El Rioja

La casona de Clemente García en el reino de la garnacha

Bodegas Clemente García, en Baños de Río Tobía, elabora en la antigua casona familiar

Clemente García, en el patio de la bodega familiar en Baños de Río Tobía. | Fotos: Leire Díez

Clemente fue el tatarabuelo, el bisabuelo y el padre. Ahora lo es él también y, por si las moscas, su hijo de 15 años también lleva por nombre Clemente. «Luego ya veremos si quiere seguir con el legado de la familia y hacer vino». Mientras tanto esta faena es cosa de Clemente García, quien ocupa la bodega en pleno centro de Baños de Río Tobía donde antaño elaboró su abuelo Soriano, llegando a meter más de 30.000 kilos de uva, hasta que a mediados de la década de los 70, como tantos otros por aquel entonces, ‘emigró’ a la Cooperativa Bodegas Najerilla, en Arenzana de Abajo, por lo que la elaboración aquí se convirtió en cosa del pasado. «En aquella época se abandonaron muchas pequeñas bodegas como esta porque sacaban vino con 8 grados de alcohol, ya que al ser una zona tan fría la uva no maduraba. Muchos años vendimiábamos después de Todos los Santos y aquí el que lograba sacar 12 grados era capitán general. Al final se fueron a la cooperativa también porque se primó la comodidad y eso también derivó en una pérdida de viñedo. Aquí en Baños, hace cien años, se vendimiaba el doble de kilos de uva que lo que se recoge en la actualidad, según las cifras que maneja el Ayuntamiento de la localidad. Al final es un pueblo en el que la superficie vitícola ha caído bastante y ahora apenas quedamos unas pocas bodegas que seguimos apostando por este territorio. Pero ahora tenemos una madurez plena de la uva», reconoce este pequeño productor.

Clemente siempre acompañó a su abuelo en la viña y en las fermentaciones. El mundo del vino le atrajo desde bien joven y ya en 2006 se animó a devolver el olor a vino a esta bodega de la calle Ballestería 33, enfangándose en una ardua rehabilitación. Una reforma que le llevó su tiempo, porque hasta ocho años después no sacó su primera añada de Bodegas Clemente García, aunque durante ese tiempo las vinificaciones no cesaron, con pruebas y varios vinos para casa demostrando que esa garnacha del Alto Najerilla tenía potencial. Había que preservar esos arcos de piedra, esos muros, ese calado y, sobre todo, esa viga de madera centenaria que sostiene los cimientos de la vivienda dando espacio también a una peculiar sala de barricas y botellero, con algún lago de hormigón incluido de los que hizo su abuelo en los años 40, ocupando las paredes del antiguo calado. Una estructura que se mantiene erguida desde el siglo XVI, cuando antaño esta construcción ejercía como casona familiar. Una vivienda, cuya fachada principal data del 1700, en la que también se elaboraba vino, de aquellas maneras claro está.

Clemente también ha dejado grabados parte de sus orígenes en el suelo de la parte subterránea de la bodega, con un empedrado que imita a las calles que decoran los pueblos cameranos y es que San Román fue su hogar durante su niñez y juventud antes de regresar a Baños y coger, con 18 años, las riendas de esas viñas del abuelo. Un Grado Superior en Vitivinicultura le aportó los conocimientos adicionales para lanzarse de lleno al sector.

En las 2,5 hectáreas de viñedo que cultiva para la bodega, la garnacha es reina indiscutible en este enclave del Alto Najerilla donde esta variedad marca la dominancia por tradición. Garnachas viejas, cómo no, que llegan a rondar incluso los 70 años. Aunque en el pequeño mapa vitícola de Clemente García, sin salir de Baños, también hay algo de tempranillo y viura. De todo ello elabora unas 15.000 botellas en años normales, repartidas en cinco vinos: tres de garnacha tinta (uno de ellos criado en tinaja de barro para lograr más finura y más fruta), un tinto de tempranillo y un blanco, estos dos últimos con un paso por barrica nueva. «Para la garnacha me gusta más la madera de varios usos, así que uso barricas de 500 litros que son más viejas». Y todo ello sin salir de estas antiguas paredes de piedra donde hay espacio para la elaboración, la crianza, el embotellado y el etiquetado. Hasta el patio se convierte en espacio de trabajo durante las vendimias. Todo a pequeña escala, todo a manos de Clemente, también la parte de la comercialización, aunque esta sea la que menos le gusta de todo el proceso de hacer vino.

De esta añada 2025, sin embargo, no tendrá que embotellar mucho. Hasta el momento solo ha vendimiado la viura, que ya está fermentando, y algo de tempranillo, con varios días de antelación respecto a otros años por esa merma de producción y es que la cooperativa abrió tolvas a mediados de septiembre, «lo nunca visto». En su caso calcula que la cosecha final de este año rondará los 5.000 kilos. «Menos de la mitad de lo que cojo en un año normal, pero qué se le va a hacer. Habrá algún vino, como es el caso del Afinado en barro o Ballestería 33, que no se podrá elaborar, pero por suerte la garnacha está muy bien y me atrevo a decir que la calidad de este año es mejor que nunca. En el caso del tempranillo, en cambio, se nota más la merma. Pese a que ha sido un año muy tocado por el mildiu (Clemente recuerda también la añada 2020 en la que el hongo atacó con virulencia, aunque esta vez la enfermedad ha sido «más cruel»), la uva que hay está sanísima y eso es muy bueno para los vinos que vendrán después», remarca desde una viña de 1963 en el Pago Horca, una de las seis viñas que controla para este proyecto.

«Mira cómo está la uva, algunas cepas ni siquiera tienen racimos, pero hay que recorrer todo. Esta viña siempre trae poco, pero suele tener más uva que este año», apunta mientras sostiene un racimo menudo de garnacha en el que apenas quedan granos. «Este lo han devorado los conejos». Y prueba una de las bayas. «Todo lo que ha ganado en una semana… Es que al final necesita días de octubre». Calcula que de cara a la próxima semana sacará de nuevo las cajas a las viñas para empezar a recoger estas garnachas.

Los nuevos diseños de botellas al frente, con los antiguos al fondo.

Entre sus planes de comercialización está enfocarse poco a poco más en la venta directa a través del wine bar y tienda que ha habilitado en la bodega. «Quiero abrirme más a las visitas porque veo que la gente quiere conocer la bodega desde dentro, cómo se elabora, la zona de barricas, el calado, la historia de los antepasados, también las viñas y, en general, el recorrido de Baños por una cultura y tradición vitivinícolas». Este año ya se ha estrenado en el mercado con un nuevo diseño de botellas, pasando de la bordelesa a la borgoña, cambiando la cápsula por un lacre negro y renovando totalmente las etiquetas con un papel de mayor calidad. «Sentía que la estética de las botellas necesitaba un cambio de imagen general después de diez años ya con el mismo diseño, que para mí no transmitía realmente lo que es el vino y este proyecto en sí. Fue el diseñador quien me propuso el dibujo del oso y creo que fue un acierto total porque refleja bien mi carácter y un toque diferente a los vinos. Y en el mercado también se está notando, que es el objetivo». El proyecto de Clemente García avanza así en su camino de renovación sin despegarse de las raíces, dejando que esa firme viga de madera siga sosteniéndolas por más tiempo.

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