Mentes Abiertas

Cuando la adolescencia duele: acoso, autolesiones y suicidio

Hilario Blasco, psiquiatra e investigador de UNIR, da su visión sobre el aumento de las autolesiones entre los más jóvenes

Las cosas hay que hablarlas y más cuando, aun siendo temas dolorosos, son una realidad. Cada vez más jóvenes luchan en silencio con el dolor emocional, algunos lo exteriorizan de formas que no siempre entendemos, y otros se quedan atrapados en una espiral que puede llevarles a la tragedia. En este nuevo episodio del podcast Mentes Abiertas (disponible en Ivoox, Spotify y Apple Podcast) exploramos las causas que alimentan estos problemas, las señales de alarma y cómo la sociedad, las familias y los profesionales de la salud pueden trabajar juntos para ayudar a prevenir lo que a menudo es un sufrimiento invisible.

Hilario Blasco, psiquiatra de la infancia y adolescencia e investigador de UNIR, nos ha dado su perspectiva sobre el aumento de las autolesiones y cómo la adolescencia se ha convertido en una etapa de vulnerabilidad extrema. El acoso, las autolesiones y el suicidio están, lamentablemente a la orden del día.

«No sé por qué reacciono así, pero no puedo parar de autolesionarme.” Esta frase, la escuchó el doctor Blasco en consulta. Una afirmación que le hizo plantearse si la autolesión puede generar adicción. «Estoy convencido de que hay mecanismos tanto psicológicos como biológicos que la convierten en una conducta adictiva, como el alcohol o el tabaco».

Lo que ha visto en la consulta es «un fenómeno preocupante que ya no puede considerarse anecdótico ni marginal». Y es que las cifras hablan por sí solas: en la última década, los casos atendidos por ideación suicida en adolescentes se han multiplicado por 23 y los intentos de suicidio, por 26. El suicidio es ya la primera causa de muerte no accidental en la adolescencia en España. “Estamos ante una pandemia silenciosa de sufrimiento emocional”, advierte. Según una investigación liderada por Blasco y publicada en Psychiatry Research, las hospitalizaciones por problemas de salud mental en menores han pasado del 4 al 10 por ciento en apenas veinte años, con un aumento especialmente pronunciado de los intentos de suicidio.

«Autolesionarse es infligirse dolor físico para no sentir otro dolor: el emocional», explica. El cerebro humano, añade, «tolera mucho mejor el dolor físico que el emocional». Las vías cerebrales que procesan el sufrimiento físico y el psicológico son similares, y en muchos casos, el dolor físico funciona como una vía de escape o como un castigo. «He llegado a recomendar analgésicos a pacientes con mal de amores. Un día, yo mismo me tomé uno muy potente por un dolor de cabeza y pensé: ‘¡Qué subidón!’. Ahí entendí lo mucho que influye el alivio físico en nuestro bienestar».

Aunque la mayoría de los adolescentes que se autolesionan no quieren morir, Blasco subraya un matiz crucial: «La autolesión es la puerta de entrada al suicidio. En la gran mayoría de los suicidios consumados en adolescentes hay antecedentes de autolesión». Y ese es, precisamente, uno de los factores de riesgo que más preocupa a los profesionales. El problema es que muchos padres no detectan la señal de alarma. «Suelen venir porque el adolescente está irritable o encerrado, pero no imaginan que pueda estar autolesionándose».

Este fenómeno, además, ha crecido con la tecnología. Las redes sociales, aunque no son la causa del malestar, pueden amplificar el dolor emocional, perpetuar la comparación constante y difundir conductas autolesivas. «Hay adolescentes que se graban mientras se autolesionan y lo suben a redes. Es una forma de gritar lo que no pueden decir con palabras». Además, Blasco alerta: «Lo más peligroso no es quien lo cuenta, sino quien lo esconde. Los adolescentes que llegan al suicidio muchas veces no lo verbalizan nunca».

El psiquiatra destaca la importancia de generar un entorno de confianza, sin juicios ni alarmismos, donde los adolescentes se sientan escuchados de verdad. «Muchos padres me dicen: ‘Es que ya no me habla’. Y les contesto: ‘¿Cuándo dejó de hablarte? ¿Cuándo tú dejaste de escucharle?’». Para Blasco la educación emocional debe comenzar en casa, pero también en la escuela. Y propone ideas concretas: fomentar el deporte, reducir el uso de pantallas, respetar rutinas y promover el contacto social real. «El deporte es una herramienta poderosa de prevención. Igual que las comidas en familia o los vínculos afectivos sólidos».

La adolescencia, señala, es una etapa crítica: «Prefiero un adolescente que esté bien con sus amigos aunque discuta con sus padres, que uno que esté bien en casa pero esté solo en clase. La pertenencia es fundamental. No sentirse parte de algo genera dolor. Y a veces, ese dolor se transforma en autolesión, trastornos alimentarios, consumo de sustancias o depresión».

Y en estos casos, ¿qué pueden hacer las familias? «Ser pesados en el amor». Para explicar esta afirmación, Blasco recurre a la metáfora del bambú: “Los primeros cuatro años tras plantar la semilla no pasa nada. Pero en el quinto, crece 30 metros en semanas. En la educación de los adolescentes hay que ser constantes, pacientes y flexibles». La clave está en ofrecer seguridad sin control obsesivo, estructura sin rigidez y amor sin condiciones. «Los adolescentes necesitan saber que estás ahí, incluso cuando te empujan».

Blasco reconoce que muchos padres se sienten desbordados y que no hay fórmulas mágicas, pero sí hay esperanza. «Cuando vean que ya no pueden solos, que pidan ayuda. Porque no se trata de ganar todas las batallas, sino de ganar la guerra: la salud mental de nuestros hijos». La prevención, concluye, no es una cuestión de suerte. Es una cuestión de atención, de cuidado y de presencia.

Mentes Abiertas, un podcast de NueveCuatroUno que cuenta con el patrocinio del Gobierno de La Rioja y la colaboración de Caja Rural de Navarra y la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

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