Toros

El magisterio de Urdiales triunfa junto al bullicio de Manzanares y Roca Rey

Publicó ayer Urdiales en sus redes sociales el cartel del festejo de esta tarde acompañado de un “la primera corrida de toros de 2026 no podría ser en otra plaza”. Hubo quien, con toda la razón, le contestó: ‘así está esto’, en clara alusión a su ausencia en las primeras ferias del calendario ya celebradas: Olivenza, Castellón y/o, sobre todo, Valencia. Más hiriente aún resulta advertir que el de hoy era el segundo paseíllo del torero de Arnedo tras su apoteósico triunfo en Bilbao el agosto pasado, cuando sacudió los pilares del entramado taurino actual. Aquel otro compromiso que digo fue en Logroño. El de hoy, en Arnedo. Sólo La Rioja por lo tanto. Así está esto: del revés, entiéndase.

El caso es que Diego Urdiales firmó una clase magistral de toreo hoy en Arnedo. Sus dos faenas llegaron jalonadas de empaque, cadencia, sutileza, gusto, verdad, poso y reposo. Fueron dos obras de diferente registro, mas las dos precisas y acordes a la condición de sus enemigos. Más liviana la primera, frente aquel toro que casi siempre que se sintió podido amagó con largarse. De total hondura y profundidad la segunda, ante aquel toro de exiguo poder, cierta clase y entrega.

EFE/Fernando Díaz

Bello e inteligente fue el inicio a dos manos de Urdiales a su primero para limar asperezas y marcar autoridad. Buscó Urdiales la colocación, el pecho ofrecido en todo momento y enfrontilado casi siempre. La figura erguida y la naturalidad intacta. Total fue el relajo del riojano al natural, igual que aquella libertad que Urdiales ofrecía a su enemigo, siempre cosido a los vuelos de una muleta que dibujaba naturales de tan caro trazo. Salpicó Urdiales aquella faena de trincherazos, molinetes y trincherillas de enorme torería. Acusó aquel torrente de buen toreo el de Cuvillo, amagando en no pocas ocasiones la huida hacia las tablas. Paseó Urdiales el doble trofeo tras la certera estocada.

Sin premio se quedó la obra de mayor poso, hondura, profundidad y torería. Las sensibilidades de los palcos también están como están. Volvió a hacer Urdiales todo a favor de su enemigo, algo mermado por aquel puyazo trasero y sendos volatines durante la lidia. Ofreció Urdiales los vuelos de su muleta con total delicadeza y suavidad. Y comenzó a brotar aquel toreo rebosante de magisterio, pureza y verdad. Un tratado de tiempos, distancias, alturas y colocación. Aquella forma de ofrecer los vuelos, de embeber las embestidas, de pulsearlas, de traerlas, de llevarlas, de soltarlas y de volverlas a recoger. Todo tan torero. Tan sencillo y complejo al mismo tiempo. Le tocaron un aviso a Urdiales sin haber montado todavía la espada y aquel pinchazo hondo echó por tierra el triunfo, pero no el recuerdo de aquella eclosión de torería.

EFE/Fernando Díaz

Lo de Manzanares y Roca Rey, curiosamente presente en las primeras (y en todas) las ferias de la temporada, fue otra historia: el efectismo por único fin, con la bulla y el alboroto por toda arma. Alicantino y peruano cimentaron su tarde en el movimiento, en aprovechar las inercias, en no dar a sus enemigos el más mínimo resquicio de oxígeno ni en enseñar la más insignificante rendija a la salida.

En aquel ir y venir de los ‘cuvillos’’, José Mari y Andrés disimularon defectos y camuflaron defectuosas colocaciones. Tan diferentes llegaban aquellos muletazos sin principio ni fin a lo que acababa de esculpir Urdiales. Roca Rey paseó tres trofeos por todo ello y también por tirar de rodillazos, cambiados por la espalda y alardes encimistas frente a dos toretes que imponían de todo menos miedo. Así está esto.

EFE/Fernando Díaz

Manzanares desorejó de ese modo al que hizo quinto, premiado con un vuelta al ruedo en el arrastre, más por cómo se tragaba la muerte de aquella estocada que llegó caída en la suerte de recibir que por su bravura y entrega. Cierto es que fue el astado de mayor ritmo, entrega y transmisión. Frente a su segundo, Manzanares echó mano de aquellos carruseles de muletazos en redondo y falló a espadas a intentar matar a su enemigo casi en los medios.

También estuvo la cosa tal y como está en el apartado ganadero: tan terciada la corrida, tan falta de poder, sin apenas fondo y menor pujanza. No hubo pelea alguna en el caballo y las caritas no pasaron de caritas.

En resumen, el magisterio de Urdiales se igualó en la foto triunfal a la vulgaridad y superficialidad de Manzanares y Roca Rey. Lo dicho: así está esto.

La ficha:
Arnedo Arena. Lleno. Toros de Núñez del Cuvillo, muy justos de presencia, y de buen juego en líneas generales. El mejor fue el quinto, de nombre Ventoso, capa jabonera y herrado con el número 67, premiado con la vuelta al ruedo.

Diego Urdiales: dos orejas y vuelta tras aviso
José María Manzanares: oreja y dos orejas
Roca Rey: dos orejas y oreja.
La terna se vio obligada a saludar una ovación al romperse el paseíllo.

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