Es la primera vez que lo cuenta. Por eso, a Gabriela (nombre ficticio) le tiembla la voz a pesar de su serenidad. Prefiere mantenerse en el anonimato por seguridad, aunque ya han pasado cinco años desde que ocurrieron unos hechos que la han marcado.
«Vivía en La Rioja, era autónoma, pero con la crisis del COVID todo eso se pulverizó de un día para otro. Así que tomé la decisión de irme a otra comunidad, a un pueblecito pequeño, donde había oportunidad de trabajo y además así cambiaba de aires», recuerda esta riojana. Fue en ese contexto donde tuvo lugar una situación de acoso y hostigamiento que llegó a materializarse en una agresión física, continuas amenazas de muerte y aislamiento social.
En pleno confinamiento, el trabajo era casi el único espacio compartido con otras personas. Allí conoció a un compañero, del mismo pueblo en el que vivía, con quien inició un contacto que nunca llegó a convertirse en relación formal: «No me gustó su carácter, vi actitudes muy controladoras y fue entonces cuando intenté poner espacio de por medio».
Al rechazarlo fue cuando explotó la situación «de acoso, de hostigamiento, de amenazas de muerte». Esto último no solo a ella, si no también a terceros. Pero eso no es todo: el agresor también llegó a tener controlado su teléfono móvil. De este modo, consiguió aislarla completamente: «Lo tenía muy fácil porque nadie me conocía, nadie tenía referencias de mí. Entonces, claro, nadie se la iba a jugar por una mujer desconocida. El aislamiento fue total, porque no solo me impidió relacionarme físicamente con personas, si no que también tenía un control absoluto de mis movimientos, mis conversaciones y de toda mi vida».
Este no fue su único agresor. Cuando comenzó a hacerse público lo que pasaba, la situación se convirtió «en un imán» para otros agresores y es que varios hombres de los alrededores: «Se acercaban a mi casa y me llamaban todo el rato. Venían como auténticos depredadores que me veían solo como un objeto sexual. Venían a ofrecerme protección a cambio de sexo o directamente a molestarme».
La primera denuncia la interpuso cuando apenas llevaba seis meses viviendo en el pueblo. En total, ha llegado a interponer hasta ocho denuncias. «En todo este proceso me he dado cuenta de que muchas de las medidas y las leyes que se adoptan de cara a las víctimas tienen una visión muy centrada en entornos urbanos, con medios y recursos, y no están adaptados a los entornos rurales», apunta.
Por ejemplo, su agresor tiene una orden de alejamiento de 200 metros y el cuartel de la Guardia Civil más cercano al lugar donde ella residía estaba a quince kilómetros: «En un núcleo de población que no tiene nada alrededor en cinco kilómetros no tiene sentido una orden de alejamiento de 200 metros. He tenido a mi agresor en el coche a 230 metros de distancia de manera continua. El tiempo de llegada en caso de emergencia de una patrulla no hubiera sido menor de 15 o 30 minutos».
Finalmente, después de aguantar un par de años, se terminó marchando del pueblo. «No fue solo por lo cansada que estaba física y psicológicamente, por lo desgastada que me dejó el estar amenazada de muerte constantemente, viendo que no había recursos que pudieran sostenerme; si no porque en esa situación de aislamiento y de imposibilidad de comunicarme con libertad con los recursos externos que podía tener, se fue creando como una especie de visión totalmente oscura de mí. Hubo una situación de desconfianza absoluta. La señalada fui yo en todo momento».
Cuando decidió marcharse, lo hizo «sin una condena”, aunque posteriormente, sí que se dictó una por quebrantamiento continuado de la orden de alejamiento. Aun así, lo tiene claro: «Esa idea que se nos vende de que tú le pones la mano encima a una mujer e inmediatamente después te vas al calabozo y tu vida se desmorona es mentira. Mi experiencia no es así en absoluto».
Las realidades de la violencia que el patriarcado ejerce contra las mujeres son muchas: se da en jóvenes y en mayores, en entornos urbanos y rurales, en autóctonas y en forasteras. Pero la realidad más importante es que sigue existiendo y que las víctimas son las mujeres.


