Cultura y Sociedad

Un paseo por el taller de Alberto Ruiz de Mendoza, un tipo tópicamente atípico

Huye y se zafa de los tópicos con la misma habilidad y destreza que cincela gestos, modela muecas, esboza naturales o apunta ‘quejíos’. Alberto Ruiz de Mendoza (Logroño, 1981) es un tipo singular. También inusual. Un hombre del Renacimiento en tiempos de aranceles, kits de supervivencia y reparto de menores.

Escultor, dibujante y músico. Escribe en sus ratos libres y, por encima de todo, padre. Padre de Fermín, a quien esculpe, dibuja y tararea. Ruiz de Mendoza acaba de exponer en el Museo de La Rioja una colección de bustos de riojanos ilustres. ‘Había hecho a Pepe Blanco. Lo vio un amigo y me animó a preparar una colección de 7 u 8 esculturas más Y así surgió la serie con Diego Urdiales, Titín, Lorenzo Cañas, Gustavo Bueno o María de la O Lejárraga, entre otros riojanos que han escrito una página importante en ámbitos culturales, sociales, artísticos o deportivos. En un principio, la exposición estaba pensada para la sala pequeña de la Escuela de Artes, pero llegó la pandemia y se quedó sin salir del taller, hasta que surgió la posibilidad de llevarla al museo’.

Como cualquier historia que apunta al éxito, la de Ruiz de Mendoza con la escultura llegó por accidente. ‘Hice bachillerato de artes en Logroño y luego acabé ilustración. Dibujando un día en la cafetería, me vio Ricardo González y me dijo: tú mañana conmigo a hacer las carrozas de Navidad. De ahí llegó el belén monumental de Logroño y no pocos encargos más, junto a Ricardo y Dani, mis socios y amigos’.

Escultor figurativo, con las gubias y los cinceles aparcados desde hace unos meses, Ruiz de Mendoza llena ahora sus ratos dibujando. ‘Me cuesta mucho pasar de las tres dimensiones al dibujo en dos, como pasar de una escultura grande a otra pequeña; cambia la percepción de las escalas. Otro mundo. Para hacer un dibujo sólo necesito fijarme en una foto y para hacer una escultura, cuantas más mejor. Para los bustos de mi hijo utilicé cerca de mil fotos del niño. Para otros, muchas menos, claro, porque es gente de otros tiempos, no hay tantas fotos y tengo que hacerme una idea más atemporal de quien quiero modelar ‘.

Sus trazos de lápiz y carboncillo dejan entrever naturales de Belmonte, ayudados de Morante y verónicas de Urdiales. ‘Hay más toreros, pero no me gustan. A los toreros de hoy les falta personalidad y creatividad. Se parecen todos a todos y la mayoría acaban repitiendo la misma faena todas las tardes. La pureza de Urdiales es de lo mejor que hay ahora en el toreo y Morante es la figura más importante que habrá en mucho tiempo; él me ha llevado a interesarme por la tauromaquia de Gallito y Belmonte, una tauromaquia más en movimiento, con otra estética en sus formas y en sus rodillas genuflexas. Y eso que yo era de Joselito, un torero mucho más estático y vertical. Pero ahora todos torean tiesos, con las rodillas casi hacia atrás y una naturalidad muy fingida’.

Se recrea Alberto por unos momentos en Morante. ‘He vuelto a ver toros gracias a él. ¿Te acuerdas cuando un toro en Sevilla le rompió el estaquillador y se inventó una media verónica con la muleta con el palillo roto? Ese detalle hizo que renaciera mi afición a los toros’. ‘Lo habrás dibujado, ¿no?’. ‘Sí, pero me ha salido mal. Hay muchos dibujos que me salen mal’. Venimos a definir a Morante como hace unos días lo hacía Esplá en las páginas de ‘El Mundo’: ‘Reconozco en él la tauromaquia casi global. Tiene el valor que no demuestra, la técnica que no exhibe. No se puede ser más auténtico’. Esplá, Luis Francisco Esplá. ‘Esplá es un fenómeno. Me hacen falta más toreros como él. Un torero culto que ha abarcado otros muchos ámbitos artísticos. Es lo que echo de menos en los toreros. Hoy a un torero no se le ve en un museo, en un cine o en un teatro. No salen de su mundo, pese a que siempre están hablando de toros como arte y cultura. Me gustaría ver a un torero en una exposición que no tenga nada que ver con los toros. A Esplá y a Morante sí que se les ve en ambientes culturales alejados del toreo’.

