«Hay que mirar el campo de otra manera. No es solo ir con el tractor. Hay que observarlo, tener paciencia, y así podrás dar con la tecla que traerá no solo ahorro económico sino equilibrio a las plantas, pero para eso hay que conocer muy bien el cultivo». Con esta premisa lleva Julián Olloqui unos doce años participando en proyectos de innovación en el marco de sus perales para lograr esa mejora en la gestión de su explotación. El responsable de la empresa Soto del Ebro dedicada a la producción y almacenaje de peras bajo el sello de la DOP Peras de Rincón de Soto coordina el proyecto de innovación Repera que busca mejorar la sostenibilidad de esta fruta a través de los subproductos del champiñón.
«El objetivo final es conseguir que la planta esté más equilibrada y sana, más fortalecida, por lo que no necesitará tanta aportación de nutrientes y, pensamos, así será más resistente a ciertos hongos, como es el fuego bacteriano. También queremos comprobar si con ese equilibrio se podría reducir también el aporte de agua. Esta es nuestra teoría, por eso vamos a hacer estas investigaciones durante los dos próximos años para comprobar que la planta induce resistencias», explica este productor que gestiona una treintena de hectáreas propias entre Calahorra, Aldeanueva de Ebro y Alfaro.

El proyecto, financiado con unos 250.000 euros de fondos europeos (FEADER), nacionales y regionales, cuenta también con el papel de la Asociación Profesional de Productores de Sustratos y Hongos de La Rioja, Navarra y Aragón (ASOCHAMP-CTICH) como responsable de la obtención, caracterización y escalado del quitosano a partir de subproductos del champiñón, así como del Centro Nacional de Tecnología y Seguridad Alimentaria (CNTA), quien se encarga de la evaluación analítica, el desarrollo de recubrimientos y la validación postcosecha. Este grupo de cooperación trabaja bajo el apoyo externo del Clúster FOOD+i.
De todos los proyectos que se presentaron el año pasado a la convocatoria de ayudas a iniciativas de cooperación innovadoras y medioambientales dirigidas a la mitigación del cambio climático y al fomento de la agricultura sostenible, Repera quedó en el primer puesto. «Tenemos unos recursos a nuestros alcance para seguir innovando en materia agrícola y hay que aprovecharlos, pero para eso hay que plantear unos proyectos ambiciosos, con una base seria y sólida».
Aquí el elemento que puede marcar un antes y un después es el quitosano, que se extrae de la valorización de subproductos del champiñón y puede mejorar la sostenibilidad del peral, así como la conservación del fruto tras las cosecha. «Estamos continuamente, tanto en campo como en el almacén, trabajando para evitar las mermas, así que este proyecto puede suponer un avance importante».
A partir de la primavera comenzarán a extraer el quitosano de los subproductos del champiñón y comparar su uso con dos productos comerciales que ya hay en el mercado. Se harán diferentes protocolos de aplicación medibles, vía suelo y vía foliar, en tres hectáreas de experimentación para ver cómo se comporta: «Si mejora esa absorción de nutrientes manteniendo la misma calidad y ver cómo se conservan esas partidas en las cámaras refrigeradoras. El objetivo es que podamos usar el quitosano de aquí, de nuestra zona, siendo un subproducto del champiñón y promoviendo así una economía circular a base de un producto de origen natural».

Olloqui será quien se encargue de las mediciones en campo y las aplicaciones, mientras que el CNTA se encargará de unas analíticas más profundas. «Siempre sacas conclusiones de este tipo de proyectos en los que trabajamos a nivel de laboratorio, aunque luego puedes llevarte sorpresas si se quiere extrapolarlo a niveles mayores. Pero esto te permite aprender a ahorrar, no solo en términos económicos, sino también de cara a la planta y el abuso de aplicación de productos».
Esta filosofía de apostar por la innovación le llevó hace años a dejar de aplicar insecticidas en su explotación y defender la lucha biológica a través de depredadores naturales para combatir enfermedades como la psila, así como el uso de feromonas para reducir los daños por el gusano que taladra la fruta.
Olloqui incide en que la gestión de la agricultura ha cambiado y el sector debe adaptarse a ella si quiere seguir ahí. «Hemos pasado de un mercado en el que las peras de esta zona eran mucho más baratas, había más producción y costaba más sacarles un beneficio. Ahora se ha profesionalizado y tecnificado mucho el cultivo, derivando en una pera más cara que, gracias a la labor de la DOP, ha sabido colocarse en mercados que aportan mucho valor añadido. Ahora nos toca intentar mantenernos ahí durante el mayor tiempo posible haciendo bien las cosas», remarca este productor.


