El Viernes Santo en Logroño no es un día más dentro de la Semana Santa. Es el día. El momento en que todo converge. La ciudad entera se prepara para narrarse a sí misma a través de la procesión de las procesiones. Este año sin necesidad de mirar al cielo, llegaba la Magna Procesión del Santo Entierro.
A las siete y media, la Plaza del Mercado se ha convertido en el corazón de Logroño. Desde allí ha arrancado la gran procesión de procesiones. Un momento que no sólo es una suma de pasos. Es una historia que se cuenta caminando, compartida y ‘cosida’ entre cofradías, generaciones y emociones que se reconocen unas a otras sin necesidad de palabras.

EFE/ Raquel Manzanares
El cortejo ha avanzado y, con él, las escenas de la Pasión se han ido sucediendo como obras de arte en movimiento. La Oración en el Huerto ha abierto el relato, con ese ángel que ofrece el cáliz a un Jesús ya consciente de lo que viene. Después, la Flagelación: el dramatismo de la escena, el detalle casi humano de los sayones -uno de ellos con el rostro del propio escultor Vicente Ochoa-, incluso esa pequeña historia escondida en la palma de una mano, donde se guarda la primera peseta donada para el paso. Detalles que no se ven a simple vista pero que se conocen y que pasan en este día de padres a hijos mientras procesiona el cortejo.

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El Encuentro introduce una pausa emocional. Jesús y la Virgen se miran en mitad del camino al Calvario, y durante unos segundos parece que todo se detiene. Luego aparece María Magdalena, con ese gesto contenido, casi quebrado, que habla más de arrepentimiento que de dolor explícito. Y detrás, Jesús Nazareno, con su estética modernista, diferente, casi rompedora dentro del conjunto. Cada paso tiene su lenguaje. Y todos se entienden.
El Cristo de las Siete Palabras eleva la mirada hacia lo alto, con esa representación fiel de la crucifixión romana, donde hasta los claveles del exorno floral parecen latir como gotas de sangre. Y poco después, el Cristo de las Ánimas vuelve a aparecer, ya integrado en la Magna, cerrando el círculo que había comenzado al mediodía. Es entonces cuando la procesión alcanza su parte más sobrecogedora.

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El Descendimiento y La Piedad introducen el silencio más profundo. No el silencio exterior, sino ese que se instala por dentro, cuando la escena ya no necesita explicación. La imagen de la Virgen sosteniendo el cuerpo de su hijo —esa obra de Miguel Blay conocida como “la de la sorda”, por la mujer que la donó— tiene algo universal. Algo que cualquiera, creyente o no, puede entender sin esfuerzo.
Y al final, llegan los dos momentos más esperados. El Santo Sepulcro avanza con solemnidad, casi como una reliquia que respira. Preparado apenas unos días antes en La Redonda, su presencia es única, irrepetible. Solo se deja ver en esta jornada, como si el calendario lo protegiera. Y tras él, la Virgen de la Soledad.

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Bajo palio. Elegante. La Dolorosa. Algo especialmente emotivo se ha vivido en su paso este año. Quizá porque su manto bordado en oro, restaurado hace dos años, aún no había podido lucir en la calle por culpa de la lluvia. Quizá porque su salida sigue siendo un desafío técnico que obliga a desmontar parte del paso para cruzar el umbral de la Concatedral. O quizá porque representa para todos, de alguna forma, esa espera que por fin termina.


