Salud

Formarse como MIR y quedarse en Logroño, un reto posible

Dos residentes y un adjunto cuentan por qué eligieron el hospital San Pedro para hacer su residencia

Para el Hospital San Pedro de Logroño atraer residentes de Medicina nunca ha sido sencillo. No tiene facultad propia, es un hospital de tamaño mediano y su cartera de subespecialidades no es tan amplia como la de los grandes complejos sanitarios. Con ese punto de partida, cada primavera el ‘mercado MIR’ se convierte en una carrera cuesta arriba. Y, sin embargo, hay algo que juega a su favor: Logroño está en el cruce de Aragón, Navarra y País Vasco; y, sobre todo, ofrece una manera de aprender medicina que muchos descubren cuando vienen a verlo: docencia cercana, equipo accesible y vida manejable.

Este año han llegado, entre otros, Ander Arranz (Oncología Médica) y María Gota (Cardiología). Ambos son residentes de primer año y empezaron su formción en junio. «Yo elegí primero la especialidad», admite Ander. «Tenía claro que quería Oncología Médica: combina trato humano e investigación. Teniendo eso claro, Logroño fue cuestión de estar cerca de mi entorno afectivo y social. Al llegar, me sorprendió el clima de trabajo: un equipo joven, con ganas de mejorar cosas sin perder lo que funciona». María, logroñesa, venía con dudas razonables: «Al principio pensaba en Zaragoza o San Sebastián. Fui a las jornadas de puertas abiertas del hospital San Pedro y me cambió el orden de la lista. Es un hospital familiar. Me vi arropada desde el minuto uno».

La logroñesa María Gota es residente de primer año de Cardiología

La elección MIR siempre tiene su dosis de vértigo. «Son meses muy complicados», reconoce Ander. «Aunque te haya ido bien, vives meses de incertidumbre: temes equivocarte, que alguien delante se lleve tu plaza, que lo que sueñas no encaje con lo que toque”. En esa marea, Logroño no suele ser de las primeras opciones, pero gana enteros cuando se conoce. «Mi consejo —dice María— es ir a las puertas abiertas. No elijas por el nombre: elige por lo que sientes cuando pisas el servicio. A mí el San Pedro me hizo ‘clic’».

¿Por qué un hospital mediano puede ser un buen lugar para empezar? La respuesta se repite en boca de residentes y adjuntos: más manos, más tutorización y menos anonimato. «Aquí aprendes haciendo», resume María. «No eres un espectador. Hay tutores implicados, compañeros que te apoyan y un trato directo con el paciente». Ander lo completa: «En hospitales muy grandes puedes ver mucho, pero tocar menos. En Logroño, desde el primer mes he tenido contacto real con planta, pase de visita… Y, cuando dudas, hay alguien a tu lado».

A ese argumento docente se suma la calidad de vida. «Logroño es manejable», dice Ander. «Sales del hospital y en diez minutos estás en casa». Y María asiente: «Tienes servicios de ciudad sin la hostilidad de las grandes capitales». Con el sueldo MIR, que no es para tirar cohetes, aquí llega más: alquiler razonable, menos tiempo en transporte, más tiempo de estudio y descanso. Esa aritmética cotidiana pesa más de lo que parece.

Ander Arranz es residente de primer año de Oncología Médica

No todo son ventajas. El San Pedro reconoce su talón de Aquiles: sin facultad propia, cuesta atraer a quien no tenga vínculo con la zona; y, al ser mediano, la oferta de subespecialidades puede quedarse corta para quienes buscan itinerarios muy finos o hiperespecialización temprana.

En el lado del retorno aparece una pieza nueva: los contratos de fidelización. Lo cuenta Jonathan Calavia, que terminó su residencia en Cardiología este año y ha decidido quedarse como adjunto. «Para mí, quedarme era una mezcla de convicción y cercanía. Me he formado con tutores que me conocen, en un entorno humano. Los contratos de fidelización ayudan: te dan estabilidad para arrancar y reconocen el esfuerzo de la residencia». Jonathan, navarro, pone palabras a una idea que comparten muchos MIR: “Al terminar, comparas: ¿me compensa ir a un macrohospital o seguir en un sitio donde puedo crecer y vivir? No siempre es cuestión de sueldo».

Esa docencia cercana es el eslogan no escrito de la casa. Los tutores y jefes de estudios se dejan la piel. «Cuando llegas, te cuidan. Y se nota también en el ambiente entre residentes: hay menos competencia por ‘hacer técnicas’ y más reparto para que todos aprendamos».

Jonathan Calavia, adjunto desde hace unas semanas en el hospital San Pedro

Queda la pregunta del futuro. ¿Se quedarían?. María lo sopesa: «No me cierro puertas, pero me gustaría. Tengo aquí a mi familia y amigos. Si en algún momento me voy, es probable que vuelva». Ander comparte la prudencia de ser residente de primer año, pero lanza una clave: «Lo importante es que ahora estoy aprendiendo y estoy cómodo».

El horizonte del San Pedro pasa por dos apuestas. La primera, mantener ese modelo docente de proximidad que tanto convence cuando se conoce por dentro. La segunda, y no menor, seguir sumando. Y la gran palanca de futuro es la Facultad de Medicina de La Rioja. Jonathan lo ve claro: «Cuando estudias fuera cuesta volver. Tener facultad aquí hará que muchos estudiantes hagan prácticas en el San Pedro, conozcan el equipo y se vinculen. Eso multiplica las opciones de que se queden». No es una varita mágica, pero sí un punto de inflexión para una comunidad que necesita estabilizar plantillas y retener talento.

El San Pedro no compite por volumen, compite por propuesta. No promete pasillos infinitos ni todas las subespecialidades del mapa, pero ofrece algo que, cuando eres residente de primer año, pesa más que un ranking: te conocen por tu nombre, te enseñan de cerca y puedes hacer medicina sin perderte de vista.

¿Quieres recibir a primera hora del día toda la información de La Rioja en tu e-mail?

* campo obligatorio
To Top