Cultura y Sociedad

Tagaste y La Canilla: tres décadas de puro teatro

El homenaje que el Ayuntamiento de Calahorra ha realizado a los grupos de teatro aficionado Tagaste y La Canilla no ha sido simplemente un aplauso. El acto, sencillo, ha pretendido dar las gracias al trabajo acumulado durante años: muchas noches de ensayo robadas al cansancio, a la familia, a los amigos y al ocio personal, nervios detrás del telón e historias que no siempre se han contado en voz alta…  Para quienes forman parte de estos grupos —los que están y los que han pasado a lo largo de tres décadas por cada uno de ellos—, el reconocimiento no premia una obra concreta, sino una forma de estar en el mundo: hacer teatro por amor al teatro.

En el caso de Tagaste, hablar de su historia es hablar de educación, de aula y de vocación. Su director, Javier Gutiérrez, recuerda el origen con una naturalidad que solo dan los proyectos que nacen sin pretensiones grandilocuentes. Tagaste comenzó en los años noventa en el colegio San Agustín, cuando el teatro entró en las aulas como una herramienta pedagógica más. Lo que empezó como una forma distinta de enseñar se transformó, casi sin darse cuenta, en una compañía juvenil que dio su primer paso fuera del aula en 1997. Desde entonces, la escena ya no ha dejado de llamar a las puertas de decenas de estudiantes.

Por Tagaste han pasado más de quinientas personas. Actores, técnicos, ayudantes, alumnos que entraron tímidos y salieron con voz propia. Muchos estuvieron solo unos años, los justos antes de marcharse a la universidad. Otros regresaron después, ya adultos, pidiendo volver. Hoy el grupo es más reducido, pero su huella es inmensa. Javier lo resume con una metáfora sencilla y poderosa: el teatro como agricultura. Sembrar, cuidar, esperar. Ver crecer a personas que, a veces, no sabían qué podían subir a un escenario y al final consiguieron hacerlo. Y ahí aparecen los recuerdos que no salen en los programas de mano: una madre agradeciendo que su hija hubiese ganado seguridad a través del teatro para afrontar la selectividad; una viuda confesando que su marido, enfermo, fue feliz durante hora y media viendo una obra. Momentos pequeños, invisibles, pero decisivos. De esos que hacen que todo compense.

Y si Tagaste es semilla, La Canilla es resistencia. Nació a mediados de los años noventa a partir de cursos municipales de teatro y creció desde la curiosidad, el compromiso y las ganas de hacer las cosas bien. Miguel, uno de sus integrantes, habla del grupo como se habla de algo que se construye con el tiempo y se cuida con respeto. La Canilla no buscó reconocimiento; llegó trabajando. Ensayando. Afinando. Tomándose en serio lo que, desde fuera, algunos aún llaman teatro aficionado.

Durante casi treinta años, el grupo ha recorrido escenarios de toda España, ha sido seleccionado en certámenes donde competir ya ha sido un premio y ha ido elevando el nivel artístico obra a obra. Montajes como ‘Señorita y Madame’ marcaron un antes y un después: por la complejidad escénica, por la mezcla de música, iluminación y texto, por demostrar que el teatro aficionado puede ser ambicioso sin perder honestidad. Detrás, siempre, la figura del director Daniel, con ochenta y ocho años y una energía que sigue sosteniendo al grupo incluso en los momentos más difíciles.

Y La Canilla ha vivido uno de esos momentos recientemente. La pérdida repentina de Alberto, uno de sus pilares, obligó al grupo a detenerse, a hacer duelo, a replantearlo todo. Obras aparcadas, planes rotos, silencios largos. Pero también una decisión firme: continuar. No como antes, porque ya no podía ser igual, sino de otra manera. Con gente nueva, con una comedia que alivie, con ensayos retomados desde septiembre y con la idea clara de volver a pisar el escenario. No por obligación, sino porque ahí es donde tiene sentido seguir.

Ambos grupos comparten algo más que un homenaje o una trayectoria. Comparten la muestra de teatro aficionado de Calahorra, un proyecto que impulsaron con ilusión cuando parecía difícil que cuajara y que hoy es una realidad consolidada. Once años de trabajo conjunto, de reuniones, de selección de obras, de logística invisible. Un certamen que ha crecido en calidad y en público, hasta llenar más de tres cuartos del teatro en la última edición. No es casualidad. Es constancia.

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