En algunos pueblos de La Rioja, cuando llega el coche de Cruz Roja, algo cambia durante unas horas. Se abre la puerta del salón municipal, alguien enciende la calefacción antes de tiempo, el alcalde se acerca a saludar y poco a poco van llegando vecinos de pueblos cercanos.
En esos pequeños municipios donde cada invierno pesa más que el anterior y donde a veces viven apenas unas decenas de personas, el voluntariado de Cruz Roja se ha convertido en una presencia esperada. Un gesto de acompañamiento que rompe por unas horas la sensación de aislamiento que define a buena parte de la llamada España despoblada.
Desde 2021, Cruz Roja desarrolla una estrategia específica para estos territorios con un objetivo claro: mejorar las condiciones de vida de las personas que viven en zonas con muy baja densidad de población y garantizar su acceso a derechos en igualdad de oportunidades.

FOTO: Fernando Díaz /Riojapress
Porque, analizando la realidad de estos pueblos, Cruz Roja descubrió que la pérdida de población en muchos municipios está estrechamente ligada a la desaparición progresiva de servicios básicos, generando un círculo difícil de romper: menos habitantes significa menos servicios, y menos servicios empujan a que todavía más personas se marchen.
La estrategia de Cruz Roja busca precisamente revertir esa lógica, reforzando la intervención social, promoviendo el empoderamiento de las personas que viven en estos municipios y trabajando desde un enfoque comunitario para mejorar su acceso a recursos sociales. En La Rioja, solo en 2025 se realizaron 2.762 atenciones dirigidas a 220 personas que residen en 69 municipios considerados despoblados. Y todo, gracias a la implicación de 48 personas voluntarias.
Entre ellas se encuentran María Jesús Carazo y Diego Lorente, dos perfiles distintos que comparten una misma motivación: seguir aportando a la sociedad después de toda una vida profesional. María Jesús dedicó su carrera a la gestión de recursos humanos en una empresa privada. Cuando se jubiló, tenía claro que no quería dejar atrás aquello que más le gustaba de su trabajo: el contacto con las personas.

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«Me planteé seguir haciendo alguna actividad relacionada con la gestión de las personas, porque es algo que siempre me ha apasionado», explica. Su acercamiento a Cruz Roja comenzó en el área de empleo, donde podía aplicar su experiencia profesional. Sin embargo, poco después encontró una motivación especial en el proyecto de España despoblada.
«Tengo una segunda residencia en el Valle del Jubera, una de las zonas riojanas donde el fenómeno de la despoblación se hace más visible. Paso mucho tiempo allí y conozco a muchas personas del valle. Sabía que había necesidades y me interesaba poder aportar algo».
Desde entonces participa activamente en la organización de actividades en la zona, facilitando talleres, encuentros y charlas que buscan mejorar la calidad de vida de los vecinos y fomentar espacios de convivencia.
El caso de Diego Lorente es diferente, aunque el impulso es parecido. Cardiólogo durante toda su carrera profesional, siempre había tenido relación con Cruz Roja, pero fue tras su jubilación cuando pudo implicarse plenamente en el voluntariado.

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Ahora participa en distintas iniciativas, desde talleres de reanimación cardiopulmonar hasta charlas de salud dirigidas a personas mayores en pequeños municipios. Allí ha visto de cerca el cambio que han vivido estos territorios. «Hace poco estuve en un pueblo que hace cincuenta años tenía tres mil habitantes, y ahora quedan cincuenta».
Una transformación que no solo se refleja en las cifras, también se percibe en la vida cotidiana. En estos municipios donde viven veinte, treinta o cincuenta personas, todos se conocen y se cuidan. «He visto a vecinos ayudando a otros mayores que apenas podían moverse. Entre ellos hay una unión que en las ciudades muchas veces no existe».
La mayoría de los habitantes son personas mayores, muchas veces con dificultades de movilidad y con acceso limitado a servicios. En algunos municipios el médico pasa solo uno o dos días a la semana, no hay tiendas y el abastecimiento depende del panadero o de los camiones que acercan alimentos.
«Hay servicios básicos que tenemos que cuidar mucho», insiste María Jesús. «El autobús que pasa tres veces al día, el médico que va al consultorio, el panadero que sube al pueblo… Todo eso es fundamental». Cuando esos servicios desaparecen, el círculo de la despoblación se acelera.

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Diego lo resume con claridad: «Si no hay trabajo es muy difícil que llegue gente joven. Y cuando llegan y tienen hijos, llega un momento en que tienen que irse porque no hay instituto o recursos». Aun así, quienes permanecen en estos pueblos lo hacen con una convicción profunda. «Muchos han vivido toda su vida allí y no quieren marcharse. Es su casa».
En este contexto, la labor de Cruz Roja busca acompañar, detectar necesidades y reforzar los vínculos comunitarios. Las actividades que se organizan son muy diversas: talleres de prevención cardiovascular, formación en primeros auxilios, charlas sobre gestión de medicamentos, huertos ecológicos…
Pero muchas veces lo más importante ocurre después. María Jesús recuerda que en algunas sesiones coinciden vecinos de distintos pueblos cercanos que llevaban años sin verse. «De repente se reconocen, empiezan a hablar, recuerdan historias y luego dicen: ‘Pues nos vamos a tomar un café'». En lugares donde cada vez hay menos espacios de encuentro, esos momentos ayudan a recuperar algo esencial: la vida comunitaria.

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También influye el peso simbólico de la propia organización. La presencia de Cruz Roja genera confianza inmediata. Cuando los vecinos ven llegar el coche y los chalecos, sienten que alguien se acuerda de ellos. Al final del día, cuando regresan a casa después de una jornada en alguno de estos pueblos, ambos voluntarios coinciden en la sensación que se llevan.
«Lo más gratificante es ver que lo que les cuentas les sirve», dice Diego. «Que preguntan, que participan, que sienten que es útil». Para María Jesús hay otra imagen que resume bien el sentido de todo: «La sonrisa con la que te reciben. Al final creas una cercanía con ellos».
Cuando se les pregunta qué creen que aportan personalmente a este voluntariado, ninguno habla de grandes acciones. María Jesús lo resume de forma sencilla: «Mi cariño y mi presencia». Diego añade otra palabra esencial: «La escucha». Ambos saben que ellos solos no pueden solucionar los grandes desafíos que plantea la despoblación, pero saben que, durante unas horas, contribuyen a que esos pueblos vuelvan a llenarse de conversación, de curiosidad y de encuentro.


