Diego Varona, Tomás y Mario Magaña, Samuel Martínez y Mario García son un caso excepcional, peculiar, en La Rioja agrícola. Ellos plantan cara al relevo generacional en el campo desde Huércanos y, en el caso de Samuel, desde Uruñuela. Cinco jóvenes, que van desde los 20 a los 28 años, instalados en la agricultura con el mero propósito de dedicarse a lo que les gusta. Y no son los únicos en la localidad riojalteña.
Inmersos en la faena de la escarda, algunos ya han empezado también a echar sulfato a las viñas para protegerlas del mildiu que ya asoma, «y la semana que viene, la segunda mano». Pero hacen un parón de par de mañana para reflexionar sobre lo que les mantiene volcados en la viticultura, una que les llega por herencia familiar, pero por la que han decidido apostar pese a todas las turbulencias y las posibilidades que hay fuera.
Tomás recuerda que cuando hizo la formación del curso de Joven Agricultor para primera instalación hace siete años «había más de ochenta personas», mientras que ahora lo está cursando Mario García y remarca que solo están 18. «Los ánimos no son buenos pero, ¿qué vas a hacer? Esto es lo que nos gusta, así que habrá que esperar a que vengan tiempos mejores», apunta este joven.
La «ilusión», coinciden todos ellos, es lo que les mueve. «Y aunque llevemos unos años que no sacamos ni para nuestro jornal, esto te gusta y eso no se quita tan fácil». Algo que a día de hoy es atípico en el resto de pueblos riojanos con jóvenes que dejan la agricultura después, incluso, de haberse iniciado en ella.

Diego Varona, Mario García y Samuel Martínez. | Foto: Leire Díez
Diego Varona, con 28 años, es el mayor del grupo y el que más tiempo lleva en la agricultura. En su caso, comenzó solo en el campo: «Mi padre no es agricultor, aunque desde pequeño he ido al campo con mi abuelo y mi tío. Por suerte cuando empecé hubo unos años en los que la cosa aún funcionaba bien. Poco a poco he ido arrendando más tierra, porque lo de comprar tal y como está la economía es algo complicado, aunque es lo que me gustaría. Lo que hace falta es poder aguantar hasta que se arreglen las cosas, pero si esto es algo cíclico como dicen, este ciclo ya se está haciendo muy largo. Vamos ya a por el sexto año malo y hay que seguir renovando maquinaria que se estropea».
«Otro de los problemas es que aquí prácticamente solo tenemos viña. El cereal también está presente, pero en menor medida. Antes, en cambio, había más cultivos porque aquí se sembraba patata, remolacha, pepino,… Por no hablar de que los costes eran bien distintos a los de ahora. Ahora en la viña te queda el jornal que haces tú, aquello que no pagas porque te lo hagan», añade Tomás. «Pero, claro eses no es el plan, porque como todo negocio hay que sacar un beneficio para seguir invirtiendo y mejorando».
Samuel (el más joven del grupo) y su padre Juan Luis ya apostaron el año pasado por esa diversificación de la mano del pavoro, una nueva especie de frutal que mezcla el melocotón y la nectarina y que constituye la única plantación de este tipo en el norte del país. «Si funciona, vamos a seguir ampliando superficie».

Foto: Leire Díez
Todos estos jóvenes trabajan más viñedo a renta que la tierra que llevan en propiedad y reconocen que estas gestiones con los arrendadores también han cambiado. «Hay quienes entienden que ahora hay que darles menos porque si no tú como viticultor estás perdiendo dinero. A veces incluso solo quieren que les mantengas las viñas tal y como están las cosas, pero hay otros que solo miran su bolsillo. Aparte que quien tiene un patrimonio hay veces que le deja beneficios y otras que le deja gastos, así que quien lo quiera ver de la manera egoísta, al final sale perdiendo porque cada vez se llevan más viñas entre menos gente, que es también a lo que nos obligan para poder sacar algo de beneficio».
Son conscientes de que la calidad de la uva es la máxima para que todo esto marche bien, pero inciden en que para producir calidad, hay que pagarla. «Yo he reducido mucho en costes y en general antes se gastaba más, porque no había más que ver que las viñas estaban mucho mejor por todas las zonas», reconoce Diego. «Antes se desnietaba, se escardaba varias veces, se echaba más sulfato y más abono. Y ahora hay mucha gente que no echa abono».
«Pero tampoco las puedes dejar abandonadas porque no sabes cuándo van a remontar los precios», apunta Tomás. Este año la sensación general es que viene poca uva. «Y no solo en esta zona, yo creo que en Rioja en general». El principal motivo lo tienen claro: «Las cepas tienen humedad pero vienen resentidas de atrás porque se cuidan lo mínimo, cada vez se les echa menos abono. E igual es lo mejor».

de izquierda a derecha, Tomás y Mario Magaña, Samuel Martínez, Diego Varona y Mario García. | Foto: Leire Díez
El arranque de viñedo en Rioja, para estos jóvenes, «puede ser una oportunidad». Afirman que acabará llegando a la denominación con más interés del que se espera: «Mirad lo que pasó con la vendimia en verde, que parecía que no se iba a apuntar nadie y luego cuántos acabaron tirando uvas al suelo. Pues con el arranque va a haber más gente que quiera hacerlo de la que pensamos. Y las viñas que se van a arrancar son las que no se pueden mecanizar, las que dan más trabajo, porque hay que contar con que cada vez hay menos mano de obra».
En este sentido, Tomás plantea una solución que, a su juicio, podría ser un buen comienzo para que el arranque sea efectivo: «Si cada agricultor aportara uno o dos céntimos por cada kilo de uva que le corresponde por su cartilla de viticultor, ese dinero se podría usar para subvencionar el arranque. Al final seriamos todos los agricultores los que fomentaríamos esto porque, de producirse, es algo que va a beneficiar también a los que no arranquen y mantengan sus viñas aunque tengan que pagar esa cuota. A corto plazo sí perderíamos ese dinero, pero a medio o largo plazo podríamos conseguir mejores precios al retirar kilos del mercado».

Samuel Martínez, agricultor de Uruñuela. | Foto: Leire Díez
La diversificación es otra punta de lanza en la viticultura y alguno de esta cuadrilla ya ha apostado por variedades más minoritarias en la región» para bodegas que buscan algo diferente, como es la tinto de Toro, tempranillo blanco y graciano». «Al final tenemos que ajustarnos a los que nos pide la bodega porque es quien nos va a pagar luego la uva, pero tampoco es sencillo innovar en el campo porque no puedes cambiarlo de un año para otro. Por eso tampoco se hace sobre grandes superficies. Lo que hay que hacer es procurar meter las mejores uvas para poder defenderlas ante las bodegas».
«Lo que tampoco puede ser es que la hostelería se lleve todos los márgenes de la venta. Para una botella de vino se necesita un kilo de uva. ¿Dónde y quién se queda todo lo que sobra de los 50 céntimos que nos pagan a nosotros por ese kilo hasta llegar a los 10 u 11 euros a los que luego el bar vende esa botella? ¿Qué les supone pagarnos más cuando para nosotros eso implica poder seguir o no en el campo?».
Con la resaca ya de San Isidro Labrador toca continuar con la labor de retirada de esos brotes que sales en la madera de las cepas, «buscando la buena poda, no coger muchas uvas», y es que, pese a todo, «las viñas no tienen la culpa de la mala venta», remarca Tomás. Dicho queda.


