Hay aprendizajes que no caben en un cuaderno. En Arnedo, todas las semanas, en las aulas de Cruz Roja, el español se enseña así: como una herramienta para ir al médico sin depender de nadie, para entender una carta del colegio, para responder a la tutora, pedir un café, leer una notificación del Ayuntamiento o, sencillamente, empezar a sentirse parte de un lugar. No es solo un curso de idioma. Es un espacio de autonomía, de confianza y de encuentro para mujeres inmigrantes que, durante años, han vivido en la ciudad con una barrera invisible entre ellas y la vida cotidiana: la lengua.
La necesidad del programa nació hace más de una década de ahí, de lo más elemental. Lo explica una de las voluntarias, con una claridad desarmante: muchas de las mujeres que llegan sienten, sobre todo cuando tienen hijos, que no pueden desenvolverse en cuestiones básicas. «Necesitan poder hablar con las tutoras, en el colegio, en el centro de salud. Tienen unas necesidades primarias que cubrir y no saben cómo expresarse, no saben cómo comunicarse», resume. Para las mujeres solteras, añade, la urgencia quizá no es tan evidente, porque se mueven más en sus propios círculos o van aprendiendo a base de intuición y tiempo. Pero para las madres, el idioma deja de ser una asignatura pendiente y se convierte en una necesidad urgente.

En el aula conviven perfiles muy distintos y, por eso, el proyecto se ha ido afinando hasta estructurarse por niveles. No es una clase homogénea, porque la realidad no lo es. Hay un primer escalón de alfabetización, pensado para quienes necesitan aprender a hablar, leer y escribir en castellano. A veces son mujeres que llevan muchos años en España y hablan lo suficiente para defenderse oralmente, pero no saben leer un documento ni escribir una frase. Después llega un nivel intermedio en el que ya se trabaja la comprensión, la escritura funcional y las primeras estructuras. Y más arriba, en otro grupo, están quienes avanzan hacia un nivel más exigente
Mari Carmen, Chus, Yolanda, Jon o el resto de los voluntarios se reparten las tareas con naturalidad. Unas se centran más en la alfabetización; otros, en el siguiente paso. Todas celebran los avances como quien acompaña una mudanza interior. «Cuando pasan a otro nivel sentimos pena y alegría por todo lo conseguido», dicen. Pena, porque se rompe la rutina compartida; alegría, porque eso significa que han aprendido y siguen avanzando. Ahí aparece uno de los nombres propios del aula como el de Siham que llegó de «cero, cero», recuerdan. Hoy ya lee, escribe y se ha incorporado al grupo superior dentro de su nivel. Para las voluntarias, verla crecer así es una de las mayores recompensas.

La historia de Chus explica bien el alma de este proyecto. Se jubiló después de toda una vida en la enseñanza, pero no quiso cerrar del todo la puerta del aula. Había visto durante años la labor de Cruz Roja y sintió la necesidad de seguir vinculada a la docencia. Ella misma lo confiesa con humildad: había un punto de necesidad personal, de seguir siendo maestra, pero también la intuición de que allí había mucho que dar y mucho que recibir. Y lo dice sin rodeos: recibir aquí significa cariño, simpatía, atención, gratitud. No hay disciplina que imponer ni metodología que seguir. Hay ganas de aprender. Hay respeto. Y hay una paciencia extraordinaria entre las propias alumnas: la que sabe más ayuda a la que va más despacio; la más adelantada espera, corrige, acompaña. Porque aprender español no es el único objetivo.
Entre los voluntarios, algunos llegaron por impulso propio, buscando dónde empezar a echar una mano. Otros llevan toda la vida en alguno de los proyectos de Cruz Roja. Una de ellas recuerda que este proyecto le apasionó desde el primer momento. «Mi abuela no sabía leer ni escribir». Ese recuerdo, cuenta, se le quedó clavado desde niña. Por eso siente una satisfacción especial cuando una mujer empieza a comprender el alfabeto o a escribir su nombre en castellano. «Las mujeres teníamos que saber leer y escribir todas, no solo en España, en todo el mundo», afirma. En esa frase cabe media filosofía del programa. Otra se siente realmente reflejada en estas mujeres. «Mis padres también fueron migrantes y se encontró con las mismas dificultades con las que se encuentran ellas.