Mientras se enciende un cigarro que acaba de liar, Alberto recuerda aquella infancia suya tan ligada al mundo de los toros. ‘En casa, mi padre y yo éramos de la Peña El Quite. Viajábamos al campo, a lo de Carriquiri, a Sevilla, a Salamanca. Recortaba los apuntes de Pepe Herráiz que se publicaban en prensa y luego los redibujaba. Tendré unos 300. Un día me llevó mi madre a la tienda que tenía Pepe en Portales para que le enseñara aquellos dibujos que copiaba de él. No te imaginas la ilusión que le hizo. Me encantaban los dibujos de Roberto Domingo, García Campos o González Marcos. Aquellos dibujantes sí que tenían mérito. Dibujaban in situ y en el momento. Hacían una foto instantánea mental y sus trazos acompañaban y hasta daban mayor prestigio a las crónicas’.

Un apunte de Chano Lobato prende ahora la mecha del flamenco, la otra pasión de Alberto. ‘¿No te digo? Yo era el raro de la Escuela de Artes hace 25 años. Toros y flamenco: cosas de viejos. Pero me respetaba todo el mundo; ahora, dices que te gustan los toros y te encasillan en un bando. Otro tópico. Da mucha pena esta sociedad tan superficial’. Cuando trato de recordar aquel chiste del perro Esmoquin, que con tanta gracia contaba Chano en sus conciertos, Alberto sentencia: ‘Chano Lobato era entrañable. Se habla mucho de sus chascarrillos, pero dominaba todo. Eso es un tópico que siempre se suelta cuando se habla de Chano. Pero el flamenco es muy difícil de llegar a entender, ¿eh?  Al flamenco yo entré por la puerta de la copla. Luego por Marchena, Valderrama o Pepe Pinto, que son más melódicos. Y por las alegrías o los cantes de ida y vuelta hasta llegar a entender un poco la soleá o la seguiriya’. ‘Mira, al flamenco es difícil entrar a bocajarro escuchando un disco por martinetes; hay que ir poco a poco, como con los toros. Fíjate, yo empecé viendo aquellos carteles de banderilleros con ‘El Soro’, Víctor Mendes y Morenito de Maracay hasta que llegué a interesarme por lo que hacían Curro y Paula’.

El taller de Alberto es el refugio perfecto para esta mañana lluviosa y desapacible de jueves. Huele a humedad, sí, y de sus techos y paredes cuelgan telarañas que parecen como esculpidas. Las nieves del tiempo, en forma de polvo, se acumulan en las cumbres de los muchos trabajos que descansan en las estanterías de este obrador de arte, sentimientos y sensibilidades. Un reloj de pared parado al fondo del coqueto local obliga la pregunta: ‘¿cuánto tiempo te lleva hacer una escultura?’ ‘Buf… hay alguna que dos o tres días y otras que mes y medio. Una escultura se termina cuando ni tú le aportas a ella ni ella te aporta nada más a ti; cuando sientes que, por mucho que hagas, ya no avanzas. Y ahí viene el problema de emborracharte de la escultura: has pasado mucho tiempo viéndola y te gusta, pero la dejas de ver unos días, vuelves y ves que no es lo que intentabas hacer y la rompes’.

Se empieza a ir la mañana como nosotros por otras ramas: cine, Semana Santa, que si ‘Juncal’ era merecedora de 15 Oscars o que si el Cristo de las Ánimas de Palacio tiene la cara más bonita del mundo… «Ah, me han dicho que el Ayuntamiento ha cedido a la Cofradía de San Gregorio un local contiguo a la ermita de la Rúa Vieja. Me gustaría que llevaran allí el busto de Pepe Blanco, al lado de su ermita». «¿A la que cantó aquello de chiquitita, chiquitita?». «Justo ahí’».

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