Cincuenta años después, los recuerdos suelen llegar un poco deshilachados. En La Rioja, aquel 20 de noviembre de 1975 -fecha de la muerte del dictador Francisco Franco- no se recuerda como un estallido de júbilo ni como un día de tragedia nacional. Fue otra cosa: un instante suspendido, un silencio espeso que recorrió pueblos y ciudades, escuelas, calles y campos. Un país entero conteniendo la respiración, consciente de estar ante un final, pero sin saber todavía qué clase de comienzo lo sustituiría.
En La Rioja, la memoria de aquel día llega en capas, matizada por la vida particular de cada cual. Para unos, la noticia entró por la radio mientras preparaban el café; para otros, estalló en mitad de una rutina de trabajo. Los testimonios coinciden en una idea central: la muerte de Franco no trajo la democracia. «Hubo que pelearla mucho», reconocen todos. Pero abrió, aunque fuera estrecha, una rendija por la que entró un aire fresco y nuevo, aunque también lleno de preguntas.
La periodista y el champán francés
Para Esther Pascual, entonces una joven periodista riojana, el 20N no es un recuerdo con un fogonazo preciso. No sabe si fue a primera hora o a media mañana. Puede que, simplemente, encendiera la radio, su gran compañera de vida, y ahí estuviera el comunicado oficial. Lo que sí recuerda con absoluta nitidez es lo primero que hizo: llamar a su padre. Un hombre católico convencido pero antifranquista declarado. Llevaba días esperando el momento «fatídico» con una botella de champán francés enfriándose en el frigorífico.
Esther, que había dejado su trabajo en la radio pocos meses antes tras el nacimiento de su hija Olalla, habla con una mezcla de humor y pudor sobre lo que significaba hacer periodismo bajo el franquismo. «Yo acababa las emisiones diciendo: ‘Por el imperio hacia Dios, viva Franco, arriba España'». Era el guion obligatorio, una frase tan rígida como la atmósfera política que la imponía. Se conectaba con Radio Nacional, y punto. Nada más.
La muerte del dictador, sin embargo, no le produjo un alivio inmediato. Ni una emoción grande. Ni un «por fin». En los movimientos vecinales y culturales en los que participaba de manera discreta, todos sabían que nada cambiaría de un día para otro. La política seguía controlada, y la democracia aún era una meta lejana. «El régimen quedó atado y bien atado, la democracia hubo que pelearla desde abajo, en las calles, en los movimientos sociales», recuerda.
Hay algo más en su testimonio, algo que la historia oficial suele pasar por alto: la mirada femenina. Esther recuerda un país donde casarse por lo civil era imposible -ella lo intentó y se dio de bruces con la realidad-, donde pedir un crédito exigía permiso paterno y donde ser mujer significaba, de entrada, vivir con un techo constante sobre la cabeza. No un techo de cristal, un techo de hormigón infranqueable. «Te sentías limitada continuamente», resume. Por todo eso, para ella, el 20N no fue un final. Fue un comienzo. Incierto, arduo, lleno de dudas… pero un comienzo al fin y al cabo.
El músico riojano que vio «pararse» la cultura
A Chema Purón, entonces un joven que aún no vivía de la música, el 20N le pillo en Madrid, en plena faena de su primer trabajo en la compañía de discos Movieplay. Allí, entre estudios, radios y redacciones, la cultura se movía como un animal enjaulado, esperando que alguien abriera la puerta.
Aquel día, sin embargo, todo se detuvo. Las emisoras quedaron obligadas a conectar con Radio Nacional. «No pudimos trabajar. Se paralizó la música entera», recuerda. Y durante varios días la cultura musical quedó en pausa, como si el país entero hubiera perdido durante un instante su banda sonora. «Se conectó con Radio Nacional y hubo una programación única».
Chema había trabajado junto a algunos de los referentes musicales del momento: Raimon, Lluis Llach… artistas que habían llenado conciertos «subversivos para lo que se podía» y que se habían convertido en altavoces de un anhelo colectivo. Él los acompañó en escenarios históricos. Y por eso mismo, cuando la noticia de la muerte del dictador se confirmó, en el mundo cultural se sintió algo parecido al alivio.
No hubo celebraciones públicas. «Claro que mucha gente lo celebró, pero de puertas para adentro». Pero el clima cambió. Algo se aflojó. La sensación general era que, por fin, la cultura podría respirar sin tanta vigilancia. «El pistoletazo de salida fue el 20N», resume. Lo que vino después sería largo y complicado. «Los meses siguientes no fueron fáciles». Pero aquel día marcó el punto exacto en el que la sociedad dejó de contener el aliento.
