Trabajar, atender mesas, preparar con mimo sus menús… y aun así no saber si ese día se va a poder cobrar. Es la realidad que viven los restaurantes de la zona de las Siete Villas cada vez que se produce un apagón de cobertura telefónica, un problema que se repite con demasiada frecuencia y que golpea de lleno a uno de los sectores más frágiles de La Rioja vaciada. Este domingo volvió a ocurrir: más de 24 horas sin llamadas, sin datos y sin posibilidad de usar los datáfonos. La señal no ha regresado hasta pasadas las doce del mediodía de este lunes.
Uno de los establecimientos afectados ha sido Venta Goyo, en Viniegra de Abajo, un restaurante tradicional al que normalmente acuden vecinos y visitantes porque suele ser el ‘límite’ hasta el que llega la cobertura en la zona en días como el de este domingo. Sin embargo, esta vez ni siquiera eso funcionó. La incomunicación fue total. “Esta vez ni datos ni teléfono. Nada”, explican desde el negocio, que se encontró de repente atendiendo comidas sin poder recibir reservas de última hora y sin saber cómo iba a cobrar a los clientes.
La situación pone de manifiesto una paradoja tan absurda como injusta: mantener abierto un negocio en La Rioja rural ya es de por sí una carrera de obstáculos, pero hacerlo además sin garantías mínimas de comunicación convierte cada jornada en una aventura. Porque hoy en día, sin cobertura, un bar o un restaurante no solo se queda sin llamadas: se queda sin pagos, sin reservas y sin margen de maniobra.

El mayor quebradero de cabeza llega a la hora de pasar por caja. Cada vez menos gente lleva dinero en efectivo y muchas comidas corresponden a grupos grandes que pagan con tarjeta. Sin conexión, el datáfono se convierte en un objeto inútil. “Hay clientes que lo entienden, que reúnen dinero entre todos o se comprometen a hacerte una transferencia al día siguiente”, explican. Con la clientela habitual de la zona no suele haber problema, porque hay confianza y soluciones improvisadas. El verdadero conflicto aparece con quien llega de forma espontánea.
Y no todos reaccionan igual. Algunos se muestran comprensivos ante una situación que les resulta casi increíble. Otros, en cambio, no tanto. “Este mismo domingo hubo gente que se empeñó en que no quería pagar si no era con tarjeta”, relatan. La solución, para evitar un conflicto mayor, fue tan drástica como reveladora: “Les terminamos diciendo que invitaba la casa. No quieres más jaleo del que ya tienes por no tener teléfono”. Una decisión que deja claro quién asume siempre el coste del problema.
En Casa Irene, otro de los restaurantes afectados, el diagnóstico es prácticamente el mismo. “Dependes de la buena voluntad de los clientes”, explican. Las reservas de última hora se dan por perdidas y el cobro queda en el aire. “Esta mañana he recibido los pagos de aquellos que no pudieron pagar el domingo”, cuentan, confirmando que la mayoría clientes cumplen su palabra, aunque el daño ya está hecho. “Desde hace dos años hemos perdido bastante cobertura y no es algo puntual, es cada vez más habitual”.
La sensación de abandono es compartida. Los hosteleros lamentan que no reciben explicaciones claras ni soluciones cuando se producen estos apagones. Mientras tanto, son ellos quienes dan la cara ante los clientes y quienes quedan mal por un problema que no han causado. “Si montar un negocio en un municipio casi remoto ya es un acto casi heroico, esto es una piedra más en el camino”, resumen.


