El destino quiso que estuvieran en Logroño aquella tarde. Y ese simple hecho les salvó la vida. Esta familia jamás imaginó que, al regresar de la actuación de la Cofradía de su hijo en la capital, encontrarían su hogar como lo encontraron. La torre de la iglesia de Viguera se había venido abajo y, con su derrumbe, buena parte de su casa había quedado bajo el escombro. «La torre está, como quien dice, metida en el salón», comentan, recordando que muchos de los escombros están sobre el sofá en el que debían haber estado viendo la televisión esa noche de no ser por la actuación del chaval. La frase estremece, pero no es más que la realidad de un milagro que hoy los mantiene en pie.
Las imágenes de la casa derruida les pesan en el alma. La vivienda, construida en el año 2000, la habían reformado casi íntegramente tras la pandemia. Ventanas, suelos… Ahora, la planta baja ha quedado completamente inservible y dos de las habitaciones de la primera planta pueden verse tras el socavón que el impacto ha dejado. «Ni nos han dejado entrar ni tampoco queremos hacerlo», confiesan con un nudo en la garganta. Los recuerdos y los objetos de su día a día ahora están sepultados bajo los escombros.

El dolor no es solo material. «Tu vida cambia en un segundo y ahora todo gira en torno al desastre». En su voz hay cansancio, impotencia, pero también gratitud. Porque saben que estuvieron a un paso de la tragedia. «Si no hubiera sido por los coches del vecino, que amortiguaron el golpe contra uno de los pilares, la casa se habría venido abajo por completo». Aun así, el daño es irreparable. «Uno de los pilares de la casa está arrancado de cuajo». Y señala que los daños estructurales son más que evidentes.
Mientras intentan asimilar lo ocurrido, han tenido que trasladarse a su segunda vivienda fuera del municipio, pero sienten que han perdido todo lo que tenían. «No sabemos cómo va a acabar esto. Con estas cosas nunca ganas porque nosotros ya hemos perdido». La incertidumbre se ha instalado en sus vidas y, con ella, la espera de respuestas que una semana después intuyen que van a tardar en llegar. Están convencidos de que la reconstrucción de su casa «va para largo».

El derrumbe del pasado 23 de febrero ha dejado una cicatriz imborrable en la calle La Barga. Once familias tuvieron que ser desalojadas. Solo cuatro han podido regresar a sus domicilios. Diecisiete personas siguen sin poder volver a sus casas, atrapadas en la angustia de no saber qué pasará en el futuro más cercano ni cuánto tardarán en volver a poder pisar sus hogares.
Los trabajos de desescombro avanzan lentamente, pero con cada piedra retirada, la magnitud de la tragedia se hace más evidente. La vivienda ha sufrido severos daños estructurales y la calle también deberá ser reconstruida. «Ahora con el desescombro se está viendo los socavones que hay en el suelo». Todo apunta a que la espera será larga y los trámites que tendrán que hacer también. «Parece que todo el mundo se preocupa por la torre», dice como intuyendo que su pérdida es un daño colateral.

Mientras, los vecinos siguen sin explicarse qué ha podido haber ocurrido. Una torre con más de 300 años, rehabilitada hace menos de ocho, colapsó en cuestión de segundos sin que al parecer ningún agente externo actuase sobre ella. Las investigaciones lo determinarán, pero para los afectados la respuesta no cambia lo vivido. «Lo importante es que estamos vivos. Aunque es mejor no pensar lo que podía haber pasado si hubiésemos estado en casa», dice con una mezcla de alivio y tristeza. Porque aunque lo material puede reconstruirse, el miedo, la incertidumbre y el dolor de haberlo perdido todo siguen presentes, recordándoles que la vida les cambió en cuestión de segundos.