La maestra que se negó a leer el testamento
Cuando Franco murió, Inmaculada Ortega acababa de cumplir 20 años y estrenaba su primera plaza como maestra en Leiva, un pequeño pueblo agrícola donde la vida era sencilla y, a la vez, intensamente comunitaria. Vivía en una pensión y convivía con sus vecinos como una joven más del pueblo. Si algo recuerda de aquellos días es el miedo que se palpaba entre la gente mayor. «Había incertidumbre. No sabían qué podía pasar». Los jóvenes, sin embargo, veían otra cosa: «Era como ver la luz».
Su escena más vívida no transcurre en la calle, sino en el aula. A los pocos días, desde la Administración llegaron dos carteles enormes: el ‘Testamento de Franco’ y el discurso de investidura de Juan Carlos I. La orden era clara: colgarlos y leérselos a los niños. Ella los colocó en un corcho grande al final del aula… y decidió desobedecer. «¿Qué les iba a leer a aquellas criaturas?». Y allí quedaron los carteles, como dos figuras mudas, hasta que meses después los descolgó sin decir nada.
A diferencia de lo que uno podría imaginar, la transición educativa no nació en los despachos, sino en el movimiento docente. Apenas dos meses después del 20N, empezaron a llegar maestros y maestras de otros pueblos, con la idea de crear una coordinadora que impulsara los primeros sindicatos y transformara la escuela desde dentro. Inmaculada se sumó enseguida. No era militancia política, sino intuición: «Sabíamos que había que arrimar el hombro». Para ella, aquel noviembre no huele a champán. Ni a euforia. Huele a comienzo, a una vida que se abría y a otra que se resistía a marcharse. Y a la certeza, compartida por muchos jóvenes que ya habían viajado fuera, de que era posible vivir de otra manera.
El agricultor, de compras por Logroño
Mariano Gil, agricultor de Alcanadre, tenía treinta y pocos años cuando la muerte de Franco interrumpió, casi de pasada, la rutina del campo. Aquel 20N —dice con una sonrisa— «hacía sol». La noche anterior habían puesto ‘Objetivo Birmania’ en la televisión. La vida seguía su curso. Y en el pueblo se repetía una frase: «Cuando se muera este hombre, ¿qué va a pasar?».
Nada espectacular ocurrió. Ni celebraciones, ni lutos públicos. Solo una mañana más. Él y su mujer subieron a Logroño y se compró una trenca de pana que, años después, heredaría su hijo. Lo que sí había era una especie de alivio silencioso: el país no había estallado en alegría; no había otro Franco esperando en una esquina; la incertidumbre seguía ahí, pero parecía menos asfixiante.
Mariano era entonces concejal. Un concejal «de rebote», como él dice, porque los jóvenes fueron invitados a ayudar en el Ayuntamiento y acabaron metidos en más de un lío: desde pedir la dimisión del gobernador hasta impedir la tala de un árbol que para el pueblo era casi sagrado. «Era un Ayuntamiento del Franquismo pero sin ser franquistas».
Apenas unos meses después empezaron los primeros movimientos en el campo. En Aragón estallaron protestas, y la Rioja rural empezó a sentir el impulso. En el 77, la movilización fue total. «Los primeros movimientos fuertes del campo llegaron después, cuando vimos que las cosas empezaban a cambiar».
Hoy, con 83 años, Mariano mira Alcanadre con un inevitable pellizco de nostalgia. «De mi quinta quedamos tres… ya no hay con quién hablar de estas cosas». Pero su memoria del 20N sigue intacta: un día normal, pero cargado de una sensación nueva, como si el país hubiera girado un grado, lo justo para empezar a ver el horizonte.
Los sindicalistas: uno en la marina y el otro en el bar
Pedro Soldevilla, histórico dirigente de UGT en La Rioja, vivió aquel día desde la barra de un bar de Logroño, donde trabajaba antes de adentrarse en el sector del metal. «No hubo celebraciones, ni brindis ni nada». En parte porque llevaban semanas oliéndose el final. Y en parte porque la incertidumbre seguía muy presente. Algunos incluso creían que la muerte se había retrasado para «dejarlo todo cerrado».
Aquel 20N coincidía, además, con su aniversario de boda. Tres años casado, un hijo pequeño, y un país entrando en otra etapa sin instrucciones claras. «¿Y ahora qué?», se preguntaba mucha gente.
En un escenario radicalmente distinto, Carlos San Martín, otro histórico sindical, escuchó la noticia desde un barco militar. Hacía la mili en la Marina, con base en Cádiz, y los días previos les enviaron frente a las costas del Sáhara, preparados para desembarcar «en cualquier momento». Allí, en medio de la noche, una voz por megafonía anunció: «Franco ha muerto».
