La ruta 4×4 comienza en un Land Rover Defender del año 2014. Apenas son veinte minutos atravesando robledales, caminos angostos con mil y un hoyos, cuestas que tras la luna del coche se ven casi verticales, rastrojos e incluso fincas ya labradas (todo ello gracias a unas ruedas con buenos tacos y, cómo no, a la maestría del conductor) lo que separan el pueblo de Badarán, a unos 620 metros de altitud, de los montes de Villaverde, a unos 900. Un atajo útil, a la par que tortuoso, que permite comprender el ecosistema que aquí confluye. Un atajo, además, que coincide con esos recorridos de romerías para venerar a las vírgenes que lucen en estampas en los robles y que tan transitados son por las gentes del lugar. Y es que sobra decir que este enclave del Alto Najerilla, separado por pocos kilómetros de de Suso y Yuso, es parte de la histórica ruta de los monasterios.
Durante los minutos que dura el trayecto a Richi Arambarri le da tiempo para hacer memoria y retornar décadas atrás, cuando en Badarán, de donde es oriundo, hace 60 o 70 años había unas 3.000 personas y más de 300 bodegas de cosecheros en uso, lejos de la realidad que rodea al municipio a día de hoy. Cosas del cooperativismo que empezó a surgir a mediados del siglo pasado en diferentes rincones de Rioja y que cambiaron el paisaje urbano de los pueblos. «Aquí, además, influyó la lejanía con el ferrocarril que no ayudó a que se asentaran más bodegas y que poco a poco fue transformando el pueblo, pasando de ser uno de pequeños cosecheros y proveedores de vino a esas grandes bodegas, a uno de viticultores y, por tanto, proveedores de uva», relata entre cambios de marchas, sin soltar el volante.
Su familia siempre ha hecho vino en la localidad, al menos las últimas siete generaciones, y él continúa el legado aunque desde el otro lado del río Ebro, en San Vicente de la Sonsierra. Allí aterrizó su padre José Miguel en busca de otra zona vitícola con características distintas, fundando lo que es hoy en día la bodega Hacienda López de Haro, que conforma la Compañía de Vinos Vintae a la que han dado forma en los últimos años traspasando fronteras. Pero la tierra que se mama nunca se abandona, así que los Aramabarri no han dejado de lado el Alto Najerilla.

De camino al destino de este viaje en todoterreno aparece La Suertes, una parcela de unas veinte hectáreas en el término de Badarán donde conviven la garnacha tinta con las blancas de maturana, garnacha y tempranillo. Una parcela que formaron a partir de varias viñas de la familia. «Mi abuelo las tenía ya de cereal, pero es muy probable que mi bisabuelo cultivara aquí viña», apunta este conductor experimentado en estos terrenos al tiempo que se topa con una de esas vírgenes sobre un tronco: «Se dice que en pueblos del norte del país era más habitual que se venerase a deidades femeninas, por lo que estos seres divinos estaban en el centro de todo, haciendo de las sociedades unas más matriarcales. En esta zona, además, se dice que la Virgen de Valvanera es una cristianización de una deidad previa al cristianismo, y eso podría explicar el arraigo y tradiciones que se conservan hacia esta imagen religiosa». Para Arambarri, la energía que se respira en este lugar es algo que le transmite algo especial, y lo achaca precisamente a todo este simbolismo que rodea los montes. Algo que ha provocado que asiente uno de sus proyectos más transgresores aquí, a 900 metros de altitud, incluso fuera de los límites de Rioja.

