«Durante años permanecí encerrado en esta lámpara esperando a que alguien me liberara». Así se presenta el genio cuando Aladino frota la lámpara en’ Las mil y una noches’. Nadie sabía que estaba allí hasta que, de pronto, apareció.
En el colegio de Pradejón no hubo lámpara antigua ni arena del desierto, pero sí algo muy parecido a ese instante mágico en el que algo extraordinario se revela. Durante años, Mario estuvo sentado en clase como un niño silencioso al que parecía que el mundo le pasaba por delante sin tocarle demasiado. Y, sin embargo, bastó con darle una oportunidad, con dejar que sus dedos rozaran la pantalla de una tablet, para que empezara a salir algo que nadie había imaginado. Como si alguien hubiera frotado, sin saberlo, una lámpara invisible.
Mario va a cumplir doce años en mayo. Nació con autismo y no habla. Durante mucho tiempo fue uno de esos alumnos que están presentes en el aula pero viven en un margen discreto del grupo. Iba a clase cada día, sí, pero fuera de muchas dinámicas. Mientras sus compañeros participaban en actividades colectivas, él trabajaba con pictogramas, señales visuales y tareas muy sencillas. Sus profesoras recuerdan bien aquella etapa: intentaban que siguiera el ritmo de alguna forma, enseñándole letras, números o pequeñas rutinas, aunque en realidad no sabían cuánto estaba comprendiendo.

En infantil y en los primeros cursos de primaria era un niño tranquilo, incluso dócil. Si la clase estaba reunida en la asamblea, alguien lo sentaba cerca. Si necesitaba moverse, le daban una cuerda o unas anillas para que las manipulara con las manos mientras los demás seguían la actividad. A veces permanecía sentado en una alfombra durante un rato, observando. O al menos eso parecía. Ahora, cuando lo recuerdan, sus profesoras llegan a la misma conclusión: lo estaba absorbiendo todo.
Algo empezó a cambiar hace aproximadamente un año. Mario comenzó a escribir. No habla, pero desde entonces se comunica a través de una tablet, y lo hace con una claridad que asombra. Sobre todo en el colegio, con sus profesoras – Rosa, Raquel, Ana Rita y Lorena, entre otros- , que siguen reconociendo que aún se sorprenden cada día. Fuera del aula es más difícil; incluso con sus padres rara vez utiliza la tablet para conversar. Pero en clase, cuando decide hacerlo, las palabras aparecen y revelan un mundo interior que nadie había visto.
La primera señal fue casi casual. Un día tocaron el radiador del aula y alguien comentó el calor que desprendía. Mario escribió una palabra: «Hierve». No solo era una respuesta inesperada; estaba perfectamente escrita, sin faltas, con hache y con uve. Aquella palabra, tan simple y a la vez tan precisa, fue la primera grieta en una idea que llevaba años instalada en el aula: la de que Mario apenas comprendía lo que ocurría a su alrededor.

A partir de ese momento comenzaron a descubrir algo que todavía hoy les cuesta explicar. Su vocabulario es sorprendente para un niño de su edad. En conversaciones de clase utiliza términos que obligan a los adultos a detenerse y buscar su significado. En una ocasión, utilizó una palabra tan poco habitual que las profesoras tuvieron que consultar el móvil para entenderla. Cuando una de ellas admitió que no la conocía, Mario respondió con una frase que todavía recuerdan con una mezcla de asombro y risa: «Hay muchas palabras que no te sabes. Deberías estudiar».
Ese tipo de comentarios muestran además algo inesperado: Mario tiene sentido del humor. Y bastante fino. Un día, en medio de una conversación sobre política, escribió en la pantalla una frase que dejó a las profesoras mirándose entre ellas: «Estos no lo saben, pero Pedro Sánchez nos ha dado fiesta». Había interpretado perfectamente una situación que ni siquiera todos los adultos tenían clara.
Tampoco se le dan nada mal las matemáticas. «Nos dimos cuenta de que tiene una capacidad impresionante para las operaciones mentales, pero va más allá: en clase aún no hemos las ecuaciones y el otro día ya me explicó que sabía hacerlas».

También parece estar atento a la actualidad. Cuando el año pasado se produjo el gran apagón eléctrico en España, al día siguiente Mario analizaba lo ocurrido en clase con una naturalidad sorprendente. «Me gusta estar informado», escribe. Y lo cierto es que muchas veces parece que lo está. A veces lanza datos científicos con la seguridad de quien los ha estudiado durante años. «Pregunté medio en broma si sabían cuánto medían los vasos sanguíneos del cuerpo humano si se colocaran uno detrás de otro y me dio la cifra correcta sin dudar».
Nadie sabe exactamente de dónde sale todo ese conocimiento. Mario no busca información en internet ni investiga por su cuenta. Simplemente escucha, observa y recuerda. Sus profesoras tienen la sensación de que su cerebro ha estado almacenando durante años todo lo que ocurría a su alrededor -explicaciones, conversaciones, fragmentos de información- como si fuera una enorme biblioteca silenciosa. Y que ahora, poco a poco, esas puertas empiezan a abrirse.
También escribe textos que sorprenden por su manera de pensar. En uno de los ejercicios más llamativos del curso, la clase tenía que redactar una receta. Mario decidió escribir algo completamente distinto: una especie de guía titulada ‘La receta para tratar a una persona autista’. En lugar de ingredientes culinarios, incluyó cosas como «una pizca de paciencia, comprensión y respeto», y después explicó paso a paso cómo deberían actuar los demás. Cuando terminaron de leerlo en el aula, durante unos segundos nadie dijo nada.
«Un día hablábamos de ajedrez, le pregunté si sabía mover las piezas, me dijo cada uno de los movimientos y al preguntarle cómo había aprendido solo dijo: Gambito de Dama». Estos días está muy interesado por lo que pasa en Oriente Medio. «Me da miedo pero me gusta como lo está haciendo nuestro presidente».

Sus profesoras cuentan que también tiene una intuición especial para entender a las personas. Capta con rapidez quién se acerca con cariño y quién lo hace por simple curiosidad. Cuando escribe dedicatorias a sus compañeros, describe rasgos de cada uno con una precisión que a veces sorprende incluso a los adultos. «Se da cuenta de todo», dicen. Ana Rita, una de sus profes, a veces, se siente mal. «La he pedido perdón por no haberle entendido durante años».
Sin embargo, hay algo que Mario desea por encima de cualquier otra cosa. Quiere ser biólogo marino pero cuando le preguntan qué le gustaría aprender, no menciona ciencias, ni ajedrez, ni ninguna de las muchas cosas que parece dominar. Escribe algo mucho más sencillo y a la vez más profundo: «Hablar con mi voz». No quiere saber más ni ser más listo. Solo poder expresarse como los demás.
Mientras tanto, sigue haciéndolo a su manera. Con un dedo sobre una pantalla, tocando siempre a una de sus profesoras, letra a letra, palabra a palabra. A veces ni siquiera mira el teclado porque ya tiene memorizado dónde está cada tecla. Y cada vez que escribe, en el colegio de Pradejón vuelve a repetirse la misma sensación: la de estar descubriendo, poco a poco, todo lo que llevaba años escondido en la cabeza de un niño que parecía ausente.
Como si alguien hubiera frotado una lámpara y el genio, por fin, hubiera decidido salir.


