El ambiente es el de una verbena de pueblo sesión de tarde (o de última hora). Pero no estás en el pueblo, estás en un bar en plena calle mayor de Logroño. Curtidos en mil batallas, los veteranos del Brieva apuran su últimas noches. Hay quienes comparan el cierre del bar con quedarse huérfanos. «Yo voy al ‘fibra de pájaro’ con mis amigos y luego venimos aquí. Si me lo cierran, ¿qué hago?», se pregunta un paisano.
Hay bares que no son solo bares. Con los años, han llegado a convertirse en una institución, una parada obligatoria para muchos en la noche logroñesa. Aunque cuando les preguntas por anécdotas memorables las respuestas se repiten: «Nada que se pueda hacer público». O también: «Muchas, pero de la mitad no me acuerdo». En muchos casos, ni los amigos pueden ayudar a recordarlas.
Susana y María llevan viniendo a este bar treinta años así que la noticia del cayó como un jarro de agua una mañana de febrero. «Nos da mogollón de pena que cierre, siempre venimos a este bar y ahora que cierra no podemos ir a otro sitio», comentan. Lo dicho, un sentimiento de orfandad para el que no hay consuelo. A Iñigo no le gusta el bar, así que no le da «ni pelo de pena» que cierre. Pero aquí está la noche del sábado: haciendo guardia en la puerta.

«Donde estén los televisores de tubo, que se quiten los planos. Donde estén los vinilos, que se quiten las playlists», sentencian. «Y además es el único bar en el que ponen ‘La mochila azul'», cuenta Iñigo. «Y la del bikini azul», añade Ganchu. ¿Dónde se van a cantar estos himnos en Logroño cuando el Brieva baje la verja definitivamente?
Imploran al cielo que alguien lo coja después de que los hermanos Mediavilla se jubilen. Pero no solo vale con que no se cierre, los veteranos piden que la esencia se mantenga, que no se convierta en otro de los bares en los que lo único que suena es la playlist de Spotify de éxitos España. «Aquí siempre pedimos Raffaela Carrá», cuentan Susana y María. «Y Bertín Osborne», añade Ganchu.
Verónica y Silvia también están curtidas en mil batallas nocturnas libradas en el Brieva. Son clientas «de siempre», de las de toda la vida. De esas que nada más entrar por la puerta los camareros ya les están preparando los cubatas porque saben de sobra lo que van a pedir. Por eso no es de extrañar que, cuando se les pregunta qué sienten ante el inminente cierre, su respuesta sea unánime: «Una tristeza… enorme. Me dan hasta ganas de llorar».
«Si continúa la misma música, perfecto. Si la cambian, no. Tienen que mantener la esencia», advierten a los posibles nuevos propietarios. Y es que si algo caracteriza al Brieva es su banda sonora. «Yo siempre pido Julio Iglesias. Cuando tengas una edad te vas a poner en tu playlist unas canciones que vas a decir: ¿Pero cómo me puede gustar esto? Y luego vienes aquí y dices: Joder, que me gusta Julio Iglesias», cuenta Silvia.
Hay que parar momentáneamente la entrevista para presenciar en vivo y en directo una masterclass de cómo (no) ligar a ciertas edades: un señor se acerca a Silvia y le hace un comentario que es, cuanto menos, casposo. «Esto es para que veáis lo que es ligoteo a partir de los 50», bromea.
Después de ese breve, pero intenso, parón, la entrevista continúa. Otro de los imprescindibles para Silvia y Verónica es, sin duda, ‘La mochila azul’, canción que proceden a entonar aunque no esté sonando. En resumen, en palabras de Silvia y Verónica: «El Brieva es una institución generacional».
Óscar, Jota y Jose también son unos míticos de este bar. «Es una pena, pero es ley de vida. Hay una generación que termina y empieza otra o no empieza», cuenta Óscar. «Es un bar mítico al que la gente ya de edad avanzada venimos siempre a cerrar la noche», añade Jota.

Pero la pregunta ahora es: «¿Quién va a seguir este legado? ¿Va a haber alguien que lo continúe o se cierra esta etapa aquí y ya está?» Lo que no quieren es que les pongan reguetón, eso lo tienen claro y lo repiten mientras de fondo suena ‘Enamorado de la moda juvenil’ de Radio Futura.
Otra cosa que tienen claro es que, en el caso de que continúe el legado, lo tiene que hacer «impertérrito» y manteniéndose «fiel a su filosofía de vida». Una filosofía basada en vinilos, televisores de tubo y anécdotas que no se pueden contar por el bien de los protagonistas. Todo ello, con ‘La mochila azul’ de fondo a todo volumen.


