La final del Cuatro y Medio tenía aroma de acontecimiento desde mucho antes de que la pelota botara por primera vez. En Bilbao, a las puertas del Bizkaia, había banderas riojanas casi por todas partes. Y dentro, ya en la disputa del primer punto, se ha escuchado el precio de la emoción contenido, en forma de silencio apretado, ahogado por la emoción, tras 18 años sin ver a la pelota riojana por estos lares. Silencio tenso, reverencial, que solo aparece en las grandes misas de este deporte. Era el mismo que, dicen, se vivió en 1997 antes de que Retegi y Titín escribieran una de las páginas más hermosas de la historia de la pelota.

FOTO: Fernando Díaz
Zabala y Etxeberria caminaron hacia el frontis con ese eco en la nuca. Los dos sabían que no jugaban un partido más: jugaban por una txapela que marca carreras. Pero solo uno estaba preparado desde el mismo arranque para soportar el fuego.
El primer pelotazo ha sido un manifiesto. Peio ha devuelto bolas imposibles, ha empujado el peloteo hacia donde quería y le ha entregado a Zabala un mensaje sin anestesia: hoy no te voy a dar respiro. El 0-1 cayó tras un punto eterno y angustioso, el 0-2 a la vía rápida, y Miribilla —repleta de aficionados riojanos— ha entendido, pese a ir por delante, que aquello iba a ser una batalla más psicológica que técnica.

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Zabala ha respirado hondo, ha mirado a su padre en la silla, y el padre —que lleva toda la vida soñando con estar ahí— le ha indicado que bebiera, que pensara, que no se precipitara. Pero iba a ser una final sin resquicio alguno. Buscó en el aire el misterio del tercero a su favor, ya le cayeron dos tantos para irse al empate.
Un muro colorado
Lo que ha venido después no ha sido una racha: ha sido un vendaval. Peio Etxeberria ha comenzado a golpear con una zurda venenosa, a encontrar oxígeno donde otros se ahogan, a leer cada bote con una claridad que ha rozado la perfección. Zabala, mientras tanto, veía cómo el partido se le escapaba entre los dedos, incapaz de sostener la velocidad del navarro ni de imponer su plan de partido. Del 7-4 al 12-5 en un suspiro. Sin resquicio alguno.
Desde la grada, los riojanos gritaban «¡sí se puede!», pero los gestos de Zabala lo contaban mejor que cualquier tanteador: buscaba soluciones que no aparecían, golpeaba tarde, llegaba fatigado medio segundo antes de lo que necesitaba, dudaba donde en semifinales había mandado. El partido iba cuesta abajo.

FOTO: Fernando Díaz
Tras el descanso del doce, el marcador se ha abierto hasta un cruel 16-5 que anticipaba una final rápida… en el marcador. Pero Zabala tiene dentro un orgullo que no entiende de marcadores. Y con tres errores seguidos del navarro, la llama se encendió: 16-6, 16-7, 16-8, 16-9.
El Bizkaia ha rugido como si de verdad el milagro fuera posible. Zabala ha gritado al aire, aliviando tensión, rompiendo algo dentro para intentar recomponerse. Para abrir el saque al ancho, sorprendiendo a Peio, colocando un par de derechas profundas, y despertar ese eco de fe que solo se activa cuando el público se siente más fuerte que su pelotari.
Sin hueco alguno
Pero Etxeberria tenía otros planes. Y lo que para Zabala era algo de esperanza, para el navarro supuso un aviso al que atendió. Un dos paredes perfecto ha cortado la dinámica. Y desde ese punto, Peio no ha vuelto a fallar. En cinco minutos, la final se ha acabado por inclinar cuesta abajo hacia donde lleva las cosas la gravedad de quien está jugando este domingo mejor: 19-9, 20-9, 21-9.

FOTO: Fernando Díaz
Cada tanto ha sido un golpe de autoridad, cada golpe un recordatorio de que el navarro estaba jugando a un nivel sideral. Zabala, con la camiseta estirada de frustración, ha tratado de maquillar el marcador en un último gesto de rabia (21-10, 21-11). Pero la final no le pertenecía. No era su día. El último dos paredes ha rubricado el 22-11.


