La Rioja, junto con Navarra, es la comunidad donde más se han incrementado las denuncias por violencia de género. La comunidad riojana registró en el cuarto trimestre del año pasado 262 denuncias, un 5,6 por ciento más respecto al mismo periodo de 2023.
Un tema que preocupa a toda la sociedad y también a la comunidad investigadora universitaria. Un ejemplo es el grupo Investigación en Violencia, Género y Psicopatía (INVIGEPS) de UNIR, que trata de aportar resultados basados en la evidencia que ayuden a la comprensión de estos fenómenos, así como a la prevención de la victimización.
Una de estas investigadoras, Agustina Vinagre, explica que la violencia de género es un fenómeno complejo que no siempre está bien contextualizado. Para definirlo correctamente, menciona el Convenio de Estambul, que amplía el concepto más allá de lo que recoge la ley española. «Mientras que la nuestra solo reconoce como violencia de género la ejercida por un hombre contra una mujer en el ámbito de la pareja o expareja, el Convenio de Estambul considera violencia de género cualquier agresión contra una mujer «por el simple hecho de ser mujer».

Por este motivo, en nuestro país, «las cifras pueden ser mayores de lo que muestran los registros oficiales». Aún así, sobre el aumento de denuncias, Agustina señala que hay dos posibles explicaciones: «Una mayor concienciación y formación que anima a más víctimas a denunciar, y un incremento real de la violencia, especialmente entre jóvenes y adolescentes».
No existen patrones
Tal y como señala Agustina, la violencia de género no es un hecho aislado ni reducido a casos puntuales, sino un problema estructural con raíces profundas en nuestra sociedad. «Está generalizado desde el principio. Nunca hemos podido encontrar un perfil ni de víctima ni de agresor».
Lo que sí han concretado estos investigadores es que la violencia de género en la pareja tiene una causa multifactorial, es decir, no se puede atribuir a un solo factor como la clase social, el nivel cultural o problemas como el consumo de sustancias. «Todos estos factores influyen, pero ninguno por sí solo es responsable de la violencia».
Lo que sí destaca Agustina es la relación entre esta violencia y los roles tradicionales de género en los que el hombre ejerce poder y control en la relación, lo que refuerza la jerarquía entre hombres y mujeres. Sin embargo, también señala que algunos agresores muestran una dependencia emocional muy alta hacia la pareja y no toleran que la relación se rompa. «A pesar de esto, no existe un perfil único de agresor o víctima».

Además, esta investigadora destaca que en la población joven, los roles sexistas y las actitudes tradicionales están resurgiendo. Es más, sugiere que los jóvenes «están recibiendo mensajes contradictorios sobre la igualdad, lo que provoca una reacción defensiva y, en algunos casos, el refuerzo de estereotipos y comportamientos sexistas».
Y a esto habría que sumarle la problemática del mal uso de las redes sociales y las nuevas tecnologías. «El desafío con el que nos encontramos es que hay un bombardeo de información, pero no una capacidad crítica para hacerle frente por el momento evolutivo en el que están esos adolescentes».
Informaciones que, según Agustina, «no tienen ningún tipo de base ni son rigurosos, tan solo opiniones de personas que los adolescentes hacen propias». Opiniones que llegan a distorsionar lo que en realidad es el significado de una relación sexual, por ello «es fundamental trabajar desde la educación con una base rigurosa, para prevenir la violencia desde sus raíces».
La importancia de la Atención Primaria
Y si el ámbito de la educación es importante, también es el de la salud a la hora de concienciar y tratar este problema estructural. Agustina reconoce que solo un pequeño porcentaje de víctimas de violencia de género llega al sistema judicial, sin embargo, el cien por cien pasa en algún momento por el sistema sanitario, y, especialmente por la Atención Primaria.

«Muchas víctimas no acuden por agresiones evidentes, sino por síntomas físicos que en realidad son manifestaciones del maltrato psicológico o emocional». Insomnio, dolores recurrentes, problemas digestivos o contracturas musculares son algunas de las señales que pueden ocultar una situación de violencia. «Estos síntomas suelen ser producto de la somatización, es decir, del sufrimiento psicológico que se manifiesta físicamente».
Por eso es fundamental que los profesionales de Atención Primaria cuenten con formación adecuada para identificar estos casos, hacer valoraciones profundas y detectar señales que podrían pasar desapercibidas. La violencia psicológica, aunque no deja marcas visibles, puede ser profundamente destructiva y anular por completo a la persona que la sufre.
Violencia vicaria
Por su parte, la violencia vicaria, aquella en la que el agresor daña o asesina a los hijos con el objetivo de causar el mayor sufrimiento posible a la madre, se está visibilizando cada vez más. Aunque no se puede afirmar con rigor que los casos estén aumentando de forma masiva, sí es evidente que son más frecuentes en los medios de comunicación y en el discurso público.

En este tipo de violencia se identifican dos víctimas directas: por un lado, los menores agredidos o asesinados; por otro, la madre, sobre quien recae el verdadero objetivo del agresor. «Estaríamos por tanto hablando de una forma de violencia de género en la que se utiliza a los hijos como instrumento de daño».
Agustina hace hincapié en que «lo más importante en estos casos es entender que el motor de esta violencia es el deseo de hacer daño a la mujer. Y aunque a veces el enfoque mediático pone el énfasis en la madre como víctima secundaria, no se puede perder de vista que quienes pierden la vida son niños y niñas. Es fundamental recordar que son víctimas directas y que su sufrimiento no puede quedar en un segundo plano».
Además, según los estudios de este grupo de investigación, lo que preocupa es el posible ‘efecto contagio’: «Al ver que esta forma de violencia produce un dolor extremo, otros agresores pueden optar por repetirla.


