El frío apretaba de lo lindo cuando Las Gaunas ha empezado este lunes a llenarse de vida. A las cinco de la mañana, con la ciudad aún a oscuras y el termómetro anclado en cifras invernales, las primeras familias se han apostado en los accesos del estadio. No ha sido una hora cualquiera ni una espera cualquiera. Ha sido el día de Reyes y, una vez más, la ilusión ha podido con todo.
Valeria, Hugo y Álvaro han llegado cuando todavía no había amanecido. «Nos hemos levantado a las seis y estamos aquí desde las siete», han explicado envueltos en bufandas y mantas. El día se ha presentado «con mucho frío, pero también con muchas ganas y mucha ilusión». La carta a los Reyes la han escrito «hace más de un mes», así que solo queda esperar. Para hacerlo más llevadero, el desayuno no ha podido faltar: «Leche caliente, ColaCao, galletas… un poco de todo».

Como muchas otras familias, han llegado bien preparados. «Lo primero son las ganas y la ilusión», han destacado antes de detallar el kit imprescindible para resistir la madrugada: juegos de mesa para entretenerse, comida caliente, mantas y hasta planchas de espuma para aislarse del suelo. No es su primer año y eso se nota. «Llevamos como 16 viniendo», han reconocido entre risas. La experiencia les ha enseñado a organizarse y a convertir la espera en un ritual familiar. «Es una actividad en familia y, aunque los niños se cansan, merece la pena. Es un recuerdo muy bonito».

A pocos metros, otra familia también ha reconocido haber madrugado más que un día de colegio. «A las seis de la mañana nos hemos levantado para venir a ver a los Reyes». La noche ha sido larga. «No se podía dormir, había mucha ilusión». Todo lo han dejado preparado la víspera: la ropa lista y las mochilas hechas. «Los críos han tardado cinco minutos en vestirse», han asegurado. Incluso el desayuno ha quedado en segundo plano. «Ya comeremos luego», han dicho las niñas, sabiendo que «venían refuerzos con café y galletas».

La escena se ha repetido una y otra vez. Familias que han llegado a las siete, a las seis y media… y otras que han ido todavía más allá. Iñaki, Álvaro, Ana, María y Rodrigo han aparecido cuando aún era noche cerrada. «Yo he llegado a las 4:45». Otros lo han hecho a las cinco o a las cinco y media. No ha sido una excepción. «No es el primer año, ya tenemos callo». Algunos han llevado chalecos calefactables; otros, termos de café, galletas y mantas y todos han compartido la misma idea: «Merece la pena».

A medida que ha avanzado la mañana y ha ido llegando más gente, la espera se ha hecho más llevadera. «Las dos primeras horas son las peores. Luego ya hablas con unos y con otros y se pasa mejor». El frío ha seguido presente, pero la ilusión lo ha compensado todo. Los niños han empezado a llegar poco a poco, con los ojos bien abiertos y la lista de deseos clara: zapatillas, juegos, ropa y algún secreto que daba vergüenza confesar.

Entre las primeras filas también se ha visto a un grupo de madres que ya conocen bien la liturgia de la espera. Chalecos calefactables, mochilas cargadas con comida, galletas y termos han formaban parte del equipaje imprescindible. «No es nuestro primer año», han explicado acompañados por el abuelo, al que han señalado como «el artífice» de todo.

Mientras ellas han madrugado, los niños se han incorporado más tarde. «Vendrán ahora, sobre las ocho», han contado mirando el reloj. «Esto es amor de madre al cien por cien», han reconocido entre risas. El próximo año, han bromeado, «tocará cambiar el turno y serán los padres los que vengan». Aun así, la conclusión ha sido unánime: madrugar ha merecido la pena.
La organización
Entre conversación y conversación, también han surgido reflexiones sobre la organización y el acceso al estadio. La entrada la han definido como «caótica» y es que madrugar no siempre garantiza la primera fila. «Puede que vengas a las cinco y acabes en segunda o tercera», han lamentado. «Las puertas no se abren a la vez y van entrando conforme se van habilitando y eso es una auténtica locura».

Algunos han planteado posibles mejoras para evitar carreras y aglomeraciones. Han propuesto que, si las puertas se abren a las nueve, alguien pudiera acudir antes para repartir tickets por zonas y puertas, con asientos asignados en primera o segunda fila. «Hay escaleras, niños y gente mayor, y así se evitarían las prisas», han señalado. La idea, han insistido, permitiría saber que la espera ha merecido la pena y que cada familia tendría asegurado su sitio.

También han puesto el foco en quienes madrugan de verdad. «Hay abuelos que vienen desde muy pronto», han recordado, defendiendo que el esfuerzo debería verse recompensado. Han lamentado que, como ocurrió el año pasado, algunos padres situados en zonas altas hayan acabado enviando a los niños a las primeras filas. «Está bien que sea para los niños, claro que sí, pero si alguien ha llegado a las cinco de la mañana, se lo ha trabajado», han subrayado.

Las Gaunas, antes incluso de abrir sus puertas, ya ha sido refugio contra el frío y punto de encuentro para la ilusión. Una madrugada más, Logroño ha demostrado que cuando llegan los Reyes Magos, no hay termómetro capaz de frenar las ganas de creer.


