La negativa a parar quince minutos durante la jornada laboral ha acabado en despido procedente. Así lo ha confirmado el Tribunal Superior de Justicia de La Rioja, que ha dado la razón a una empresa de la industria siderúrgica de Logroño frente a un trabajador con más de veinte años de antigüedad que se saltaba de forma reiterada la pausa del bocadillo para acortar su horario.
La sentencia ha considerado acreditado que el empleado incumplía el horario fijado en el cuadrante de turnos al abandonar su puesto antes de la hora establecida, pese a las advertencias y sanciones previas. El conflicto no se ha centrado tanto en si el descanso debía pagarse o no, sino en si podía suprimirse de manera unilateral. La respuesta judicial ha sido clara: no.
El origen del problema se ha situado en un acuerdo interno firmado en 2008, en plena crisis económica, cuando la empresa dejó de computar el descanso de quince minutos como tiempo efectivo de trabajo. Desde entonces, la jornada pasó a organizarse con una pausa obligatoria no retribuida, una medida pactada con los representantes de los trabajadores y aplicada de forma continuada durante años.
Tras un periodo de reducción de jornada por cuidado de hijo, el trabajador se reincorporó a su horario ordinario y comunicó su disconformidad con tener que «recuperar» ese tiempo. A partir de ese momento, comenzó a salir antes del trabajo con el argumento de que el bocadillo debía contarse como parte de la jornada, una conducta que la empresa consideró un incumplimiento grave.
El tribunal ha recordado que el Estatuto de los Trabajadores establece un descanso mínimo de quince minutos en jornadas continuadas de más de seis horas, pero no obliga a que ese tiempo sea retribuido salvo que así lo recoja un convenio o acuerdo colectivo. En este caso, el pacto existente y su aplicación prolongada en el tiempo han sido determinantes.
La resolución también ha introducido un matiz relevante: el descanso no solo protege al trabajador, sino que responde a criterios de prevención de riesgos laborales. Permitir que se elimine podría incluso acarrear sanciones a la empresa, lo que convierte la pausa en una obligación para ambas partes.
Un caso tan cotidiano como el del bocadillo ha terminado así en los tribunales y ha dejado una advertencia con cierto punto de ironía: trabajar sin parar no siempre juega a favor del empleado y, cuando el descanso es obligatorio, saltárselo puede salir muy caro.


