La Cuaresma ha sobrepasado ya su ecuador y, casi sin darnos cuenta, quedan apenas dos semanas mal contadas para volver a ver los pasos abrirse camino por las calles de Logroño. Es tiempo de ilusión, de trabajo sin descanso y también -cómo no- de empezar a mirar al cielo con cierta inquietud. Digo yo que bastante nos ha llovido ya.
En medio de esa espera que se acorta cada día, hay actos que ayudan a templar los nervios y a alimentar el ánimo cofrade. Uno de ellos tuvo lugar el pasado sábado en las naves de la iglesia de Palacio, donde la nueva agrupación musical de la Flagelación -nacida de forma paralela a la histórica banda de tambores de la cofradía, que continúa su propio camino- ofreció su ya conocido Concierto de la Salud, en esta ocasión a beneficio de los afectados por el síndrome de Dravet.
El recital, con el templo literalmente abarrotado, sirvió para constatar algo que ya empieza a ser una evidencia: la espectacular evolución de esta formación, que en un apenas unos años -y muy especialmente en este último- ha irrumpido con una fuerza inusitada en el panorama musical cofrade del norte de España.

Con apenas medio centenar de músicos en sus filas, el punto de partida no puede resultar más esperanzador. Bajo la batuta de David Espiga, la agrupación no solo se atreve con un género musical tan exigente como poco complaciente -uno de esos que no admite trampa ni cartón-, sino que lo hace con una sonoridad inédita hasta ahora en la capital riojana. Precisión, equilibrio y una cuidada armonización instrumental se combinan para ofrecer un sonido brillante en todas las acepciones del término.
Mientras escuchaba las siete piezas interpretadas en el concierto, no pude evitar que me vinieran a la cabeza algunas reflexiones que llevo tiempo rumiando. Recordé, por ejemplo, cómo hace ya unos cuantos años un destacado representante del mundo cofrade logroñés se disculpaba conmigo -al conocer mis raíces andaluzas- por las carencias musicales de la Semana Santa de la ciudad.
Algo de razón tenía en su apreciación. Al fin y al cabo, cualquier tiempo pasado no siempre fue mejor, tampoco en lo musical. Pero entonces le respondí que no tenía por qué disculparse. Más bien al contrario: jamás hay que renegar de lo que uno tiene, sino buscar la forma de hacerlo crecer y brillar con más fuerza. Y le señalé que, entre las carencias que podían detectarse en aquel momento, ninguna era tan determinante como la de personal en las filas de las formaciones.
Quizá por eso no deja de resultar revelador comprobar cómo, al conversar estos días con los hermanos mayores de las distintas cofradías, todos coinciden en señalar a sus bandas como una de las principales puertas de entrada para los nuevos cofrades. Jóvenes, en su mayoría, que se acercan primero atraídos por la música y que después terminan formando parte de la vida de la hermandad.

De ahí que no resulte exagerado hablar de un fenómeno que hace apenas una década habría parecido impensable: el crecimiento sostenido de las cofradías logroñesas. En el último lustro, su masa social ha aumentado en torno a un diez por ciento anual. Una savia nueva que no solo rejuvenece las hermandades, sino que también está transformando -para bien- el sonido de la Semana Santa de Logroño.
Este próximo sábado, sin ir más lejos, la plaza de San Bartolomé acogerá la XV edición del Certamen Nacional de Bandas Ciudad de Logroño. Una cita que permitirá tomar el pulso a esa evolución sonora y que servirá, además, como antesala de un acontecimiento histórico para dos cofradías de la ciudad: el traslado de la Flagelación y de la talla del Cautivo (de la Entrada en Jerusalén) hasta la iglesia de Santa Teresita.
Un templo que, por cierto, comienza a perfilarse como nuevo punto de referencia para el mundo cofrade logroñés. No en vano, la Hermandad de Cofradías lo ha apadrinado como nueva sede y ya hay otras corporaciones -como la Santa Cruz- que estudian llevar allí a sus titulares. Ojalá la iniciativa prospere. Logroño bien merece contar con un espacio digno en el que contemplar su patrimonio cofrade en toda su dimensión: el artístico, sí, pero también -y quizá sobre todo- el humano.