La reacción fue tan humana como peligrosa. Gritos de alegría. El ‘lepanto’ —el gorro de la Marina— volando por los aires. Y, acto seguido, amenazas de fusilamiento por parte de los mandos. «Fue un momento complicado», resume Carlos. Complicado, revelador y profundamente simbólico: incluso dentro del ejército, incluso bajo la disciplina más férrea, el país ya no era el mismo.
El joven y las vacaciones escolares
Marcelino Izquierdo, por entonces estudiante interno en Valvanera y aún lejos de empezar la carrera de Periodismo, seguía con atención las noticias sobre la salud del dictador. Aquella mañana del 20 de noviembre fue su madre quien lo despertó para contárselo. Al salir hacia el centro, un mozo que trabajaba en unas bodegas cercanas a su casa le gritó desde lejos: «Chaval, que el viejo ya se ha muerto». Al pasar por el Ayuntamiento, en la Casa de los Chapiteles, vio las banderas ya a media asta. «No eran ni las ocho… se dieron prisa», recuerda.
Vivía en la calle Baños. No percibió aire de fiesta: al llegar al instituto simplemente les dijeron que no habría clase y que no sabían cuánto duraría aquel parón. La semana se llenó de fútbol —»jugué cinco partidos»— y de tardes en los billares y futbolines. En casa, pese a su origen familiar republicano, no hubo celebración alguna. «La gente callaba… no fuese que los chavales dijésemos algo y se complicara todo otra vez».
Marcelino recuerda también los detalles menores que dibujan una época: aquella noche pusieron ‘Objetivo Birmania’, aunque en principio iba a emitirse ‘Si no amaneciera’. Y los chistes medidos, repetidos entre susurros, como llamar al rey ‘Juanito el Breve’, porque nadie creía que su reinado fuese a durar mucho.
El activista político y la sidra El Gaitero
Ángel Martínez San Juan tenía 24 años cuando la muerte de Franco lo sorprendió en el País Vasco. Allí, el ambiente llevaba días cargado de rumores: que si se moría, que si no, que si lo estaban alargando. «Se vivió con alivio», recuerda. Tres años antes, tras el atentado contra Carrero Blanco, muchos habían imaginado que el régimen podía tambalearse, que quizá se abría un camino distinto. Pero lo que vino después fueron «años muy duros, los últimos coletazos del franquismo», marcados por la represión y el miedo.
Por eso aquel 20N fue sobre todo un momento de expectativa: ¿qué va a pasar ahora? Ángel ya estaba afiliado al PSOE desde 1974. Reconoce que, como muchos universitarios de la época, había empezado con ideas más radicales, pero pronto entendió que el país necesitaba “dar un paso razonable y responsable”, una opción política que pudiera ser alternativa real. La revolución de los claveles en Portugal había sido un espejismo luminoso: mostraba que la democracia era posible en la península. España era la última dictadura viva de Europa.
En su casa no hubo champán —»no daba para tanto»—, pero sí una botella de sidra El Gaitero para brindar discretamente. Fueron días mezclados: miedo, alegría, incertidumbre… y, sobre todo, alivio. La duda sobre el futuro se despejó mucho antes de lo que ellos mismos imaginaban.
La hija del alcalde de Logroño
Para Isabel San Baldomero, hija del entonces alcalde de Logroño, el 20 de noviembre de 1975 no fue un día de sobresalto ni de inquietud. Tenía 29 años, tres hijos y una vida marcada por tres pilares que se entrelazaban: la familia, su trabajo en Cruz Roja y su compromiso con el servicio público que luego llegaría a través de la política. Esa combinación —dice— la había acostumbrado a mirar la realidad con calma, a actuar deprisa cuando alguien la necesitaba, pero a sentir las cosas con serenidad, una palabra que repite porque define exactamente cómo vivió aquella jornada. Mientras otros recuerdan incertidumbre, ella evoca quietud.
Esa serenidad tenía un origen profundo: los principios de Cruz Roja que guiaban su trabajo, como la imparcialidad y la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Aquellos valores, explica, moldearon una manera de estar en el mundo y también de afrontar un momento histórico como el fin del franquismo. «El que la gente no piense igual que tú te hace más rica», reflexiona. Esa actitud fue la misma que después llevaría a la política, donde aprendió a defender sus ideales sin dejar de ceder cuando era necesario.
A pesar de ser hija del alcalde, en su casa no hubo temores ni dudas sobre lo que podía ocurrir. «¿Intranquilidad?, en absoluto. Para nada», insiste. Había, más bien, una mezcla de ilusión y responsabilidad: la convicción de que el cambio debía llegar y que muchos ya estaban trabajando desde asociaciones y colectivos antes incluso de la muerte del dictador. Por eso, aquel 20N no la sorprendió ni la descolocó. Lo vivió con la naturalidad de quien sabe que un ciclo se cierra y otro empieza a abrirse, y que su papel, como siempre, sería aportar lo mejor de sí misma.


