Salud

El esfuerzo de leer el mundo: «La dislexia no es falta de capacidad, es falta de acceso»

Hay niños que crecen pensando que el mundo avanza demasiado rápido para ellos. Que las letras corren, se mueven, juegan al despiste. Y es que lo que para otros es un simple ejercicio de leer una frase o copiar una palabra, para ellos es un esfuerzo titánico. A veces no saben explicarlo, y casi siempre lo sufren en silencio.

En muchas aulas, esos niños pasan desapercibidos. Se sientan al final de la clase, evitan levantar la mano y aprenden a camuflar sus dificultades para no destacar. Nadie diría que detrás de ese «no quiero ir al cole» se esconde una condición que afecta al 10 por ciento de la población mundial, una condición tan frecuente como ignorada.

La dislexia es precisamente eso, un trastorno invisible que puede permanecer toda una vida entera sin nombre. «Nacemos con ello y nos acompaña siempre», explica Arrate López, vicepresidenta de la Asociación Dislexia La Rioja. «Pero no tiene nada que ver con la inteligencia. Absolutamente nada».

Arrate comienza por desmontar las ideas equivocadas. «La dislexia es una dificultad específica del aprendizaje de la lectoescritura. Es de origen neurobiológico, nacemos con ello y nos acompañará todos los días de nuestra vida» explica. No es una fase, no desaparece y no se cura porque no es una enfermedad.

A pesar de ello, sigue siendo uno de los trastornos del neurodesarrollo más invisible, y es que de ese 10 por ciento que lo padece, solo un 3 por ciento está diagnosticado. El resto arrastra sus dificultades sin saber por qué. «Saben que algo no funciona, pero no saben qué es».

Cuando el colegio se convierte en un muro

La escuela es con frecuencia el escenario donde los primeros síntomas se hacen visibles. Sin embargo, no siempre se interpretan bien. «Te das cuenta de que algo pasa cuando ves que tu hijo no quiere ir al colegio. Ellos ven que sus compañeros hacen las fichas con facilidad y ellos no. Y se comparan».

Esa resistencia a acudir a clase es una de las primeras señales, pero no la única. A muchos niños les cuesta trazar las letras, y por más que se esfuercen, la grafía no termina de asentarse. Cuando escuchan una letra y deben unirla con su sonido, necesitan más tiempo. A veces las letras se les invierten, se cansan más rápido que otros alumnos cuando la tarea implica leer o escribir y se dispersan con facilidad porque su cerebro está luchando por procesar cada símbolo.

Incluso en casa, estas diferencias se perciben, según explica Arrate, madre de un hijo con dislexia. «Si les pides que hagan dos cosas seguidas, solo cumplen la primera. Necesitan las instrucciones de una en una».

Y aun así, cada caso es un mundo. «No hay dos disléxicos iguales». Algunos entienden perfectamente lo que leen, pero son incapaces de escribir sin cometer errores. Otros hablan con elocuencia, pero no comprenden un texto sencillo. Hay quienes destacan en idiomas y quienes encuentran en ellos un laberinto. La dislexia no sigue un patrón rígido: es tan variada como las personas que la viven.

El núcleo de la dislexia está en la forma en que el cerebro procesa el lenguaje escrito. Para un lector neurotípico, descifrar palabras es casi automático; para un disléxico, cada letra exige un esfuerzo enorme. «Para ellos, leer es una tarea tan ardua que, si está leyendo, no puede atender y retener la información».

Por eso, para ellos, estudiar a través de un libro es como intentar aprender un temario mientras pedalean cuesta arriba. La comprensión no falla por incapacidad, sino porque el cerebro está ocupado descifrando el código escrito.

Ante esta realidad, las llamadas adaptaciones de acceso en la educación no son un extra ni un capricho, sino una necesidad. Permiten llegar al mismo contenido por una vía distinta. «Un vídeo puede explicar una lección que en un texto requeriría horas. Un audiolibro libera al cerebro de la tarea mecánica de leer para centrarse en la comprensión. Herramientas digitales que transforman en esquemas o mapas mentales lo que en un libro es un bloque denso ayudan a organizar la información». En etapas tempranas, trabajar con arena, plastilina o letras móviles permite integrar conceptos sin depender exclusivamente de la escritura.

Arrate explica que es el mismo temario, pero por otra vía». Todas estas adaptaciones están recogidas en un protocolo oficial de obligado cumplimiento en La Rioja. Aun así, su aplicación real a veces se queda corta. «Los recursos están ahí, pero muchos docentes no saben cómo utilizarlos. No es dejadez; es falta de formación en herramientas digitales».

Además, la falta de comprensión hacia la dislexia no solo dificulta el aprendizaje. También hiere. Durante décadas, quienes la sufrían cargaron con etiquetas devastadoras. «Antes los disléxicos eran los vagos, los tontos, los que no valían para estudiar», recuerda Arrate. Y aunque la educación ha avanzado, algunas actitudes aún persisten, «y eso hace muchísimo daño».

Ese daño se refleja en niños que crecen creyendo que no son capaces, en adolescentes que se sienten inferiores, en jóvenes que desarrollan ansiedad o depresión. Arrate no esquiva la realidad: «En muchos casos, algunos chavales han llegado a intentar suicidarse».

La vida adulta: un mundo que no está pensado para ellos

La dislexia no se queda en el colegio. Acompaña a la persona toda la vida y se manifiesta en acciones cotidianas que para otros pasan desapercibidas. Leer las letras minúsculas de un bote de champú para comprobar ingredientes puede convertirse en una prueba de paciencia. Seguir una receta, interpretar señales de tráfico o leer instrucciones médicas son tareas que exigen un esfuerzo que pocos imaginan.

«Todo está basado en la lectoescritura, y cuando el mundo se mueve tan rápido y está diseñado para quienes leen sin dificultades, cada texto puede ser un obstáculo». Algunas instituciones han empezado a adaptarse. La DGT, por ejemplo, modificó los exámenes de conducir para facilitar el acceso a personas con dislexia: preguntas más concretas en la parte teórica, la posibilidad de marcar derecha e izquierda durante la práctica y guías redactadas en lectura fácil.

A pesar de las dificultades, la dislexia también puede ser una fuente de talento. «El cerebro disléxico tiene un pensamiento fuera de la caja», señala Arrate con orgullo. Estas personas suelen ver soluciones donde otros ven problemas, encuentran caminos alternativos y tienen una creatividad muy apreciada en entornos laborales actuales.

Si Arrate tuviera que resumirlo todo en una sola frase, elegiría esta: «La dislexia no es falta de capacidad. Es falta de acceso. Cuando abrimos la puerta adecuada, todo cambia».

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