La labor de quienes acompañan a las persona mayores es mucho más que una tarea asistencial: es el reflejo de cómo se entiende el envejecimiento, la dignidad y el paso del tiempo. Teniendo en cuenta el ritmo acelerado con el que la sociedad envejece (más del 20 por ciento de la población europea está ya por encima de los 65 años, un dato que se extrapola también a La Rioja), hay que entender esta profesión como un pilar clave y necesario en el desarrollo de los mayores, si bien en muchos casos es también un pilar invisible. Una profesión, además, prácticamente femenina y es que los roles de cuidados (tanto de niños como de mayores) sigue recayendo en ellas.
Detrás de estas personas que cuidan, escuchan, alimentan y acompañan se esconden también historias de superación que han encontrado en los mayores un reconocimiento, un aprendizaje y, en general, una profesión que no sabían que podía aportarles tanto. Historias como la de Mamaissata, de 47 años, que llegó a La Rioja desde Guinea-Conakri hará ya unos cinco años. Su sueño siempre fue ser médica, pero tras casarse a los 18 años la posibilidad de formarse se esfumó. A España llegó porque aquí estaban un hermano y un sobrino y los primeros años los pasó cuidando niños, pero sin un contrato laboral que regulase su situación. Durante ese tiempo realizó una formación en arraigo socioformativo para agilizar el proceso de regulación.
Desde el pasado mes de abril, cuando se sacó la formación en Atención Sociosanitaria, forma parte de la bolsa de empleo de Argo Tercera Edad, que presta servicio a familias que están en busca de personas cuidadoras. En los últimos meses, cuando Mamaissata se mudó de Logroño a Nájera, ha trabajado en la residencia de la tercera edad de Anguiano, así como en domicilios de Uruñuela y Haro. Hasta el pasado 31 de octubre estuvo como cuidadora interna (durante las 24 horas) de un hombre de 85 años con Alzhéimer residente en Anguciana y ahora está pendiente de unas entrevistas para pronto convertirse en la cuidadora interna de otra persona, un perfil muy demandado especialmente en los entornos rurales.
«La convivencia con estas personas es muy buena, así como el trato con la familia, que es importante. Me gusta este trabajo porque es muy dinámico, pese a que también implica tener mucha paciencia. Pero sobre todo prevalece el afecto y la relación que estableces con los mayores. Así es cómo desde hace seis meses me he reencontrado con una profesión que, aunque no es la de médico, sí tiene muchas muchas cualidades similares», celebra, con la confianza de que pronto pueda traerse a sus hijos desde Guinea.

Además, su perfil flexible le permite adaptarse a todas las circunstancias y culturas, y es que pese a que practica la religión musulmana, también cocina cerdo en los domicilios en los que ha trabajado. «¡Y hasta he aprendido a jugar a las cartas!», apunta. «Hay que formar equipo entre la familia y la cuidadora, eso es importante», apunta.
Ximena, de 42 años, llegó en 2007 a La Rioja desde su Colombia natal para reunirse con su madre. Al principio ejerció de peluquera en Logroño, que era su profesión, pero necesitaba un contrato laboral fijo que afianzase su situación en España para así poder traerse también a su hijo, así que aquel empleo no se prolongó durante mucho tiempo. «Mi madre vivía en Tricio y fue allí donde una vecina me contactó para ver si estaba interesada en cuidar de su marido, que era más dependiente y para cuyos cuidados requería de ayuda extra. Un trabajo que me dio el contrato que necesitaba para poder estar aquí. Cuando su marido falleció yo me quedé con ella durante tres años y medio más. Esos fueron mis primeros pasos en esta profesión que me sirvieron para darme cuenta de lo mucho que me gustaba todo esto», recuerda.

Ya son 16 años dedicados al cuidado de los más mayores, tanto en Logroño como Tricio y Nájera, los dos últimos formando también parte de Argo. Remarca lo agradecida y contenta que está de su trabajo: «Compartir tiempo con los mayores es algo maravilloso. No sabía que me apasionaba tanto este mundo porque antes me gustaban cosas totalmente diferentes, pero me encanta dedicarles todo ese tiempo que ellos necesitan y que igual sus familiares no pueden porque tienen que trabajar o viven fuera y no pueden visitarlos todo lo que quisieran. Al final las familias delegan en cuidadoras como yo y eso es un privilegio, un placer el poder acompañarlos, escucharlos y, en definitiva, hacerles la vida más agradable porque necesitan mucho apoyo, mucho amor y mucha dedicación».
Ahora, y desde hace tan solo 4 meses, Ximena es cuidadora externa (está durante cuatro horas) de una mujer de 82 años en Nájera, donde ella también reside. Su día a día lo ocupa acompañando a esta octogenaria y ayudándola en todo lo que requiere y es que los cuidados dependen mucho del tipo de necesidad de cada persona. «En este caso son sus hijos quienes se encargan de la alimentación, aunque todo depende del nivel de dependencia de cada persona. Algunas tienen una total dependencia, mientras que en otros casos solo es un acompañamiento diario. Hay mujeres que quieren seguir sintiéndose útiles y eso es importante para que no pierdan toda la autonomía que tienen. Nosotras también estamos ahí para eso, para ser un apoyo, dejándoles hacer en los momentos en los que ellas puedan y asistiéndolas en los que no».
Para esta cuidadora lo imprescindible en el buen funcionamiento de estos servicios es que exista un «trabajo en equipo» entre las familias y las cuidadoras: «Ni la cuidadora ni la familia pueden llevarse todo el trabajo porque hay ocasiones en las que es necesario un apoyo, bien de un familiar o bien de otra compañera cuidadora. Yo he estado con personas muy dependientes y he contado con el apoyo de ambas partes. Al final son situaciones de las que aprendes mucho a desenvolverte mejor». Es precisamente en estos entornos en los que se mezcla lo físico con lo emocional cuando las cuidadoras se convierten en parte de la familia también. Son quienes escuchan los recuerdos de los mayores y también quienes apaciguan ese miedo a la soledad que muchos mayores reflejan. Son, en definitiva, quienes sostienen el bienestar de los demás.


