En la era digital en la que vivimos, los jóvenes se enfrentan a un desafío psicológico que no existía en generaciones anteriores: el miedo a perderse algo. Conocido como FoMO por sus siglas en inglés (Fear of Missing Out), este fenómeno, impulsado por las redes sociales, está vinculado a la ansiedad que experimentan los adolescentes ante la idea de estar fuera de las experiencias y conversaciones que ocurren en el mundo virtual. Aunque este miedo no es nuevo, su impacto en la salud mental de los jóvenes y su relación con comportamientos problemáticos sí es una preocupación creciente.
Una investigación reciente realizada por la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), la Universidad de Valencia y la Universidad del País Vasco, ha contemplado cómo el FoMO Online aumenta la vulnerabilidad y susceptibilidad de los adolescentes para participar en actividades adversas en Internet. Es decir, el estudio desarrollado entre 3.569 adolescentes de 11 a 14 años ha revelado que las personas propensas a FoMO en entornos online son más propensas a participar en acciones dañinas como el uso excesivo de las redes sociales, la nomofobia (miedo a la desconexión digital) y la adicción a los videojuegos.

Según el investigador principal, Joaquín González Cabrera, especialista en ciberpsicología de UNIR, «ahora las plataformas permiten que todo el mundo muestre lo que hace en cada momento. Se trata de una narrativa que te hace sentir especialmente excluido. Antes, cuando no existía esta hiperconectividad, los amigos te contaban por teléfono lo que habían hecho. A ti te daba rabia no haber podido estar, pero no vivías la sensación de intensidad emocional y de ansiedad que viven los jóvenes ahora».
Y es que el FoMO está vinculado a la angustia que sienten al ver que otros están viviendo experiencias gratificantes en las redes sociales y ellos no. Este fenómeno genera un ciclo de ansiedad constante en el que el adolescente se siente excluido de las dinámicas de grupo y de las actividades que se muestran en línea, lo que puede llevarlos a tomar decisiones impulsivas para estar siempre conectados.
Este estudio, además, revela que las chicas y los estudiantes de cursos superiores suelen manifestar niveles más elevados de FoMO online. Esta diferencia podría estar relacionada con las expectativas sociales y la presión que experimentan las adolescentes en relación con su imagen y popularidad en las redes sociales. Para ellas, estar al tanto de todo lo que ocurre en el entorno digital es visto como crucial para su integración social.

González Cabrera explica que esta problemática puede desembocar en nomofobia, o lo que es lo mismo, el miedo irracional a estar sin su teléfono móvil. «El FoMO no solo genera ansiedad, sino que también puede llevar a los adolescentes a conductas compulsivas. El móvil se convierte en una herramienta para aliviar esa ansiedad, pero el uso excesivo termina por generar una dependencia emocional». Según este experto, el móvil se convierte en un refugio emocional, y cuando el adolescente no puede acceder a él, su ansiedad aumenta.
El papel de las familias y centros educativos en la prevención
Dado el impacto de este fenómeno, los investigadores coinciden en la necesidad de implementar estrategias preventivas tanto en el hogar como en los centros educativos. «Es fundamental que las familias se eduquen sobre el uso responsable de las tecnologías. No se trata solo de limitar el tiempo de pantalla, sino de educar en la importancia de desconectarse y de cultivar un equilibrio saludable entre la vida digital y la vida offline», comenta González Cabrera.
Por ello, la prevención debe ser clave: «La implementación de programas educativos en los colegios que aborden los riesgos del FoMO y el uso excesivo de las tecnologías puede ser fundamental para reducir el impacto negativo de este fenómeno en los adolescentes».
La solución, según los expertos, pasa por fomentar la conciencia sobre el FoMO y sus riesgos. Es crucial que los adolescentes comprendan que las experiencias que ven en las redes sociales no siempre reflejan la realidad y que el bienestar personal no debe depender de lo que ocurre en el mundo digital. Además, la supervisión de los padres, la creación de hábitos saludables de uso del móvil y la promoción de actividades offline son esenciales para reducir la ansiedad y fomentar un desarrollo emocional equilibrado.

El síndrome de FOMO puede ser difícil de superar e incluso requerir ayuda profesional específica, pero hay algunas estrategias que pueden ayudar a prevenir o disminuir sus efectos sin tener que vivir sin redes sociales o cortar con ellas de forma radical. «Los padres pueden establecer límites de tiempo diario para el uso de las redes sociales; acostumbrar a sus hijos a tomar un descanso de las redes para reducir la ansiedad y la presión de estar constantemente conectado (desconectar para volver a conectar); desactivar las notificaciones de las redes puede reducir la frecuencia con la que se revisan las aplicaciones; y, sobre todo, animarles a que se enfoquen en otras actividades, como las deportivas, para que así puedan también relacionarse sin pantallas de por medio».
El FoMO no es algo que se pueda erradicar fácilmente. La relación de los adolescentes con las redes sociales y la tecnología está en constante evolución. Sin embargo, los expertos insisten en que el equilibrio es la clave. «La tecnología tiene su valor si se usa bien, pero si no se gestionan adecuadamente los límites, puede convertirse en un problema».
Por todo ello, los expertos animan a centrarnos en nuestras relaciones y experiencias en la vida real en lugar de estar constantemente conectados en línea. Es importante enfocarse en lo que se tiene en lugar de en lo que se está perdiendo. Esto puede ayudar a reducir la ansiedad y la presión de estar constantemente conectado y comparándose con los demás.


