La mañana del Domingo de Ramos tiene algo de umbral. Es una frontera invisible entre la espera y el latido, entre el silencio contenido de todo un año y el primer golpe de tambor que lo desata. La procesión de la Entrada de Jesús en Jerusalén -la querida y popular Borriquita- no es solo la primera cita de la Semana Santa logroñesa: es, para muchos, el instante en que la ciudad vuelve a reconocerse cofrade a lomos de la brisa de la primavera.
A las once y media de la mañana, cuando el cortejo eche a andar desde la Plaza del Mercado, habrá terminado por fin esa eterna cuenta atrás que comienza cada Domingo de Resurrección. Antes, la jornada habrá ido tomando cuerpo en la Concatedral de Santa María de la Redonda, donde el obispo Santos Montoya presidirá a las diez la misa de cofrades. Luego, a las once y cuarto, llegará la bendición de los ramos, ese gesto sencillo que transforma palmas y olivos en símbolos compartidos de fe y tradición. Y entonces sí, con la mañana ya abierta, la ciudad acompañará a su Borriquita a través de un itinerario nunca antes escrito.

Procesión de la Borriquita en Logroño. | FOTO: EFE/Raquel Manzanares
La cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén inaugura así su particular trilogía pasional, que tendrá continuidad el Lunes Santo con la procesión del Cautivo y se cerrará, luminosa, el Domingo de Resurrección con la del Resucitado. Pero hay algo en este primer desfile que lo hace distinto, casi fundacional. Tal vez sea su capacidad de convocar a todas las generaciones, de reunir en torno al paso a quienes se inician en materias cofrades y a quienes nunca se han ido del todo.
Porque la Borriquita es, ante todo, memoria viva. En sus filas late la cantera cofrade de Logroño, los niños que estrenan túnica y emociones, mientras los mayores se reconocen en sus miradas brillantes. Pocos desfiles evocan con tanta claridad aquella primera vez: el asombro ante el paso, el sonido aún desconocido de las marchas, la mano que aprieta la de un padre o una madre en mitad de la multitud. El refrán lo resume con ironía castiza -«Domingo de Ramos, quien no estrena no tiene manos»-, pero bajo su apariencia ligera se esconde una verdad profunda: la necesidad de renovar, de comenzar y entregarse con pasión a lo que está por venir.

Foto: EFE/ Raquel Manzanares
Esa historia compartida tiene también una raíz concreta. Fue en 1947 cuando la Hermandad de la Pasión y el Santo Entierro adquirió el grupo escultórico que hoy recorre las calles logroñesas, con el Cristo y la borriquilla tallados por Jaime Martrus y el resto de figuras obra de Joaquín Clarés. De aquella semilla, nacida en el seno de su rama infantil, brotaría con el tiempo la actual cofradía. Desde entonces, hace ya más de medio siglo, la Borriquita sigue tejiendo una de las estampas más reconocibles de la ciudad cuando la primavera se abre paso.
Nuevos rincones por explorar
Si la emoción reside en la memoria, la novedad se abre paso en el recorrido. La Borriquita dejará atrás este año su habitual tránsito hacia el Paseo del Espolón para adentrarse por primera vez en el corazón más íntimo del Casco Antiguo. Tras recorrer la calle Portales, el paso girará hacia la Plaza de Amós Salvador y se perderá por calles como Herrerías o Travesía de Palacio, buscando un recogimiento distinto, una cercanía inédita en una de las procesiones con mayor seguimiento en la capital. Será otra forma de mirar -y de mirarse-, con estampas nunca antes contempladas que prometen quedarse en la retina de los cofrades.

Foto: EFE/ Raquel Manzanares
En ese cambio de itinerario hay también una declaración de intenciones: la de una Semana Santa que, sin renunciar a su esencia, se permite explorar nuevos matices. No en vano, todo apunta a que este podría ser el último Domingo de Ramos con una única procesión en la ciudad. Si los plazos se cumplen, el próximo año podría ver la luz -en horario de tarde- la nueva cofradía del Prendimiento, llamada a representar el pasaje de la traición de Judas. Pero eso, de momento, pertenece al territorio de la espera.
Mientras tanto, Logroño vuelve a empezar por donde siempre: por la Borriquita. Por ese paso que avanza entre palmas y sonrisas, entre recuerdos y promesas, marcando el compás de una ciudad que, al fin, vuelve a latir al ritmo de su Semana Santa.
El recorrido
El paso

FOTO: EFE/Raquel Manzanares.
- Autor de las tallas: Jaime Martrus y Rieira (Cristo y borriquilla) y Joaquín Clarés (resto de figuras).
- Iconografía: representa el momento en que Jesús entra triunfante en Jerusalén a lomos de una borriquilla, entre las aclamaciones del pueblo que lo recibe con palmas. El conjunto se compone de cuatro figuras: la principal de Jesús a lomos de la borriquilla, un niño que observa el paso del Señor, una joven extiende un manto a los pies de la borriquilla y una mujer con un niño en brazos aclama a Jesús con una palma en la mano.