La vida del aula también la sostiene Patricia, la secretaria, a la que sus compañeras describen con afecto como alguien imprescindible. Y, en los niveles más altos, aparecen otros nombres como el de Jon que trabaja con alumnas que ya estudian gramática con más profundidad y se preparan para superar una prueba oficial. Miriam y Eva, las técnicos de una asamblea en la que Vicenta del Pozo es la cabeza visible, ayudan en otras gestiones, forman parte de esa red que hace del proyecto algo más amplio que unas clases de idioma.
Porque aquí no todo son verbos y cuadernos. El programa funciona también como una pequeña comunidad. Se comparten tés, pastas y dulces; alguna alumna trae una tetera; otra aparece con un postre hecho en casa. A veces salen al campo a hacer una pequeña merienda. Porque aquí también se aprende cultura. Algunas incluso se han hecho socias de la biblioteca después de una de las visitas que han hecho. Lo que se aprende en el aula se prueba luego en la calle. Y eso importa tanto o más que la gramática.

Entre las usuarias, los testimonios apuntan siempre a lo mismo: la autonomía. Vienen a clase «con mucha alegría» porque saben que esos días son suyos, que allí conocen gente y se sienten acompañadas. Una de ellas explica que ha vuelto después de dejarlo un tiempo por los niños. Otra, con estudios en su país, había llegado al punto de hablar español pero no podía leerlo ni escribirlo. Por allí pasan miles de perfiles distintos: mujeres que buscan trabajo y saben que el idioma puede abrirles nuevas oportunidades, ya sea en limpieza, en el cuidado de mayores o en otros sectores; otras que ya tienen su empleo cosiendo zapatos y otras que esperan homologar la formación que traen de su país como Hasna, que era enfermera en su país y que llegó con el sueño de convalidar su título. «Tenía dos idiomas y al principio cuando había dudas nos relacionábamos con ella en francés».
Las alumnas marroquíes y pakistaníes son mayoría en este momento, aunque el programa ha ido cambiando con las olas migratorias. Antes había más mujeres del este, cuentan las voluntarias. Ahora predominan otros perfiles, otras urgencias, otras biografías. Pero la lógica sigue siendo la misma: los hombres aprenden antes porque trabajan fuera; ellas, más ligadas al cuidado de los hijos y a la casa, tienen menos contacto con el idioma y más obstáculos para aprenderlo.

Ahí aparece otra verdad incómoda: durante demasiado tiempo han sido los hijos quienes han hecho de traductores en consultas médicas o tutorías escolares. Y eso, más allá de la incomodidad, introduce un problema de intimidad, de dependencia y hasta de presión emocional sobre los niños. En Arnedo entendieron pronto que no era ni viable ni saludable. Y decidieron responder.
La respuesta está en estas clases. En una pizarra con conjugaciones. Unos voluntarios que no quieren dejar de enseñar. «Me dan la vida», cuenta Jon. En su clase, destinada a alumnas con un nivel más avanzado, el ambiente es el de un grupo que ya ha superado el primer gran muro del idioma y empieza a pulir matices. Allí ya no se trata solo de entender o hacerse entender en situaciones básicas, sino de ganar soltura, corregir errores y afianzar cuestiones como la gramática, la conjugación verbal o la expresión oral.

Las propias usuarias explican que muchas veces el problema ya no está en leer o comprender, sino en responder, en encontrar la forma correcta, en no quedarse bloqueadas al hablar. Por eso trabajan con más intensidad los verbos, los dictados, los audios y los ejercicios prácticos, siempre desde una dinámica muy participativa en la que el profesor conduce, pero son ellas las que marcan el ritmo y sostienen el grupo con su interés y constancia.
Tanto Jon como las alumnas coinciden en que ese aprendizaje va mucho más allá del aula. También subrayan el valor social de estas clases, que funcionan como punto de encuentro, red de apoyo y espacio para la integración. Buena parte del éxito de la clase está en la voluntad con la que acuden, en el esfuerzo que hacen en casa con los deberes y en la alegría con la que avanzan. Ellas, por su parte, destacan la ayuda constante de Cruz Roja y la cercanía del profesorado, en un grupo donde aprender español se ha convertido también en una forma de sentirse más seguras, más acompañadas y más libres en su día a día.


