Fortunato Pablo es de Estollo y a mucha honra. Está orgulloso de haber nacido cerca de la cuna de San Millán y de Gonzalo de Berceo y es capaz de declamar de memoria, a sus 78 años, los versos de Machado dedicados al poeta riojano. Pero hoy de lo que esta orgulloso es de su amistad con el hasta ahora padre Robert Prevost, desde ayer León XIV.
La historia de Fortunato y el nuevo Papa se remonta a Perú, donde ambos compartieron años de misión y trabajo en comunidades desfavorecidas. Mientras Prevost dirigía la diócesis de Chiclayo, Fortunato lo hacía en la de Chota. “Coincidimos y trabajamos mucho juntos, puedo decir que es un gran amigo”, relata emocionado. A pesar de la distancia y el tiempo transcurrido, Fortunato guarda un recuerdo imborrable de aquellos años de dedicación y servicio, en los que ambos forjaron un vínculo basado en el respeto y un profundo sentido de comunidad.
La noticia del nombramiento de Prevost como el Papa León XIV llegó a Fortunato a través de la televisión. Desde su actual residencia en Motril, donde vive convaleciente de un accidente de tráfico que le afectó varias costillas, vio el anuncio con una mezcla de sorpresa y orgullo. “Me emocioné mucho cuando vi que era él. He cogido la noticia con mucha ilusión, pero también siendo consciente de la carga que se le viene encima”, confiesa. Fortunato cree que el nuevo Papa será cercano al estilo de su predecesor, Francisco, pero con un enfoque propio. “Eso va en la persona”, sentencia con convicción.
De Prevost, Fortunato recuerda su sencillez y su inmensa conciencia de servicio. “De lo que tiene que ser consciente la gente es de que no es el sucesor de Francisco, es el sucesor de Pedro”, destaca, poniendo en valor el significado espiritual de la figura papal. La elección del nombre de León, asegura, también dice mucho sobre él. “Es un hombre muy inteligente, seguro que lo hace bien. Además, es muy prudente a la hora de emitir juicios”. Esa prudencia y esa capacidad de liderazgo ya las demostró en Perú, cuando Prevost era vicepresidente de la Conferencia Episcopal del país y Fortunato ocupaba el cargo de secretario. Ambos trabajaron codo con codo en momentos difíciles, encontrando en San Agustín un vínculo común que fortaleció su amistad.
A Fortunato le sorprendió la rapidez con la que se desarrolló el Cónclave. “En un Cónclave muy internacional y no estando en la primera línea de las quinielas ha sido una sorpresa que saliese”, comenta con asombro. “Cuando lo vi salir por el balcón del Vaticano, lo primero que pensé fue lo lindo que estaba”, dice entre risas, recordando el momento con un cariño especial. Aunque aún no ha hablado con él, tiene claro que no lo hará por ahora. “Ni pienso hacerlo, bastante tiene el pobre hombre con la carga que le ha caído encima. Yo lo que hago es rezar por él”. Eso sí, «si un día tengo la oportunidad de ir a Roma intentaré pasar un rato con él».
Esta misma mañana, Fortunato ha incluido una plegaria especial por León XIV en la misa de ocho, un gesto que para él tiene un significado muy profundo. “Me ha hecho especial ilusión nombrarlo en la eucaristía”, confiesa con la voz cargada de emoción.
Aunque ahora su vida transcurre en Motril, Fortunato sigue muy ligado a La Rioja, donde su familia permanece. “Mis cinco hermanos están allí; otros dos ya fallecieron”, recuerda con nostalgia. La distancia no ha borrado su amor por su tierra ni por Perú, donde asegura que seguiría si no hubiese sido por el accidente que truncó sus planes. Aquellos años con el padre Prevost en tierras peruanas, asegura, fueron los mejores de su vida.
Hoy, desde su retiro en Granada, Fortunato observa con orgullo el camino de su amigo, sabiendo que desde el Vaticano, León XIV llevará consigo un pedacito de Perú, la tierra que les unió. Un testimonio de amistad y fe que traspasa fronteras y tiempos.


