Vivir en un entorno de violencia de género es una experiencia desgarradora para cualquier persona, pero los menores, sin lugar a dudas, son los que más sufren una situación que les afecta en su día a día y que puede ser clave en su desarrollo posterior. La violencia de género deja una huella profunda en ellos si sus consecuencias no se tratan a tiempo. Por eso en La Rioja desde hace casi 15 años se lleva a cabo el programa ‘Apóyame’ que tiene como objetivo brindar apoyo a estos niños y adolescentes, dándoles herramientas para afrontar las secuelas emocionales y romper el ciclo de la violencia en el que han vivido durante años.
Desde su inicio en 2011, el programa ha atendido a 937 menores en la región. Solo en 2024, se ha ofrecido apoyo a 79 niños y adolescentes, reflejando una tendencia ascendente que ha supuesto un incremento del 17,91 desde 2017.
Hasta 2023, la atención se centraba en menores de seis años en adelante, pero la ampliación para incluir a niños de entre 0 y 6 años ha supuesto un avance significativo, lo que ha llevado al programa a recibir un premio a las nuevas prácticas de innovación.
«Cada niño vive la violencia de género hacia sus madres de diferente forma», relata Maria del Val Álvarez, responsable del programa pero en casi todas las ocasiones los manifiestan de forma parecida. La ansiedad, la inquietud, los problemas de conducta y el bajo rendimiento escolar son algunos de los signos más comunes. «Algunos menores hasta que no llegan aquí no han sido incapaces de verbalizar la situación vivida, lo que genera un sufrimiento interno difícil de gestionar». La intervención es crucial para evitar la transmisión intergeneracional de la violencia y que se repitan conductas que han visto en sus progenitores.
El programa se adapta a la edad de los menores mediante técnicas específicas. Con los más pequeños se emplean el juego y las metáforas, mientras que con los mayores se trabajan la autoestima, la resolución de conflictos, el apego y la autoprotección. «En la mayoría de las ocasiones son niños de entre seis y doce años los que llegan al programa». El 70% de los que llegaron este año tenían estas edades.
El proceso de intervención se estructura en varias sesiones, comenzando con la creación de un vínculo de confianza. Se realizan dos sesiones individuales, cuatro grupales con niños que han vivido experiencias similares y otras sesiones con las madres para reforzar la relación con ellas.
«Son las madres las que tienen que solicitan esta ayuda», explica la responsable del programa. Ellas llegan a los profesionales del ámbito de lo social, lo psicológico y lo educativo con los que cuentan después de recibir orientación en colegios, servicios pediátricos o desde los propios servicios sociales. «No existen derivaciones directas pero se trata de un recurso al que cada vez más mujeres acuden para garantizar la atención adecuada a sus hijos».
No hay un perfil único de los menores atendidos. «Como la propia violencia de género, este problema afecta a todas las clases sociales sin distinción».
Desde su implementación en 2011, el nivel de satisfacción tanto de las madres como de los niños ha sido muy alto. Además de ayudar a canalizar y exteriorizar lo vivido, fomenta una relación positiva entre los menores y sus madres, su entorno familiar y sus iguales. Además, también facilita la gestión del duelo ante los cambios que suelen producirse en sus vidas como consecuencia de la violencia sufrida o la separación del núcleo familiar que existía hasta entonces. El objetivo final no es otro que mejorar la calidad de vida de los menores afectados y contribuir a la erradicación de la violencia de género desde su raíz.


