Semana Santa

Lunes Santo en Logroño: el Cautivo y su latido flamenco ponen rumbo al cementerio

FOTO: EFE/ Raquel Manzanares.

Hay procesiones que avanzan. Y hay otras, como la del Cautivo en la noche del Lunes Santo logroñés, que parecen respirar. Que laten. Que se mueven con una cadencia que no se mide en metros, sino en emoción contenida. Cuando el reloj marque las ocho de la tarde, la ciudad cambiará de pulso para entregarse a una de las estampas más singulares de su Semana Santa: la del Cristo que no camina, sino que parece bailar al compás de la guitarra flamenca.

Es la única procesión de la jornada, y le basta. No necesita compartir protagonismo porque su personalidad lo llena todo. La cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén vuelve a poner en la calle al Cautivo, prolongando esa trilogía que abrió en la víspera la Borriquita y que culminará el Domingo de Resurrección. Pero si el Domingo de Ramos era infancia y estreno, el Lunes Santo se adentra en otra textura: más honda, más íntima, más nocturna.

El secreto comienza bajo el paso. Allí donde no alcanza la mirada del público, cuarenta costaleros sostienen sobre sus cervicales los cerca de 1.600 kilos de la estructura. Es el único paso de la Semana Santa de Logroño que se porta a costal y esa singularidad se traduce en una estética propia, de clara raíz hispalense. No hay varales a la vista ni hombros descubiertos: hay trabajo oculto, esfuerzo acompasado, un diálogo silencioso entre el capataz y su cuadrilla que se verbaliza en cada ‘levantá’.

Y luego está el modo de andar. O, mejor dicho, de sentir el movimiento. Porque el Cautivo no avanza como los demás. Se abre camino entre ‘chicotás’ y ‘revirás’, dibujando giros coreografiados en cada esquina, como si el paso obedeciera a una música que no siempre suena pero que todos intuyen. Hay algo profundamente flamenco en su discurrir por las calles: en ese vaivén que recuerda a las bulerías, en esa pausa que sabe a seguiriya, en ese arranque que se desata al compás de una alegría. Más que procesionar, el Cristo parece bailar con la noche logroñesa.

Ese diálogo entre lo andaluz y lo riojano encuentra su escenario ideal en las callejuelas del Casco Antiguo. Allí, donde la piedra estrecha el espacio y el público se acerca hasta casi rozar el misterio, el paso gana una intensidad distinta. Cada giro se vuelve más íntimo, cada orden del capataz resuena con mayor fuerza, cada silencio pesa un poco más. Es una procesión que se mira de cerca, casi en susurro.

Sin embargo, antes de ese recogimiento llegará una de las grandes imágenes que ya forman parte del imaginario reciente de la ciudad. Aunque la imagen del Cautivo ha establecido su sede canónica en la parroquia de Santa Teresita, la salida volverá a producirse desde el interior de la Concatedral de Santa María de la Redonda. Y desde allí, el cortejo emprenderá el camino hacia el Puente de Piedra, repitiendo una estampa que el año pasado sorprendió por primera vez y que ya se ha convertido en icono: el paso recortado sobre el perfil del Ebro, avanzando entre luces y sombras, como suspendido en el tiempo.

FOTO: EFE/ Raquel Manzanares.

Pero si la salida emociona, el final promete marcar un antes y un después. La gran novedad de este Lunes Santo está en el encierro: por primera vez, el Cautivo pondrá fin a su recorrido en el cementerio. No es un cambio menor. Hay en ese destino una carga simbólica evidente, un encuentro entre la fe y la memoria, entre la vida que camina y el silencio que permanece. El paso, que durante horas habrá respirado al ritmo de la ciudad, se adentrará en un espacio donde todo invita al recogimiento. Y allí, en esa frontera entre lo visible y lo eterno, la emoción encontrará otro lenguaje.

Quizá por eso la procesión del Cautivo no se explica del todo: se siente. En cada ‘levantá’, en cada giro imposible, en cada paso medido al compás de un latido colectivo. Es la noche en la que Logroño se deja llevar por un aire distinto, más hondo, más antiguo y en el que parece hasta oler a azahar. La noche en la que un Cristo maniatado enseña, paradójicamente, la forma más libre de avanzar.

El recorrido

El paso

FOTO: EFE/Raquel Manzanares.

  • Características: andas de caoba con cartelas doradas y arbotantes de caoba que se elevan sobre sus esquinas para iluminar el grupo escultórico con cera.
  • Talla y autor: realizada en madera de cedro policromada por José Antonio Navarro Arteaga (2007). La imagen viste una túnica morada, con camisa blanca y cíngulo dorado.
  • Iconografía: representa la sentencia de Cristo, apresado y maniatado, camino de la presentación al pueblo en el balcón de Pilatos.

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