La familia de Egustiñe se encuentra atrapada en una situación que parece no tener salida. Hace unos años, decidieron comprar un piso en Anguciana para disfrutar de los veranos, como tantos otros vascos que buscan tranquilidad en esta localidad. Tras invertir una suma considerable en reformar la vivienda, tomaron la decisión de alquilarla. Pero lo que parecía una buena idea para recuperar la inversión y mantener la propiedad en uso se ha convertido en una pesadilla.
“Nos pagaron dos meses de fianza y, al firmar el contrato, dejamos claras tres condiciones: no causar problemas a los vecinos, pagar el alquiler antes del día 7 de cada mes y no tener animales”, explica Egustiñe. Sin embargo, las cosas se torcieron desde el principio. “El primer mes ya no pagaron, y desde entonces no han vuelto a hacerlo». Esto ocurrió en julio.
Desde ese momento, los problemas no han hecho más que crecer. Los vecinos empezaron a quejarse poco después, alertando de comportamientos extraños y de que la pareja había llegado a ese piso tras ser desalojada de otra vivienda. “Nos dijeron que venían de una desokupación, y ahora entendemos por qué”. Además, a pesar de la cláusula del contrato, los inquilinos tienen dos perros que, según los vecinos, jamás sacan de la casa. Esto ha derivado en una situación insalubre: “Los perros no salen nunca y el piso está lleno de pulgas”, cuenta Egustiñe.
La pareja, que tiene tres hijos de anteriores relaciones, acoge a los niños en la vivienda durante los fines de semana que les corresponde según el régimen de custodia. Sin embargo, la situación en la casa preocupa profundamente a Egustiñe y a los vecinos. “Los otros padres de los niños nos han contado que el piso está en unas condiciones deplorables, con malos olores, suciedad y los perros encerrados todo el tiempo”.
Por si fuera poco, Egustiñe ha descubierto que los inquilinos están vendiendo los electrodomésticos de la casa. “Dejamos una televisión que, por lo visto, ya no está. No sabemos qué más pueden haber vendido”. Esta situación ha llevado a la familia a tomar medidas legales para intentar recuperar la propiedad. “Estamos en trámites para que los desalojen, pero no sabemos cuánto tiempo puede tardar el proceso. Cada día que pasa, la casa está en peores condiciones, esto es un calvario”.
Uno de los aspectos más preocupantes de esta situación es el impacto que está teniendo en la comunidad. Aunque muchos vecinos son veraneantes y solo visitan la zona ocasionalmente, una residente permanente que vive justo encima del piso alquilado se ha visto obligada a abandonar su hogar. “La señora se ha ido a vivir a Vitoria porque dice que es imposible soportar el olor que hay en toda la comunidad”, lamenta Egustiñe. “Nos sentimos muy mal por ella; esto no es culpa nuestra, pero entendemos su desesperación”.
Además, la pareja de inquilinos ha intentado empadronar a los niños en Anguciana, algo que podría complicar aún más su desalojo. Sin embargo, desde el Ayuntamiento les han denegado la solicitud al no contar con el permiso de los otros progenitores, que residen en Bilbao.
Egustiñe y su familia han intentado buscar soluciones por diferentes vías. “Llamamos al Seprona por el tema de los perros, ya que la escalera del edificio huele fatal, pero nadie nos hace caso”. Tampoco han recibido ayuda de la Guardia Civil. “Nos dicen que conocen a la pareja perfectamente, pero que no pueden intervenir”.
La familia es consciente de que recuperar la vivienda no será sencillo, y que cuando lo logren, la encontrarán en condiciones deplorables. “Sabemos que nos vamos a encontrar la casa hecha un desastre, pero lo que no entendemos es cómo algo así puede complicarse tanto”, concluyen sin saber qué más hacer. «Estamos desesperados, ya no sabemos a dónde acudir, al menos que se saquen a esos pobres animales de allí ¿dónde están las protectoras de animales en estos casos?».


