Pamplona, 7 de julio. La ciudad despierta con olor a resaca, cánticos a San Fermín y el sonido nervioso de las suelas contra los adoquines. Es el primer encierro de las fiestas y, como tantos otros años, Sergio Jorge ha cruzado la muga del Ebro para vivirlo con intensidad. Se ha levantado a las cinco y cuarto de la mañana desde Logroño. Lleva 28 años haciéndolo. Aunque esta vez… algo es distinto. Muy distinto.
«Hoy ha sido el peor encierro de mi vida», dice. Y no es por la caída —que también la ha habido— ni por la tensión acumulada en la curva de Mercaderes. Es porque, después de casi tres décadas, hoy ha corrido por última vez por esas calles. Al menos delante de un toro. Hoy se ha cortado la coleta.
Sergio, que solo ha faltado a los Sanfermines en los dos años que no se celebraron por la pandemia —y ni siquiera del todo, porque estuvo allí para el almuerzo: «Es lo mejor del encierro»— ha tomado la decisión más dura de todas. No volverá a ponerse delante de un toro ni en la Estafeta, ni en Santo Domingo, ni en ningún punto del recorrido.

Sergio Jorge con las personas que colocan cada día al Santo en la hornacina
«Mi madre está muy malita, y es lo único que me ha pedido: que deje los encierros. No está para disgustos», confiesa con un nudo en la garganta. Y uno lo entiende. Porque hay cosas que solo se dejan por una madre.
Este lunes, como cada año, se ha puesto el pie donde siempre. La misma baldosa. Los mismos nervios. La misma emoción que no cabe en el pecho. Pero al poco de empezar, todo se ha torcido. «Una chica extranjera, con sandalias y falda, se ha caído delante de mí. He intentado saltarla, pero justo se ha levantado y… he ido yo también al suelo». Una caída peligrosa. Afortunadamente, no ha pasado a mayores.
«Se intenta evitar que este tipo de gente corra, pero es imposible», se lamenta. «Ahora hay operadores turísticos que venden el paquete: la experiencia de correr el encierro. Los sueltan en la plaza del Ayuntamiento y los recogen a las ocho y cuarto en el mismo sitio». El problema, explica con una mezcla de rabia y resignación, es que no solo juegan con su vida, sino con la de todos los que corren de verdad.

Sergio Jorge en un encierro de 2024
Sergio no es un espontáneo. Ni un turista del miedo. Es uno de los de siempre. De los que madrugan sin pestañear, de los que repiten desayuno, recorrido y ritual año tras año. De los que llegan solos pero se encuentran con los de siempre. Más de una treintena de riojanos cruzan cada día a Pamplona en estas fechas. “Los conocidos, los de todos los años”. Los hay de Calahorra, Rincón, Alfaro, Arnedo… pero también de la Rioja Alta: Haro, Santo Domingo, Badarán, Nájera. «Hay más afición por la ribera pero vamos gente de toda La Rioja».
Y claro, 28 años dan para muchas historias. Para muchas carreras. Y para muchos sustos. «Me acuerdo mucho del 11 de julio de 2015. Era un encierro con toros de José Escolar. Corrí unos segundos delante del tercero, paré, pasaron el cuarto y el quinto… y decidí esperar al sexto para volver a correr. Pero ese sexto toro se dio la vuelta a los corrales y nunca salió. Fue ‘el encierro que nunca terminó’. Si llego a esperar, aún estoy allí», cuenta entre risas.
En otra ocasión, un buey lo levantó por los aires en la curva de Estafeta. «Me empotró contra una pared», recuerda. No fue grave, solo el susto. Pero el recuerdo queda.

Sergio Jorge pidiéndole protección a San Fermín.
La afición le viene de lejos. «Mi abuelo ya me llevaba a los encierros de Santo Domingo», cuenta siempre. Aún adolescente, hizo su primer viaje a los Sanfermines. Desde entonces, el 7 de julio marca para él el verdadero inicio del año.
Este lunes, sin embargo, ha llegado el punto final. El cierre de una etapa. El último encierro de su vida. «Me va a costar ver un encierro sin estar dentro», admite. Porque para él, y para tantos otros corredores, el encierro no es un espectáculo. Es una manera de vivir. Una cita con uno mismo, con el miedo, con la velocidad y con una emoción que no se puede explicar. Solo se corre.
Desde mañana, Sergio verá los encierros desde la barrera. Quizá con un pañuelo al cuello, con los ojos pegados a la tele y el corazón encogido. Ya no correrá. Pero seguirá siendo parte de esa hermandad que se da cita cada madrugada en Pamplona, bajo el amparo de San Fermín.