Ya su padre se fijó en este enclave, en término de Villaverde, considerando la zona como una idónea para elaborar blancos y, por qué no, espumosos. «Sabía que todos estos pueblos, como Villaverde, Villar de Torre o San Millán, habían sido pueblos vitícolas desde siempre y eso era porque tenían el potencial para criar uvas de calidad. El problema vino a la hora de delimitar el territorio de la DOCa Rioja, coincidiendo con un momento de crisis económica que tal vez provocó que en ciertos pueblos se abandonase el cultivo de la vid, así como de unas décadas muy frías que afectaron al desarrollo de la uva en aquellas zonas más altas y limítrofes. La realidad es que a la hora de fijar los términos municipales hubo pueblos que se quedaron fuera de la denominación y eso ya hizo que nunca más fueran tierras de viña, pero eso no quiere decir que no lo fuera históricamente». Y no lo dice Aramabarri, sino los documentos extraídos de la Biblioteca Emilianense del Monasterio de Yuso, así como de otros monasterios riojanos, como Valvanera o San Martín en Albelda, y también foráneos, donde se habla de la viticultura allá por los siglos XI y XII. “Y también lo demuestran aquellas primeras fotos de Google Maps que hicieron los americanos en España en los años 60, en las que aún se veía alguna viña en esta zona”, incide.
Así que hace ya algo más de veinte años posaron su atención en el paraje denominado Las Viñas (lo que da buen cuenta del tipo de cultivo que abundaba en la zona pese a que en esos momentos el cereal fuera monocultivo), haciéndose con una parcela de hectáreas y desarrollando la idea que fraguó su padre. “Sabíamos que los grandes espumosos del mundo provenían de zonas de climas fríos y aquí teníamos un clima más extremo, una zona límite para una viticultura de montaña, así que promovimos un estudio de investigación sobre la vocación vitícola de este lugar para desarrollar una plantación para espumosos”, apunta con el motor ya apagado desde lo alto de un camino donde se vislumbra esa plantación de viura, malvasía, garnacha blanca, garnacha tinta, tempranillo del barón (que viene a ser la variedad trepat y “que llegó a esta zona hace casi un siglo”), chardonnay y pinot noir. Y mirando en la otra dirección, otras dos parcelas plantadas hace cosa de un año con el mismo propósito pero con la filosofía de las viñas viejas como se plantaban antaño, es decir, con garnacha tinta y viura mezcladas con otras variedades tintas y blancas.

Un proyecto de investigación en el que participó el CDTI (Centro para el Desarrollo Tecnológico e Industrial), la Universidad de La Rioja y un grupo de expertos de Champagne liderado por Jean Pierre Valade. «Los resultados fueron muy satisfactorios porque descubrimos que ciertas zonas del Alto Najerilla tenían unas condiciones de pluviometría y temperatura perfectas que daban una acidez y frescura idóneas para este tipo de vinos.
La añada de 2015 fue la primera que ratificó esas investigaciones con unas primeras 800 botellas de Pandemonium, mitad de un blanco de Blancas y la otra mitad de un blanco de tintas. Y es que estando en pleno Valle de la Lengua no podían denominarse ‘blanc de blancs’ y ‘blanc de noirs’. Las tres añadas siguientes no salieron al mercado por no cumplir las expectativas y fue ya la de 2020 la que volvió a sorprender tras su descorche. Una añada que está actualmente en el mercado después de cuatro años de rima.

Estos espumosos se consolidan así como los primeros nacidos en tierras riojanas pero fuera de la DOCa Rioja, así que se comercializa como vino de mesa. Un vino de mesa, sin embargo que se comercializa en la restauración de alta gama, pese a lo que tradicionalmente se piensa de estas categorías de vinos. Lo que ha abierto Vintae en Villaverde de Rioja es una puerta a lo desconocido (una puerta a los infiernos, como dicta el significado de Pandemonium), como esa pequeña puerta que abrieron en la Biblioteca de Yuso y donde antaño los monásticos guardaban los libros prohibidos en lo que llamaban «el infiernillo», y que a su vez les sirvió de inspiración para darle nombre a estos vinos. Una puerta a un nuevo paradigma de espumosos, sin fronteras, saliéndose de lo que está bien o está mal, dando luz a lo que nunca debería haberla perdido.
Pandemonium es un perfil afilado y único en España desde las montañas de la Sierra de la Demanda. «Un estilo de espumosos más vertical. Gracias a los suelos arcilloferrosos los blancos que salen de aquí son más minerales, con mayor salinidad y con una acidez brutal, dando unas burbujas finas que hacen que estos vinos sean eternos. Esto es precisamente Pandemonium: la eterna juventud”. Un sueño hecho realidad que busca extrapolarse a otros rincones con vocación vitícola para demostrar el potencial.



