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Zara, de San Antón, tiembla: «Nosotras vamos a ir detrás»

El cierre casi encadenado de Massimo Dutti, Oysho y Bershka en apenas seis meses está dejando algo más que locales vacíos en la calle San Antón de Logroño. Ha dejado, sobre todo, incertidumbre. Una sensación que se ha instalado especialmente entre las más de 40 trabajadoras de Zara y Zara Home, las dos últimas enseñas de Inditex que resisten en una vía que durante décadas fue sinónimo de comercio fuerte y continuo.

“Estamos convencidas de que lo siguiente va a ser Zara Home y que después iremos nosotras”, explican varias de Zara. No lo dicen desde el alarmismo, sino desde la experiencia. “Cuando empiezan con una, es todo o nada. Y así se está viendo en otras provincias”. La suma de los cierres recientes impresiona: 11 empleadas en Massimo Dutti, 7 en Oysho y 8 en Bershka. Un goteo que no parece casual y que ha puesto en guardia a quienes siguen levantando la persiana cada mañana.

En el Zara de San Antón trabajan unas 40 personas, muchas de ellas con más de 20 años de antigüedad. «Aquí hay muchas familias que dependen de este empleo», subrayan. En las reuniones internas, cuentan, la pregunta siempre sale a la luz. «Lo preguntamos directamente y, de momento, nos dicen que no tienen constancia de un cierre. Pero nunca es un no rotundo», explican desde UGT. La sensación es la de estar esperando algo que, tarde o temprano, llegará.

A esa inquietud se suma el malestar por la forma en la que se están gestionando los cierres. Existe un convenio marco que regula este tipo de procesos hasta 2028 y que obliga a la empresa a comunicar los cierres por escrito y con al menos 30 días de antelación. «Ya hemos visto lo que ha pasado con Bershka: aviso telefónico y con apenas quince días», denuncian desde el sindicato. Un proceder que, a su juicio, rompe con lo pactado y deja a las plantillas sin margen real para reaccionar.

Las opciones de recolocación tampoco tranquilizan. «Son irrisorias», resumen. A algunas compañeras se les ha ofrecido trasladarse a Ibiza o Canarias, propuestas que, en la práctica, resultan inviables para quien tiene arraigo familiar en Logroño. «Antes siempre se intentaba recolocar cerca. Ahora no está siendo así. Te invitan a que te vayas». El cambio de política es evidente y alimenta la sensación de abandono.

También pesa el recuerdo de promesas pasadas. «Cuando se habló de la peatonalización de la calle San Antón, las trabajadoras mantuvimos una reunión en la que se nos trasladó que la tienda —una de las más históricas de la cadena en España, la número 17— sería reformada» pero «luego nos dijeron que no contásemos con la reforma. Que no se iba a hacer». Aquello fue, para muchas, la primera señal de que algo empezaba a torcerse.

El temor no es solo laboral. Es también urbano. «Cada cierre se nota», explican. No solo en las tiendas vecinas, sino en el pulso general de la calle: menos gente, menos cafés, menos vida. San Antón pierde escaparates, pero también pierde movimiento y rutina diaria. Y eso, insisten, acaba afectando a todo el entorno.

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