casos de mayor riesgo, será necesario acudir a ayuda profesional y evitar que la persona permanezca sola. Pero, en muchos otros, la presencia cercana ya marca una diferencia significativa. «Aunque estemos en silencio, saber que tenemos a alguien al lado ya es mucho».
El abordaje de la conducta suicida no es solo una cuestión clínica. Es también una responsabilidad social. «Es un sufrimiento humano y como tal somos todos corresponsables», concluye. Hablar de suicidio no es fácil. Requiere cuidado, sensibilidad y responsabilidad. Pero también es necesario. Porque el silencio no protege: invisibiliza.


