Firmas

La era dorada de los festivales en La Rioja

Cada vez resulta más complicado obtener un bronceado homogéneo en La Rioja. En mayor o menor grado de la escala ‘Julio Iglesias’, la piel se va tiznando conforme avanza el verano, pero al llegar a las muñecas el moreno se interrumpe abruptamente. Un hilillo de carne incorrupta entre la mano y el antebrazo se revela como cicatriz del momento cultural, en el que los festivales se han alzado como protagonistas de forma indiscutible.

Nos repetían durante la pandemia, a modo de píldoras de esperanza, que saldríamos mejores de aquello. Lo que nadie puede poner en duda es que -mejor o peor- salimos más y el disfrute personal se ha convertido en innegociable tras unos cuantos meses encarcelados en casa. Renunciamos a vivir para salvar la vida y ahora estamos dispuestos a recuperar el tiempo perdido: sentarte a comer en un restaurante sin reserva previa es misión imposible, los viajes a cualquier rincón del planeta se han disparado y cualquier excusa es buena para disfrutar al aire libre.

Más de 11.000 espectadores arroparon a Iggy Pop en Santo Domingo de la Calzada el pasado sábado. FOTO: Luis Carbonell/ Rockland.

En lo que concierne a la música, reforzamos el valor intangible de la conexión entre el artista y el público más allá de una pantalla. De hecho, casi preferimos verlo a escucharlo y en más ocasiones de las deseadas la calidad de sonido pasa a un segundo plano. Nos hemos vuelto disfrutones y los festivales se han confirmado como la propuesta reina para satisfacer nuestras ansias de ocio.

Y en el caso particular de La Rioja, la demanda ha dado forma a un abanico de eventos capaz de seducir a cada perfil: de lo masivo a lo intimista y de lo clásico a la vanguardia. En Santo Domingo de la Calzada aún se recuperan de la resaca de un Rockland histórico, que ha sabido clavar su chincheta en el mapamundi del rock con Iggy Pop, los Sex Pistols, Jet o Wolfmother en el cartel.

Holika, el festival riojano más concurrido. FOTO: EFE/ Raquel Manzanares.

Sus más de 30.000 asistentes a lo largo de tres días solo encuentran comparación con el Holika, que cada verano convierte Calahorra en capital de los ritmos urbanos que hacen vibrar al público más joven, hasta el punto de congregar frente al escenario a más de 100.000 espectadores llegados de todo el país para ver de cerca a los tótems del reguetón.

Ambas citas -junto con el MUWI (que este año estrenará nueva ubicación) y el Ezcaray Fest– se confirman como los festivales más concurridos de cuantos se celebran sobre suelo riojano, con retornos económicos millonarios que garantizan su continuidad en un calendario que también destaca por los eventos de pequeño formato.

Sierra Sonora, en Viniegra de Abajo, referente entre los festivales de pequeño formato.

Citas como el Sierra Sonora –en notable crecimiento– o el Moradillos Fest dan vida a los rincones más despoblados de la comunidad, mientras afloran las citas que aspiran a convertirse en trampolín para el talento local. Súmale eventos temáticos como el Morrete Fest o La Rioja Festival (apuesta del artista riojano más internacional, Pablo Sáinz Villegas) para completar una oferta que mantiene al Actual como buque insignia.

Los Planetas en Actual: los festivales también son para el invierno. EFE/Raquel Manzanares

No son pocas las voces que advierten de la posible burbuja de un fenómeno que en algún momento tocará techo y por el camino se ha cobrado pérdidas como la del Fárdelej. Mientras tanto, los festivales se rigen -como cualquier otra propuesta cultural- por la implacable ley de la oferta y la demanda. El público responde, los ‘petardazos’ en taquilla son hoy por hoy la excepción que confirma la regla y nunca antes hubo tantas alternativas entre las que elegir. Sigamos agitando las pulseras y si en algún momento pincha la burbuja… que nos quiten lo bailado.

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