Cultura y Sociedad

Holika: el universo que se vive con los cinco sentidos

Desde hace años Calahorra se transforma cada verano en una ciudad completamente inesperada. Por unos días se convierte en el epicentro de la música gracias al festival Holika, una experiencia sensorial que ha conquistado a miles de jóvenes de toda España… y que no para de crecer.

No es exagerado decir que Holika cambia el ritmo de la ciudad. Lo que empezó como un evento musical modesto se ha convertido, con los años, en uno de los festivales más vibrantes del norte del país. Cada mes de junio, más de 50.000 asistentes invaden sus calles, campings y plazas con una energía que se contagia. Este año serán 100.000 los que den alegría al festival.

Y es que, durante cuatro días, Calahorra deja de ser simplemente una localidad y se convierte en pura diversión. El alma del festival es, por supuesto, la música. Pero no hablamos de un solo estilo. Holika apuesta por un cóctel explosivo: urbano, trap, electrónica, reguetón, indie y techno. Cada escenario tiene su personalidad, cada noche su propia narrativa.

FOTO: Holika.

En ediciones pasadas, han pisado sus tablas artistas como Rels B, Quevedo, Morad, Ayax y Prok, Wade o Don Patricio. Este año se espera can la pasión de cada año a Ozuna, Don Diablo, Duke, Omar Montes o Dimitri Vegas & Like Mike. A eso se suman DJs nacionales e internacionales que hacen vibrar al público con sets que rozan lo místico cuando se combinan con los efectos visuales, el humo, los fuegos artificiales y el clamor de la multitud.

Es difícil describir el momento exacto en el que todo se alinea: la caída del sol, la primera canción que reconoces, el subidón de adrenalina compartido con miles de personas. Pero quien lo ha vivido, lo sabe: Holika no es solo música, es un estado emocional.

Algo que llama la atención del Holika es su gente. La media de edad ronda los 18 a 25 años, pero más allá de cifras, lo que se respira es juventud en su sentido más amplio: ganas de vivir, de bailar como si no hubiera mañana.

FOTO: Holika.

Chicas y chicos que se reencuentran año tras año, grupos que llegan desde Galicia, Valencia, Sevilla o Bilbao… Muchos vienen en tren, otros en coches cargados hasta el techo, otros en autobuses fletados por la organización. Da igual el medio: todos llegan con la misma idea. Desconectar, celebrar, sentir. Y no todo es desenfreno. También hay respeto, complicidad, confesiones  y esa sensación de que, durante unos días, todos forman parte de algo más grande.

Una de las claves del éxito de Holika es su ubicación. Calahorra es lo suficientemente pequeña como para que todo quede cerca… pero también lo bastante abierta como para recibir a miles de jóvenes sin colapsar.

El recinto principal se ubica en el aparcamiento de la Catedral, con espacio de sobra para escenarios gigantes, zonas de descanso, barras, food trucks, zonas VIP y hasta atracciones. Pero además, el festival se extiende por la ciudad: hay actividades diurnas, conciertos gratuitos y una convivencia sorprendentemente fluida entre los vecinos y los visitantes.

Y es que Holika no es solo un festival de música. Es un universo que se vive con los cinco sentidos. Visualmente, es un derroche de creatividad: luces, instalaciones artísticas, escenarios con estructuras imposibles, lanzallamas, pantallas gigantes. Los asistentes también aportan lo suyo: outfits brillantes, mensajes en carteles improvisados.

Olfativamente, es una mezcla que va del césped recién pisado al dulce de los puestos de los dulces pasando por el aroma embriagador de los perfumes, la crema solar y la inevitable mezcla de humo y pólvora de los efectos especiales.

FOTO: Holika.

Y si hablamos de sonido… más vale que te gusten los graves. El sonido envolvente, brutal y perfectamente calibrado hace que se convierta en algo hipnótico.

Aunque a simple vista todo parezca un caos alegre, hay un trabajo logístico detrás que impresiona. Holika ha mejorado cada año en cuestiones de seguridad, accesibilidad y sostenibilidad. Desde puntos violeta para prevenir agresiones sexuales hasta protocolos para cuidar el entorno y evitar excesos de residuos, la organización se ha tomado muy en serio su papel.

Además, el festival apostó desde un principio por tecnologías como las pulseras cashless para agilizar pagos y controlar aforos. Los campings cuentan con duchas, sombra y zonas de relax. También hay buses lanzadera y servicios médicos permanentes.

Lo más curioso de todo es lo que queda después. Cuando las luces se apagan, el último beat desaparece y los jóvenes recogen sus tiendas de campaña medio dormidos, Calahorra vuelve a su ritmo habitual. Pero algo queda en el aire.

Los comerciantes hacen caja, sí. Los hoteles y pensiones se llenan. Pero también quedan recuerdos imborrables. Para muchos asistentes, Holika es su primer festival, el primer viaje con amigos, la primera vez que sienten esa libertad desbordante. Y eso no se olvida.

Algunos incluso vuelven cada año como si de una peregrinación se tratase. Otros, aunque no repitan, guardan la pulsera colgada en su habitación o una foto llena de brillo en el carrete del móvil.

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