Pañuelos preparados. Ropa blanca aún impoluta. Programas doblados en los bolsillos. Las previsiones meteorológicas ojeadas al detalle y los almuerzos agotados desde días antes. Con todo listo, Calahorra se ha entregado desde este lunes a la algarabía total. La ciudad se ha puesto en modo fiesta. Por delante, siete días de música, color, tradición y encuentro. Y lo cierto es que, desde bien temprano, los calagurritanos han salido a la calle con una energía desbordante, conscientes de que estaban a punto de vivir uno de los días más intensos del año.
Las primeras horas han sido un ritual de preparación compartida. La ciudad entera se ha ido tiñendo en los seis colores de las peñas que, como cada año, llenan de identidad las calles. Pasos apresurados y cuadrillas enteras con el ultimo bocado del almuerzo en la boca avanzando poco a poco hacia la plaza del Ayuntamiento, epicentro emocional de las fiestas. Allí, en un abrir y cerrar de ojos, miles de personas han ocupado cada rincón, en una marea de camisetas blancas y pañuelos rojos que parecía latir al compás de la música que pinchaban los DJs.
Entre el bullicio, los ojos se han centrado en un gesto cargado de simbolismo: la colocación del pañuelo a Quintiliano. Un acto breve, sencillo, pero que para los calagurritanos resume siglos de historia y tradición. Es el instante en que la estatua del orador de la ciudad se convierte, una vez más, en cómplice y testigo del arranque festivo.
Tras ello, la atención se ha desplazado al balcón del Ayuntamiento. Allí, los representantes de las peñas, encabezados por Vanesa Pérez y Manuel Garrido, reyes de las fiestas, arropando a la alcaldesa de Calahorra, encargada un año más de pronunciar los vivas protocolarios: «¡Viva Calahorra, viva La Rioja y viva España!». Un grito que fue correspondido por la plaza con un rugido de entusiasmo, antes de dedicar oficialmente la celebración a los patronos de la ciudad, San Emeterio y San Celedonio.
A partir de ahí, la explosión colectiva. El cohete al cielo y, con él, estallido de júbilo al ritmo de La Morocha. Saltos, abrazos, algún que otro calimocho al aire y, sobre todo, una felicidad contagiosa. Después, las peñas han tomado el relevo de la celebración. Carrozas coloridas, preparadas desde bien temprano en la calle Gallarza, han comenzado a hacerse hueco por la calle Grande en desfile multitudinario. Las charangas se han encargado de poner ritmo a un cortejo que marca el verdadero comienzo de la semana grande. Y el agua ha empezado a caer de los balcones.
Desde la plaza del Ayuntamiento, la fiesta se ha ido expandiendo hacia cada rincón de Calahorra. Los bares han empezado a llenarse de cuadrillas y los cuartos de las peñas han abierto sus puertas con la promesa de no cerrarlas hasta que se acabe la semana.
Este lunes inicial sirve, sobre todo, para gastar los primeros cartuchos festeros. Una jornada que cuenta con un programa variado: vermús y degustaciones, un encierro vespertino, capea en la plaza de toros, fuegos artificiales y los primeros acordes de los primeros conciertos. La ciudad, que durante el año avanza con el pulso propio de una localidad mediana, se transforma en un escenario desbordado de vitalidad en el que cada día se convierte en una fiesta mayor.
Y lo mejor es que todo acaba de empezar. Aún quedan por delante siete días más de música, encierros, degustaciones, toros, conciertos y fuegos artificiales. Una semana para perder la noción del tiempo y dejarse llevar por la energía festiva. Calahorra ya se ha puesto en modo fiesta, y lo ha hecho con la intensidad de quienes saben que cada agosto tienen una cita ineludible con la ciudad, con sus peñas (motor indiscutible de las fiestas) y con su gente.


