Toros

Morante de la Puebla, el adiós de un genio que regó de torería La Rioja

Vive el toreo momentos de shock desde que ayer, domingo 12 de octubre de 2025, Morante de la Puebla se desatornillara la castañeta en los medios del ruedo de Las Ventas. Semejante acontecimiento ocurrió a las 19 y 37 minutos de la tarde, hora casi ya lorquiana.

La marcha de Morante arrastra consigo sentimientos de gratitud y de abandono; ilusiones y temores; el tiempo muchas veces parado y, también, demasiados sueños rotos. Una insoportable sensación de orfandad; de abandono a una suerte que será menos suerte desde la tarde de ayer. La marcha de Morante hace jirones las almas de muchos aficionados que se rasgaron la camisa con aquella verónica, aquel trincherazo, aquel otro kikirikí, o aquel natural infinito e interminable dibujado una noche de verano en la portuguesa Nazaré.

Pierde el toreo improvisación, gracia, hondura, profundidad, valor, empaque, generosidad, ingenio, torería y grandeza. Sobre todo, grandeza. Pues todo eso es Morante de la Puebla: un torero único, genial e irrepetible. Un crisol de épocas; un compendio de la historia de la tauromaquia; un torero inabarcable.

Supo y logró Morante echarse a su espalda al mismo toreo para voltear tanta superficialidad y tanta monotonía hacinada en un arte con su grandeza cercenada. Y nos descubrió pasajes de la historia del toreo que amábamos sin saber tan siquiera que existían. Y nos explicó el toreo por Joselito El Gallo y por su hermano Rafael; también por Belmonte; por Chicuelo y por el Guerra. Un torero de arte y, al mismo tiempo, de valor. El más completo de cuantos se han conocido.

Se va el artista más valiente, el más valiente de los artistas. Recordó su adiós ayer a aquel de Curro Romero aquella mañana también de octubre y también tras un festival. Curro lo anunció en aquel Clarín de RNE; Morante lo hizo en el ruedo, vestido de malva y oro, después de resucitar a Antoñete, y también a si mismo: la voltereta dramática, el drama de sus avernos.

Leo ahora que ayer el genial torero no se cortó la coleta, que tan sólo se la desatornilló. He ahí el matiz que abre esa puerta a la esperanza, a ese ‘Dios quiera que…’.

Salpican el paso de Morante por La Rioja destellos de su torería: aquel Zapato de Oro de 1996 que premiaba a uno de los últimos novilleros con sello personal; aquellos festivales de Haro plagados de figuras; tantas ilusiones puestas cuando se anunció en La Ribera; aquel mano a mano con Perera en la feria matea de 2014; aquella tarde del 2022 con Urdiales y Roca Rey.

Llegarán esta próxima primavera los carteles sin su nombre y, con su ausencia, el desgarrador mazazo de realidad. Cómo duele decir adiós a un torero tan grande, al más grande de todos los toreros. Hasta siempre, maestro, y que ese siempre sea alguna vez.

¡Viva Morante, joder!

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